octubre 15, 2020

‘Weltschmerz’, el adiós de Fish

El término 'Weltschmerz' hace alusión al dolor del mundo y para Fish, una de las figuras emblemáticas del rock progresivo, sirve para ponerle un punto final a su carrera.

¿Cómo no fijarme en lo que dicen sus palabras? Cómo no prestar especial atención a cada una de las letras de esas diez canciones que marcan el final de la carrera de Fish, quien fuera alguna vez el vocalista de Marillion y una especie de mítico héroe en la vida de un joven que en la preparatoria trataba de encontrarle sentido al mundo en el que vivía.

Todavía recuerdo cuando escuché su voz por vez primera una tarde nublada de 1991: el enigmático inicio del Misplaced Childhood (1985) de Marillion me envolvió como lo hace el humo para entrar por cada uno de los poros de mi piel y no salir jamás.

“Huddled in the safety of a pseudo silk kimono,
Wearing bracelets of smoke, naked of understanding…».

El CD pertenecía a mi hermano mayor y con esa portada que muestra la imagen de un pequeño tamborilero ataviado con un pantalón azul, una casaca roja con charretera dorada y el pendiente de un corazón colgando sobre su pecho, prometía la entrada a un mundo plagado de metáforas y símbolos en el que yo deambularía durante años tratando de encontrar el significado de las grietas que cubrían mis sentimientos.

La música era maravillosa, pero eran las letras escritas por Fish las que hacían que el álbum fuera perfecto.

“It’s getting late, for scribbling and scratching on the paper,
Something’s gonna give under this pressure, and the cracks are already beginning to show…».

Verdadera poesía contenida en una obra musical conceptual que no se detiene durante 41 minutos y 17 segundos (salvo para cambiarle de lado al LP). La voz de Fish narra eventos ligados al recuerdo de una niñez marcada por el desamor, la soledad, el éxito repentino de un artista y esa infancia extraviada para siempre, pero presente como la sombra inexistente del pequeño que alguna vez tú mismo fuiste.

El Misplaced Childhood me llevó a buscar el resto de la discografía de Marillion que en ese entonces –algún momento de 1991– ya no contaba con Fish en su alineación.

Script for a Jester’s Tear (1983) se convirtió en una especie de himno personal que escuchaba una y otra vez mientras intentaba escribir mis propios relatos y poemas para después guardarlos en un cajón, tratando de ordenar mis emociones en un absurdo intento por explicarme a mí mismo. Antes de eso ya escribía, pero fue escuchando al Marillion de Fish que comencé a darme cuenta del poder de mis palabras y a soñar despierto con la posibilidad de convertirme en un escritor algún día.

La identificación con aquel triste bufón que en lugar de hacer reír a los demás intenta escribir una canción de amor que jamás fluyó, marcó los años de la preparatoria y los eternos meses en los que me preguntaba qué demonios haría al graduarme.

En mi habitación la voz de Fish sonaba de manera perpetua. Fugazi (1984), Clutching at Straws (1987) y posteriormente su primer álbum como solista: Vigil in a Wilderness of Mirrors (1989) y esa primera canción en la que lanzaba una plegaria al cielo, esperando que alguien le respondiera, que alguien le explicara el sentido de la existencia en un mundo plagado de espejos en donde nada es nunca lo que parece.

“When I was young
My father told me just bad guys die,
At the time just a little white lie.
It was one of the first but it hurt me the most,
And the truth stung like tears in my eyes;
That even the good guys must die.
There’s no reasoning, no crimes, and I never knew why.
Even now, it still makes me cry…».

Recuerdo haber cantado esa canción con lágrimas en los ojos mientras conducía de vuelta del velorio del padre de mi mejor amigo en un día confuso en el que todo lo cierto había cambiado ante mis ojos de manera repentina para devolverme ángulos de una existencia dolorosa.

Luego vino el Internal Exile (1991) con la inolvidable “Credo» y la impotencia de vivir en un mundo violento intentando aferrarte a una fe frágil mientras las pesadillas aparecen una tras otra en la pantalla de tu televisor.

Confieso que después de ese álbum comencé a distanciarme un poco de Fish. Las letras de sus siguientes trabajos me parecían menos profundas, erosionadas y aunque intentaba recrear el efecto que su voz tuvo en el pasado, algo había cambiado. Aun así, seguí sus pasos en Suits (1994), Sunsets on Empire (1997), Raingods With Zippos (1999), Fellini Days (2002), Field of Crows (2004), 13th Star (2008) y A Feast of Consequences (2013).

Las veces que vino a tocar a México acudí ilusionado a verlo (¡tocó Misplaced Childhood completo en el Salón 21!) y grité y lloré y saboreé sus letras en mis labios y al volver a casa por la madrugada, escribí.

Al enterarme que Weltschmerz, su más reciente álbum de estudio, marcaría el final de su carrera, me preparé para el lanzamiento. Repasé su discografía entera y encontré verdaderas joyas que pasaron desapercibidas para mí en A Feast of Consequences (por favor escucha “Blind to the Beautiful») y en Raingods With Zippos (esas imágenes del hombre solitario tratando de que la flama de un encendedor no se apague mientras intenta encontrar su camino en medio de un diluvio emocional, me parecen hoy el mejor Fish). Volví a ser cautivado por “A Gentleman’s Excuse Me» una de las canciones más románticas jamás escritas y no he podido dejar de murmurar la letra de “The Pilgrim’s Address», la protesta de un ciudadano cualquiera al mandatario de un país cualquiera y que hoy está más vigente que nunca.

El pasado 25 de septiembre desperté con la intención de sumergirme en el Weltschmerz. El término viene del alemán y se refiere al dolor colectivo que atraviesa el mundo. No hay un mejor término para describir a este pandémico 2020.

En 10 canciones Fish explora los complejos momentos que ha tenido que atravesar en el último lustro: la pérdida de su padre tras una larga estancia en el hospital, el modo en el que su madre se extravió en los intrincados corredores de su propia mente, la septicemia que casi le cuesta la vida, la crisis de refugiados en Alemania (país en el que vive desde hace años), la crueldad de la guerra civil en Siria.

Weltschmerz no es un disco sencillo.

Y como ocurre con el mejor rock progresivo, una sola oída no basta para llegar a un veredicto. Ni dos. Ni tres. Yo llevo tres semanas escuchándolo y aún no sé qué pensar de la despedida de quien fuera uno de los ídolos absolutos de mi adolescencia. Pero he llegado a una sola frase que resume no solo un álbum, sino que toda una carrera: gracias por las palabras, querido Fish.

Slainte Mhath!

Escucha Weltschmerz, el último álbum de Fish:

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