agosto 29, 2020

Triunfo y tragedia

La vida de Michael Jackson.

Extraído de la edición especial de Michael Jackson, enero 2015

Triunfo. Al final logró ser precisamente lo que siempre buscó: la estrella más grande del mundo. Y si es que acaso quedaba alguna duda, ésta se vio resuelta durante la tarde del 25 de junio de 2009, cuando se difundió la noticia de que Michael Jackson había muerto en Los Ángeles a la edad de 50 años. El impacto inicial –y el duelo posterior– fue el fenómeno más grande e instantáneo en su tipo que el mundo ha presenciado, cobrando proporciones similares a la de los eventos del 11 de septiembre de 2001. Aunque las muertes de John F. Kennedy y Martin Luther King Jr. cambiaron la historia, y las muertes de Elvis Presley, John Lennon y Kurt Cobain marcaron el fin de varias eras, ningún fallecimiento se había movido a tal velocidad, o ido a la cabeza en todos los noticieros tan rápidamente como el de Michael Jackson. En los días siguientes, los canales de noticias, los especiales televisivos, las revistas y primeras planas buscaban entender lo que había sucedido. No se trataba tanto de las causas de su muerte –aunque había un tanto de confusión al respecto–, sino de la naturaleza de su vida y su legado. Era un hombre con una personalidad complicada, con una historia tanto gloriosa como infame. No era un hombre que invitara a la indiferencia. La declaración más fuerte que escuché al respecto provino de un joven, Egberto Willies, daba a conocer en CNN: “Crecí”, dice para hacer una pausa, “con Michael Jackson. Amaba… a Michael Jackson. Odiaba… a Michael Jackson. Admiraba… a Michael Jackson. Me avergonzaba… Michael Jackson. Me sentía mal… por Michael Jackson. Estaba orgulloso… de Michael Jackson”.

Lo que se hizo evidente y de manera inmediata en la cobertura fue que, pese al deshonor que le había rodeado, pese a las acusaciones que contra él se habían hecho, pese a sus extravagancias, miedos idiosincráticos, su supuesta megalomanía (o narcisismo) y su prolongada negligencia del arte que nos ofrecía, el mundo todavía respetaba a Jackson por la música que nos regaló por más de cuatro décadas. Ningún artista –y ningún movimiento o fuerza– ha eclipsado lo que Jackson logró durante los primeros años de su carrera solista. Claramente, otros intérpretes nos han regalado increíbles trabajos, desconcierto, invenciones, reinvenciones, pero Michael Jackson cambió el balance del mundo pop de una manera que nadie más ha podido igualar. Orilló al rock & roll y a la prensa a reconocer que la estrella más grande del pop podía ser un chico negro y, al lograrlo, rompió más barreras que nadie. Pero también está entre las mejores pruebas de aquello que el poeta William Carlos Williams decía en un famoso verso: “The pure products of America/ go crazy”. La música estadunidense ha tenido pocos productos tan puros como Michael Jackson.

No hay historia en la música popular tan providencial y, al mismo tiempo, tan trágica como la de Michael Jackson. Ambos destinos corrieron de manera simultánea durante su vida, casi desde el comienzo: Cuando aún era un niño, se convirtió en la principal fuente de ingreso para una gran familia, y un bien de incalculable valor para una de las más importantes compañías disqueras de la historia. Jackson percibió los beneficios de todo ello –ganó fama y fortuna y desarrolló una imagen que lo diferenciaba de casi todos los demás. Vivió de manera vasta, y fue donde transformó sus resentimientos y deseos en alegre y contestatario arte. Es también donde encontró sus fortalezas, y donde mantuvo sus fragilidades hasta que se convirtieron en letales debilidades. Dada la manera en que creció, es posible entender que tuviese que vivir tantas cosas de manera interna.

El disco Off the Wall (1979), proyectó a Jackson como una fuerza artística madura, y posee el sentido de unidad más notorio entre todos sus trabajos. Fue también un hit masivo, vendiendo más de cinco millones de copias durante 1985 tan sólo en Estados Unidos.

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Michael Jackson se había convertido, en efecto, en uno de los cantantes afroamericanos más notorios del país, y esperaba que Off the Wall se hiciera acreedor a varios honores durante la ceremonia de los Premios Grammy de 1980. Sin embargo, sólo recibió un galardón: Mejor Intérprete Masculino de R&B. “What a Fool Believes” de The Doobie Brothers ganó el premio a Lanzamiento del Año, mientras 52nd Street, de Billy Joel, ganó el premio al Álbum del Año. Jackson estaba sorprendido y resentido. “Mi familia pensó que estaba enloqueciendo por lo mucho que lloré cuando sucedió”, recordaría. “Me sentí ignorado y herido. Me dije: ‘Esperen a la próxima, no podrán ignorar mi siguiente disco’… Esa experiencia hizo arder un fuego dentro de mí”.

Jackson le comentó a Quincy Jones –y al parecer a otros– que su próximo disco no sólo sería más grande que Off the Wall, sino que sería su más grande álbum.

Cuando Thriller fue lanzado en noviembre de 1982, no parecía tener algún tema a resaltar o un hilo conductor. En su lugar, sonaba como una colección de sencillos, como un álbum de éxitos. Pero pronto se volvió evidente que eso era exactamente lo que Jackson esperaba de Thriller: Que se convirtiese en una brillante colección de canciones cuya ambición era convertirse en éxitos, contemplando grandes y diversos públicos. Jackson lanzó “Billie Jean” para la gente que gustaba de lo bailable y “Beat It” para los rockeros blancos, apoyando cada sencillo con ingeniosos videos con el propósito de cimentar su encanto y su estatus como estrella. Sin embargo, tras notar la gran acogida que la radio dio a cada canción, era obvio que cada tema era algo más que un simple éxito pasajero. Eran un trabajo excepcional de pasión, ritmo y estructura, características que bosquejaban la sensibilidad –si no es que la vida interior– del artista que les dio origen. Se trataba de temas de un atractivo instantáneo, que versaban sobre la claustrofobia emocional y sexual, las dificultades de la adultez y sobre una nueva determinación que habría de funcionar como mediadora entre los miedos del artista y su inescapable fama. “Wanna Be Startin’ Somethin’” tenía el sentido de una vivaz pesadilla en sus mejores líneas (“You’re stuck in the middle/And the pain is thunder… Still they hate you, you’re a vegetable… They eat off you, you’re a vegetable”). “Billie Jean”, por su parte, exponía las maneras en que la fama del artista podía suscitar sospechas que mancharían su honor de maneras letales (“People always told me, be careful of what you do… ‘Cause the lie becomes the truth”, canta Jackson, probablemente pensando en una acusación de paternidad no reconocida de un tiempo atrás). Y “Beat It” era rabia pura, una ardiente representación de la violencia que caracterizaba a la masculinidad, una herencia social que podía ser repensada. En concreto, las partes de Thriller constituían una obra de improbable arte: Un trabajo de revelaciones personales que también era un éxito masivo. Se trata de un éxito casi imposible de superar.

Aunque, en cierta medida, Jackson logró superarse a sí mismo unos meses después del lanzamiento de Thriller. El momento llegó el 16 de mayo de 1983 durante un especial de televisión que celebraba los 25 años de Motown. Jackson interpretó un popurrí de éxitos con sus hermanos. Era emocionante, pero no lo suficiente para Michael. Mientras su hermanos se despedían de la audiencia, Michael permaneció en el escenario. Parecía un tanto tímido en un principio, sin saber qué decir. “Sí”, dijo casi susurrando, “esos fueron buenos tiempos.. realmente me gustaban esas canciones. Pero especialmente”, dijo mientras colocaba el micrófono en el pedestal y lanzaba una desafiante mirada, “me gustan las nuevas canciones”. Se agachó, tomó un sombrero fedora y se incorporó para ponérselo con inigualable confianza y después interpretar “Billie Jean”. Ésta fue una de sus primeras presentaciones como una estrella separada de los Jackson, y era evidente que no solamente estábamos ante uno de los intérpretes más emocionantes en la historia del pop, sino que se trataba también de uno de los cantantes más capaces de invitar a la imaginación del público, más que cualquier otro desde Elvis. Hay momentos en los que sabes que te encuentras ante algo totalmente extraordinario, algo que encarna todas las esperanzas y sueños a los que podría aspirar la música popular, algo que podría unir y hacer arder a una nueva audiencia. Y algo así sucedió durante esa noche, plasmado en miles de televisores en todo Estados Unidos, el espectáculo de un joven que reclamaba su territorio, pisando fuerte para convertirse en leyenda del pop. “Casi 50 millones de personas vieron ese show”, escribió Jackson en Moonwalk. “Después de eso, muchas cosas cambiaron”.

Y tenía razón. Fue el último momento de verdadera felicidad en la vida del cantante. Después de eso todo se tornó en peleas y recriminaciones. Y, con el tiempo, en decadencia.

Antes de ahondar en materia –y entrar en la parte de la historia en la que todo se viene abajo– tal vez convenga preguntar: ¿Qué tipo de persona era Michael Jackson en ese tiempo? ¿Cuáles eran sus sueños y problemas? ¿Qué buscaba lograr con su música? ¿Cómo se relacionaba con las audiencias que lo adoraban? ¿Cómo se relacionaba con él mismo?  En ese momento, las preguntas que podíamos hacernos probablemente no se encontraban delineadas del todo; Michael Jackson era un joven de talento inigualable, parecía tímido pero ambicioso y, ciertamente, un tanto enigmático. Nadie sabía tanto sobre sus creencias o su vida sexual, rara vez concedía entrevistas, pero tampoco se veía involucrado en escándalos. Sin embargo, se describía a sí mismo como una persona solitaria, en especial alrededor del tiempo en que se lanzó Off the Wall. El otrora crítico musical de Los Angeles Times, Robert Hillburn, escribió sobre haber conocido a Jackson en 1983 cuando el cantante tenía 23 años, que le dio la impresión de ser “una de las personas más frágiles y solitarias que he conocido… casi desolado. Cuando le pregunté por qué no vivía solo como sus hermanos, en lugar de permanecer en casa de sus padres, respondió: ‘Oh, no, creo que moriría. Viviría muy solo. Incluso en casa me siento solo. Me voy a mi habitación y lloro a veces. Es difícil hacer amigos, y hay ciertas cosas que no puedes contarle a tus padres o familia. Algunas veces salgo a caminar por las noches esperando encontrar alguien con quién hablar. Pero termino regresando a casa’”.

La ansiedad social de Jackson se originó, probablemente, gracias a las cicatrices de su pasado: Su niñez transcurrió lejos de otros chicos de su edad, y su estatus de estrella lo hacía sentir alejado no sólo de otra gente, sino también diferente a ellos. “Detesto admitirlo”, dijo en alguna ocasión, “pero me siento raro alrededor de la gente”. No es una sensación inusual para las celebridades aisladas, especialmente entre aquéllos que fueron famosos desde muy jóvenes. Al mismo tiempo, se trata de una declaración bastante reveladora: Jackson no disfrutaba de la compañía de quien podría llevarlo por el buen camino, y es posible que así haya sido durante toda su vida. Posiblemente, el pasaje más perturbador en Moonwalk sea cuando habla sobre los niños de la farándula que, tarde o temprano, cedieron ante la tentación de las drogas: “Puedo entenderlos… considerando la enorme presión que sobre ellos se ejerce desde muy jóvenes. Es una vida difícil”.

En cualquier evento público Michael aparecía como una figura respetable, eminente pero no heroico ni mesiánico y, ciertamente, no despreciable. Thriller colocó siete sencillos en el Top 10 de Billboard y también se convirtió en el álbum con mayores ventas en la historia (hasta este momento, con aproximadamente 50 millones de copias vendidas), y durante los Premios Grammy de 1984, Jackson finalmente obtuvo el reconocimiento que buscaba, llevándose a casa ocho premios, entre ellos Álbum del Año y Lanzamiento del Año. Meses después fue anunciado que Michael había concertado una gira con los Jackson: El Victory Tour. No quería tomar parte, pero se sintió obligado a hacerlo (“Mis hombros eran demasiado frágiles como para soportar tanta carga”, escribió más tarde sobre las presiones familiares que sobre él pesaban).

Claramente, sus talentos y aspiraciones iban más allá de las limitaciones que su banda familiar le imponía. Se lo había ganado: Era momento de tomar el escenario en solitario.

La aversión de Jackson al Victory Tour se hizo evidente al mostrarse miserable durante las ruedas de prensa o cuando debía responder a declaraciones que su padre hacía, aparentemente aludiendo al management de los Jackson, llevado por Ron Weisner y Freddy DeMann. “Hubo un momento”, declaró Joe más tarde, “cuando sentí la necesidad de solicitar ayuda de ejecutivos blancos para lidiar con la estructura corporativa de CBS…y pensé que [Weisner-DeMann] podrían ayudar”. Michael reviró en una declaración escrita para Billboard: “Escucharlo hablar de ese modo me revuelve el estómago. No sé de dónde saca esas cosas. Yo no hago distinciones y no contrato a gente por el color de su piel. Contrato gente competente. Soy presidente de mi organización y tengo la última palabra en cada decisión. El racismo no es mi modo de operar”. El incidente marcó el fin de cualquier relación de negocios entre Michael y su padre.

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Fue durante este periodo que, por primera vez, la prensa viraría en contra de Jackson. De hecho, esto comenzó antes de la gira, mientras se hacía evidente que Thriller rompería los récords de ventas. Durante mediados de los años ochenta, una gran parte de la prensa musical tenía ciertos prejuicios en tanto a la popularidad masiva, especialmente si se trataba del resultado de una cultura del espectáculo omnipresente y generalizada. Michael Jackson no era un artista con un mensaje sociopolítico revolucionario, y sus letras tampoco reflejaban aspiraciones literarias. En ese entonces –e incluso ahora– algunos concebían a Jackson como la encarnación de la sed de fama personal. No era, al parecer, un artista que pudiera lograr conquistar para su público lo que en su momento alcanzaron The Beatles y Elvis: el tipo de ruptura que cambió para siempre la cultura juvenil y el mundo en sí. Michael Jackson, Presley y The Beatles compartían un rasgo particular: Unieron a millones de personas distintas por medio de un rasgo que no era un mero gusto en común, sino una sensibilidad que les hacía compartir sueños y valores.

Pero todo ello era mucho más complicado de lo que parecía. Las dimensiones raciales que implicaba la imagen de Jackson se encontraban mucho más allá de lo que se podía responder en ese momento, e incluso ahora. Buena parte era atribuible a las acusaciones que revelaban a Jackson como alguien dispuesto a cambiar su aspecto negro para complacer a las audiencias blancas –¿De qué otro modo podría haber logrado tales cifras de ventas en Estados Unidos? Pero probablemente lo que inspiraba estas discusiones de tinte racial –y lo que la generalidad podía advertir– era la constitución facial del cantante. Con excepción de las acusaciones que más tarde derivarían de su supuesto comportamiento sexual, nada inspiró mayor controversia que la cara de Michael Jackson.

Durante su infancia, Jackson tenía una tez dulce y oscura, y una gran parte del público de los Jackson 5 lo consideraba el más adorable de los hermanos. J. Randy Taraborrelli, autor de Michael Jackson: The Magic and the Madness, ha escrito: “[Michael] creía que su piel… ‘arruinaba mi personalidad’. No veía a la gente mientras le hablaba. Su otrora juguetona personalidad se tornó en una más tranquila y silenciosa. Pensaba que era feo, que su piel era demasiado oscura y su nariz demasiado ancha. No ayudaba que su insensible padre y sus hermanos le llamasen ‘Narizón’”. Además, mientras Jackson entraba en la adolescencia, se encontraba verdaderamente apenado por su severo acné.

La cara que Jackson mostraba en Thriller había cambiado; el tono de su piel parecía más claro y su nariz más delgada y respingada. En Moonwalk, Jackson argumentó que muchos de los cambios que se percibían en su persona eran el resultado de un cambio de dieta; admitió haber modificado su nariz y su mentón, pero negó rotundamente haber hecho algo con su piel. Sin embargo, los cambios no pararon ahí. A lo largo de los años, la piel de Jackson se tornó más y más clara, su nariz se volvió más pequeña y sus pómulos se hicieron más prominentes. Para algunos, todo esto invitaba a la especulación; para otros, parecía una grotesca mutilación, no sólo porque los cambios pudieron haber sido motivados por la vanidad con el fin de mantener la juventud de su cara, pero –aún más perturbador– porque el cantante buscaba convertirse en un hombre blanco. O bien, en un individuo andrógino, alguien que tuviera tanto rasgos masculinos como femeninos. El filme Three Kings tiene una famosa escena en la que un interrogador iraquí captura a un soldado estadunidense: “¿Qué pasa con Michael Jackson? Tu país lo hizo mutilarse la cara… Michael Jackson es el rey del pop de tu maldito país”. El soldado responde: “Es mierda, eso lo hizo porque quería”, y el iraquí lo golpea en la cabeza. “Es obvio. Un hombre negro puede aclarar su piel y alaciar su cabello, ¿sabes por qué? Porque tu país enfermo hace que los hombres negros se odien a sí mismos”.

En 1985, James Baldwin escribió en Playboy: “La cacofonía de Michael Jackson es fascinante, ya que no es sobre él en absoluto. Espero que él tenga el sentido común para rescatar su vida de la carnicería que supone el éxito. No será perdonado tan fácilmente por romper tantas reglas, y aquéllos que ostentan el poder económico no pueden competir contra él. Todo esto es en realidad una cuestión que tiene que ver con Estados Unidos en el papel de administrador del destino y la fortuna de la población negra. Especialmente, [es sobre] los hombres negros, y la culpa reprimida y ferviente de un país que la esconde; es sobre el dinero y la angustia…”.

Ciertamente, Michael Jackson buscaba volver a colocarse la corona: Quería que su próximo disco fuera más grande que Thriller, lo cual, desde luego, era mucho pedir. Uno de sus socios me dijo en 1988: “Michael todavía ansía reconocimiento por parte del mundo”.

Y, lo que se antoja tal vez aún más importante, buscaba estar a mano con el mundo. Se sentía juzgado y atacado por muchos de los críticos tras el Victory Tour de 1984. Le había sido enseñado, por su padre y la gente en Motown, que la prensa era una fuerza vengativa que giraba en torno a construir a los personajes públicos para después desestimarlos. En este caso, Jackson no estaba del todo equivocado. Un tanto del escrutinio al que se vio sometido gracias a sus “rarezas” –su devoción a los animales como si fueran sus amigos, sus reconstrucciones faciales, las descabelladas acusaciones de que dormía en una cámara hiperbárica para mantener su juventud– era producto de un juicio de naturaleza moral. Lo que era peor, mucho de ello venía de reporteros y columnistas de chismes, incluso comentaristas políticos, que mostraban poco o nulo respeto por la genialidad de su trabajo.

Al mismo tiempo, el arte de Jackson era su mejor arma para defenderse. En 1987 lanzó Bad. Si bien no era tan emocionante o ingenioso como Off the Wall y Thriller, Bad era tan bueno como cualquier otro de sus álbumes. Se sentía confiado y funky, tenía ese dejo de emoción y esa fiebre, irradiaba rabia y autocomplacencia, mientras buscaba desesperadamente la gracia y la trascendencia –particularmente en “Man in the Mirror”, una canción acerca de aceptar las responsabilidades sociales y políticas, sobre el artista negociando por volver al ojo público. Bad vendió millones y originó cinco temas Número Uno, es decir, tres más que Thriller, pero dado que no se perfilaba a la altura de este último, fue percibido como un fracaso.

Jackson emprendió su primer tour en solitario más tarde en ese año. Durante varias fechas lo vi ofrecer inspiradoras interpretaciones que evidenciaban un hecho de su persona con frecuencia ignorado: Que cualquiera que fuesen sus excentricidades, Michael Jackson adquirió fama gracias a sus talentos naturales como cantante y bailarín, talentos genuinos que no tenían igual y no se originaban en la moda temporal o la vanidad. Tenía la delicada complexión de Fred Astaire, la loca inventiva de Gene Kelly, la sensual agonía de Jackie Wilson, la maestría rítmica de James Brown –o de Sammy Davis Jr., incluso– y nadie más podía moverse como Michael Jackson. Ciertamente, nadie más logró regalarnos la entrega física que él nos presentó. No inventó el moonwalk –el cadencioso e imposible movimiento que hizo al deslizarse hacia atrás durante su presentación de “Billie Jean” en Motown 25–, pero eso no tenía importancia. Se había definido a sí mismo en ese momento y retaba a quien se atreviera a igualarlo, pero nunca nadie lo logró.

Durante el tour de Bad, sus movimientos nos dejaron sin aliento, algunas veces tomándonos por sorpresa. Durante los acordes iniciales de canciones como “Bad” y “The Way You Make Me Feel”, parecía frenarse durante su despliegue de sexualidad caricaturesca y urbana, y sus enfáticos movimientos de cadera y entrepierna parecían un tanto forzados. Sin embargo, cuando la música aumentaba en intensidad, todo el artificio se desvanecía ante nuestros ojos. Jackson se convirtió en un intérprete seguro de mostrar impactantes y robóticos movimientos de cadera y torso, así como movimientos en cámara lenta que dejaban atónito al público.

Presenciar esos movimientos te llevaba a entender que venían de muy adentro. Era posible caer en cuenta de que el excepcional talento de Jackson no podía separarse de su excentricidad.

En 1988 volvió a ser nominado a varios Premios Grammy, incluyendo en la categoría de Álbum del Año, pero su competencia era temible. Artistas como U2 y Prince habían logrado concretar la música más ambiciosa y visionaria de sus respectivas carreras, música que reflejaba el estado del ambiente pop y del mundo en sí mismo de las maneras más únicas. Lo que es más, en 1988 muchos críticos especulaban que el esplendor del Jackson predilecto había quedado atrás. No ganó ningún Grammy durante ese año. En la encuesta de lectores de Rolling Stone, Jackson se colocó en varias de las categorías relacionadas con “lo peor del año” (incluyendo Peor Cantante del Año); aunado a ello, la encuesta de críticos de The Village Voice no incluyó Bad en su selección de los mejores 40 discos de 1987. Éste fue un sorprendente giro al éxito obtenido cuatro años antes, cuando Jackson y su trabajo se colocaban entre los codiciados primeros lugares de estas listas.

Michael Jackson nunca volvió a adquirir el impulso o la ambición desde la mala recepción que caracterizó a Bad. Finalmente había dejado el hogar de sus padres en Encino y adquirido su propia fortaleza, Neverland, a unos 160 kilómetros al norte de Los Ángeles, con un parque de diversiones y atracciones que remitían a Disneyland. Éste se convirtió en un lugar en el que el mundo iba hasta él, o al menos la parte del mundo que realmente le importaba, la cual incluía, mayormente, niños: La gente decía que parte de su ser añoraba conocer la experiencia de la niñez que le había sido negada por su padre y la fama. Pero fue también el ansia de compañía infantil de Michael lo que suscitaría uno de los problemas más lamentables de su vida. En 1993 se dieron a conocer declaraciones que acusaban a Jackson de abusar de un niño de 13 años. Se trataba de una acusación terriblemente seria, y dado que su afecto por lo niños era evidente, los cargos parecían factibles para algunos. La historia cobró relevancia no sólo en los tabloides, sino también en varios medios serios. No procedieron cargos criminales, pero en 1994 Jackson llegó a un arreglo en la corte (por una cantidad que no estaba lejos de los 20 millones de dólares), lo que para muchos fue una especie de admisión de culpa. Sin embargo, Jackson negó el cargo categóricamente. Más tarde le diría al reportero británico Martin Bashir que lo hizo con el fin de dejar el asunto atrás.

El episodio causó un daño irreparable a la imagen de Jackson y, posiblemente, también a su salud mental. Fue durante ese tiempo que, de acuerdo con algunos allegados, desarrolló dependencia a algunos medicamentos, y que pronto se convertiría en un lastre durante el resto de sus días. (La necesidad de Jackson por las drogas parecía haberse originado por los dolores que las cirugías le ocasionaban). Ese mismo año, y de modo inesperado, se casó con Lisa Marie Presley, la hija de Elvis Presley. Algunos lo vieron como un esfuerzo consciente por reparar y revivir su imagen al enfatizar su heterosexualidad, y al unir su nombre a otro de innegable fama. El matrimonio duró 18 meses. Presley nunca habló mal de Jackson, pero rompió el silencio tras su muerte. En 2010 declaró a Oprah Winfrey: “Hubo un punto muy profundo del matrimonio en el que tuvo que tomar una decisión: Las drogas y las angustias o yo. Me hizo a un lado”.

Jackson volvió a casarse en 1996, en esta ocasión con Debbie Rowe, una enfermera que trabajaba con su dermatólogo. La pareja tuvo dos hijos, Prince Michael Jackson y Paris Michael Katherine Jackson. Al parecer, tener hijos era el propósito real del matrimonio a ojos de Jackson; la pareja se divorció en 1999 y Rowe renunció a la custodia de los niños. (Rowe ha admitido en el pasado que Jackson no era el padre biológico de los niños y que fueron concebidos por medio de inseminación artificial).

Durante el curso de todo ello, tristemente, el impulso musical de Jackson se fue debilitando, y sus éxitos fueron cada vez más esporádicos. Su nueva música era con frecuencia el producto de querer justificarse. En “Childhood”, tema de HIStory: Past, Present and Future, argumentó la razón de sus peculiaridades: “No one understands me/ They view it as such strange eccentricities… It’s been my fate to compensate/ For the childhood I’ve never known/Before you judge me, try hard to love me/ Look within your heart, then ask/Have you seen my childhood?”. Dos años después, en vista de la manera en que los medios continuaban juzgándolo, se desahogó en “Is It Scary”, una canción de su álbum de remixes de 1997, Blood on the Dance Floor: “Am I the beast you visualized/ And if you wanna see/ Eccentric oddities/ I’ll be grotesque before your eyes… So tell me… Am I scary for you?”.

A lo largo del tiempo, tanto su dolor como su rabia se manifestaron de manera más obvia en su cuerpo. Algunas veces su expresión era de completo terror, con los ojos asomándose sobre un cubre bocas o tras el refugio de una burka. En otras ocasiones se movía con explosiva furia, como ocurre en los momentos finales de su controversial pero increíblemente exitoso video para “Black or White”, de 1991. Sus movimientos parecían totalmente distintos a los que lo caracterizaron años antes. Pero pese a los buenos momentos –muchos de los cuales le hacían percibirse a sí mismo como alguien enorme– la música de Michael Jackson durante los años noventa no tuvo el mismo impacto en la cultura popular. En su último disco, Invincible, lanzado en 2001, Jackson ofreció unos cuantos tracks arriesgados –Jackson al fin reconocía y enfatizaba las innovaciones estilísticas y culturales de géneros como el hip hop y otras formas de música urbana– pero, sobre todo, se mostraba incapaz de hacer honor al título del LP. Esto no quiere decir que Jackson ya no fuera relevante, sino que su leyenda había tomado otra forma: Ahora era conocido por sus excesos y sus malas decisiones. Vivía en un castillo; tuvo otro hijo, Prince Michael II (cuya madre nunca ha sido identificada); y sostuvo al bebé en el vacío, balanceándolo afuera de un balcón en Berlín.

Algunas veces debíamos preguntarnos si Jackson tenía noción del impacto que sus acciones tenían en el mundo –lo cual está bien, pero se torna en algo distinto si buscas que el público te ame sin restricciones. El lapso más extraño en el comportamiento de Jackson se hizo manifiesto en una entrevista que concedió a Martin Bashir en 2003, en la cual declaró que había compartido su cama de Neverland con niños que no eran sus hijos. Durante una parte de la transmisión, y mientras sostenía la mano de un niño de 13 años, sobreviviente de cáncer, explicó lo que veía como un acto inocente y de amor genuino. La respuesta pública no se hizo esperar y se tornó en crítica feroz; muchos pensaron que pese a las acusaciones que había enfrentado en 1993, Jackson aún podía actuar con vasta impunidad. La reacción fue tan devastadora para Jackson que, de acuerdo con ciertos rumores, intentó inducirse una sobredosis de morfina durante ese año; una parte de la opinión pública afirmó que Jackson había cometido un suicidio profesional.

La controversia se tornó aún más seria cuando el chico de la entrevista acusó a Jackson de haberlo tocado de manera inapropiada. En esta ocasión, el asunto fue llevado a la corte. El drama en el que se vio envuelto Jackson preservaba los temas que rodeaban su vida y su arte: Sus obsesiones con la fama, misterio, arrogancia, miedo y una niñez desperdiciada. Si los cargos probaban ser ciertos, uno no podía evitar preguntarse lo que Jackson realmente veía en la niñez de otros. ¿Era acaso capaz de faltarle a la inocencia de los niños, como en algún momento le ocurrió a él? Si los cargos eran falsos, nos preguntábamos: ¿Qué ganaría cualquiera con llevarlo a la ruina?

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El juicio de 2005 se convirtió en el espectáculo que todo mundo esperaba ver: un melodrama sobre la justicia y la fama, el sexo y la indignación, la moralidad y la raza. Sin embargo, era claro que la defensa no tenía un caso, sino un resentimiento contra el cantante. Jackson fue absuelto de todos los cargos. Pero el daño parecía, en varios sentidos, irreversible. Jackson se vio conmocionado al salir de la corte. Sus finanzas también estaban en problemas, resultado de gastar ridículas sumas de dinero y administrar su fortuna de manera ineficiente. La estrella más grande del mundo había caído de un altísimo pedestal. Dejó el país y se mudó a Bahréin; era de manera esporádica que se sabía o escuchaba algo sobre él. Entonces, en 2009, fue anunciada una ambiciosa serie de 50 conciertos –lo cual él describió como “la última puesta en escena”– que arrancarían en la Arena O2 de Londres el 13 de julio.

Resulta difícil de creer que Jackson, tan orgulloso de sus presentaciones en público y con tan pocas limitaciones al ofrecerlas, se hubiese embarcado en un proyecto del cual podía caer estrepitosamente. Al mismo tiempo, no resulta difícil concluir que Michael era un hombre con severo daño emocional. Todo esto fue confirmado el 25 de junio de 2009 cuando la vida de Jackson llegó a su fin a consecuencia de una falla cardiaca provocada por una sobredosis de propofol, fármaco para inducir el sueño. El Dr. Conrad Murray, médico personal de Michael, fue acusado de homicidio involuntario por prescribir tan alta dosis al cantante. Fue sentenciado en 2011, obteniendo una condena de cuatro años en prisión.

Todavía vale la pena preguntarse qué fue lo que realmente lo llevó a su muerte. ¿Fue su ardua búsqueda por la fama y el reconocimiento? Sin duda alguna, esto fue una parte de ello. El asunto del abuso sexual será siempre un tema recurrente cuando se hable de su vida, uno que, para muchos –y de manera comprensible– supera lo que pudo haber logrado como intérprete. Probablemente nunca sepamos la verdad, lo cual es una de las peores partes de lo ocurrido.

¿Qué fue lo que, entonces, salvó a Michael Jackson tras la muerte? Al menos, su arte y sus logros. Cuando alguien produce tanta música genial como la que él creó, nuestros placeres colectivos se ven enriquecidos y nuestra historia, más amplia y compleja. No es de sorprenderse, entonces, que la industria de Michael Jackson haya crecido sin precedentes tras su fallecimiento. Durante los últimos cinco años, Michael Jackson se ha convertido en una de las estrellas musicales más poderosas del mundo –su voz da pie al Immortal World Tour del Cirque du Soleil– que desde 2011 ha generado más de 325 millones de dólares, vendiendo alrededor de 3 millones de entradas. Ha vendido 50 millones de álbumes, y This Is It, película sobre sus ensayos finales lanzada en 2009, ha generado más de 500 millones.

Sin Michael para gastar la absurda cantidad de dinero y declarar públicamente sobre sus hábitos de compartir la cama con niños, su patrimonio ha tenido la libertad de negociar lucrativos acuerdos en nombre de su legado musical. Se dice que la deuda que había amasado al morir ascendía a los 500 millones de dólares, y fue saldada por sus albaceas en 2012. Jackson coqueteó con la producción de discos de grandes éxitos y ediciones de aniversario a lo largo de su vida, y su patrimonio ha logrado lanzar varios de ellos desde su fallecimiento –incluyendo el soundtrack de This Is It; un disco conmemorativo de 25 aniversario de Bad (incluyendo un documental dirigido por Spike Lee) y Michael, disco de 2010 que incluía temas inconclusos retomados por productores como Akon y Lenny Kravitz. Mucho del material de Jackson, incluyendo los temas que habían permanecido guardados durante años, ha sido dado a conocer durante el último lustro: La reedición de Bad incluía joyas inéditas como “Al Capone” y “Streetwalker”, mientras la compilación de 162 tracks sólo disponible en iTunes y lanzada durante el año pasado incluía una versión en vivo de 1981 en la que interpretaba “Don’t Stop ‘Til You Get Enough” y remixes de Will.i.am, Moby y Paul Oakenfold.

Michael, lanzamiento de 2010, era un trabajo prescindible de tomas falsas y temas inconclusos, y Xscape era una colección de tracks descartados durante las sesiones de Thriller, Bad, Dangerous e Invincible coproducidos por Timbaland, Rodney Jerkins, John McClain y otros tantos.

Sorprendentemente, ninguno de estos fallidos esfuerzos ha logrado empañar la noción de su trascendencia. Con sus ambiciones, sus caídas y –aún más importante– sus sonidos, encarnaba la historia de la música negra en Estados Unidos. Pero fue más allá: Las barreras que logró romper trajeron la apertura al mundo pop. Siempre resulta productivo presenciar la manera en que alguien transforma el mundo como lo conocíamos. Recuerdo la vez cuando, siendo tan sólo un niño, vi a Elvis Presley hacer precisamente eso en el Stage Show y The Ed Sullivan Show. Recuerdo, cuando adolescente, haber visto a The Beatles abrir un nuevo mundo de posibilidades artísticas e históricas con sus primeras presentaciones en Estados Unidos, en vivo con Ed Sullivan. Recuerdo cómo, en mi primer año como escritor en Rolling Stone, presencié cómo los Sex Pistols rompían con lo establecido y revelaban un nuevo futuro –incluso si cantaban “no future” sobre el escenario de Winterland en San Francisco, durante su última presentación en 1970.

Sin embargo, nunca olvidaré esa noche de 1983 cuando, sobre el escenario en Pasadena, California, en el marco del 25 aniversario de Motown, Michael Jackson ofreció su primera presentación pública como solista maduro y en forma, regalándonos una increíble y electrizante versión de “Billie Jean”. Bailando, girando, lanzando miradas feroces al público anonadado, Jackson hizo un poderoso trabajo al crear y mitificar su propia mezcla de misterio y sexualidad. Nunca había visto nada parecido. Y tal vez nunca vuelva a verlo. Michael Jackson no sólo se llevó la corona: La llevó a un nivel mucho más alto, y nunca nadie ha vuelto a colocársela con la misma elegancia.

Con la colaboración de Steve Knopper

En este articulo:
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