julio 29, 2020

La ráfaga de Rush

Geddy Lee cumple 67 años.

Extraído de RS147, agosto 2015

Neil Peart conduce como toca. Cuando nos encontramos, acaba de ensayar con Rush para lo que podría ser su último tour. Arranca en su prístino Aston Martin DB5 1964 para salir de la carretera y entrar a una peligrosa curva. Así hace las cosas: Con intimidante maestría y un particular gusto por lo gloriosamente excesivo. Peart juega un papel central en Rush, escribiendo las letras, fungiendo como la conciencia de la banda, ejecutando solos tan largos y estructurados que se convierten en canciones. El baterista pertenece a una especie particular de músico, es un dios nivel Clapton en 1966: Dave Grohl lloró después de conocerlo. 

Además, Peart es un corredor de autos amateur. El músico de 62 años es amigable, mucho más de lo que esperarías de quien escribió las letras al himno anti-lambisconería “Limelight” (“I can’t pretend a stranger is a long-awaited friend”), pronunciando todo con un rico tono barítono. Como el autodidacta y virtuoso escritor que es, ha escrito tantos libros, ensayos y letras que no puede evitar hacer notas al pie al platicar: “Cuando escribí eso, dije…”.

Los fans de Peart lo consideran el mejor baterista vivo del rock & roll, y sus colegas parecen concordar: Ha ganado premios de la encuesta del Modern Drummer en 38 ocasiones. Incluso aquellos que se confiesan alérgicos al espectáculo que desata con su enorme batería reconocen el talento de Peart para la composición y el drama: Los fans de Rush saben que sus beats hipersincopados y sus brutales fills son ganchos pop en toda regla. “Neil propulsa a la banda, lo cual tiene mucha musicalidad, hay muchas ideas puestas en cada ocho tiempos. Pero mantiene el impulso, que es lo más importante. Puede hacer todo eso mientras hace todo tipo de cosas increíbles”, dice Stewart Copeland, baterista de The Police y ocasional compañero de palomazos de Neil. Por su parte, Peart busca llenar cada minuto de su vida con tanto exceso como le sea posible, lo cual podría explicar su desborde musical. 

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La otra cuestión –que para muchos supone un dilema moral– es: “¿Qué haría el Neil de 16 años?”. Durante su adolescencia, Neil era un chico desadaptado en un suburbio clasemediero a hora y media de Toronto que escribió “Dios ha muerto” en la pared de su cuarto, quien se metía en problemas por usar el pupitre como batería durante las clases. La noción del castigo que su maestra tenía era que continuara aporreando el pupitre durante las horas extra que debía quedarse en la escuela, y él felizmente cumplía, recreando las partes de Keith Moon en Tommy. Durante años, Peart traía colgada al cuello una parte de un címbalo roto de la batería de Moon, misma que robó del escenario de un concierto que The Who ofreció en Toronto, y su actual batería ostenta el logo de la agrupación inglesa.

Durante sus primeros años –durante los cuales abrieron para casi todas las bandas más grandes de los años setenta–, Peart y sus compañeros de grupo –el vocalista y bajista Geddy Lee y el guitarrista Alex Lifeson– se vieron perturbados por lo que el baterista describe como el “sonido de vendedor”. “Escuchábamos [a las bandas] siempre dar el mismo discurso a la gente”, dice Peart “‘¡Ésta es la mejor ciudad del mundo!’. Daba miedo. Desprecio la deshonestidad cínica”. Sin embargo, se llevaban bien con los chicos de Kiss. “Nos drogábamos con Ace Frehley en su habitación de hotel y lo hacíamos reír”, recuerda Lee, “y eran una excelente influencia sobre nosotros, así aprendimos a preparar un show”. 

Sin embargo, se vieron sorprendidos al descubrir que Gene Simmons y Paul Stanley ven a Kiss como un producto. “No quiero criticarlos”, dice Peart. “Pero una vez estaba en un pequeño restaurante de Kansas, y había un tipo con tatuajes de Kiss que tocaba sus canciones en la rocola. Creía ciegamente en una campaña de marketing como si fuera una religión. Era como un converso a la Cienciología”. 

Lo que Peart quiere es que el chico purista y raro que algún día fue esté orgulloso de aquello en lo que se ha convertido. “Se trata de ser tu propio héroe”, dice. “Estoy convencido de que nunca traicionaré los valores que tenía a los 16 años: Nunca venderme, nunca rendirme ante el sistema. No hay negociaciones”. Rush ha pasado 41 años dominando el arte de no ceder. Han hecho felices a sus más fieles fans ignorando a casi todos los demás, y eso les ha funcionado bastante bien. 

Hay bandas más extrañas y bandas más grandes, pero ninguna tan extraña ni tan grande. Durante cada fecha de su actual gira, Rush recorre su repertorio en reversa, así que la segunda mitad está prácticamente dedicada a su trabajo de los años setenta, mostrando a la banda en su estado más puro, excepcional y, podría decirse, más genial. 

En ese entonces, tenían canciones tan épicas que continuaban de un álbum al otro, incluyendo, desde luego, “Cygnus X-1: Book One: The Voyage”. Lee daba en el clavo con fieras interpretaciones de bajo mientras gritaba como si tuviera un pedal de overdrive en la garganta, llegando a notas tan altas que hacía sonar a Robert Plant como Leonard Cohen. Peart ejecutaba múltiples ritmos con palabras polisílabas, mientras Lifeson creaba riffs proto-thrash, partes acústicas de empuje clásico, acordes tintineantes y pistas sonoras particularmente exageradas. Eran más brutales y ruidosos que sus predecesores progre Yes y Genesis: A ratos, Rush sonaba como si hubieran creado su estilo alrededor de lo que propone “Watcher of the Skies”, de Genesis. “Éramos jóvenes”, recuerda Peart, “y tontos y valientes y divertidos”. 

Cuando llegaron los años ochenta, Rush descubrió el poder de la concesión y los sintetizadores, grabando canciones que se inscribieron en los anales del rock clásico: “The Spirit of Radio”, “Freewill”, “Tom Sawyer”, “Limelight”. “Cuando llegaron el punk y el new wave”, dice Peart, “éramos lo suficientemente jóvenes como para incorporarlos orgánicamente a nuestra música, en lugar de tomar una postura reaccionaria, como algunos músicos a los que escuchamos diciendo: ‘¿Ahora qué? ¿Debo olvidar cómo tocar?’. Nosotros tomamos una postura de: ‘Ah, nosotros queremos [integrar] eso también’. Para Moving Pictures (1981) lo logramos, aprendimos a ser discretamente complejos y a reducir grandes arreglos a cuestiones concisas”.  

Rush continuó fiel a su pureza como poderoso trío: Lee llevaba a cabo varias tareas, tocando el bajo y haciendo las vocales, además de manipular sintetizadores y crear varios ritmos, una hazaña que llevaba su virtuosismo a los confines de la disciplina circense. “Cada ensayo terminaba gritando: ‘¡No puedo!’”, dice Lee. “Pero hubiera sido raro tener a otra persona en el escenario con nosotros. Hablábamos de ello todo el tiempo, ¡todavía lo hacemos! Pero jamás lo consideraríamos, no puedo”. Tenían sus propias reglas, y siempre se apegaban a ellas; por ejemplo, Peart no ejecutaría el mismo fill de batería más de una vez en una canción. Rush ha mantenido la misma alineación durante cuatro décadas, desde que Peart sustituyó al baterista original, John Rutsey, justo después de la grabación del primer disco. Han discutido pocas veces. “Nunca somos groseros entre nosotros”, dice Lee, “así que si no estamos de acuerdo con algo, no sólo ponemos mala cara. Es algo muy canadiense. Aunque nos gustaba pegarle a Alex cuando decía algo estúpido”. 

“Si alguno de nosotros fuera un poquito estable”, dice Peart, “un poquito menos disciplinado o menos divertido, o incluso más grosero, o diferente en cualquier aspecto, no hubiera funcionado. Así que todo es una especie de milagro”. 

Recientemente, Rush ha vuelto a desplazarse hasta el centro de la cultura pop con un exitoso documental, Rush: Beyond the Lighted Stage, así como con su inducción al Salón de la Fama del Rock & Roll en 2013. Pero el fin se acerca, o al menos, eso parece. Rush permitió que su manager, Ray Danniels, hiciera una nota en el boletín de prensa en la que se aclaraba que la actual gira “podría ser la última de esta magnitud” –una versión muy canadiense y discreta de las enormes despedidas que los promotores suelen dar a conocer. “Muy probablemente sea nuestro último tour”, dice Lee. “No puedo asegurarlo. Pero eso no significa que no queremos seguir trabajando juntos, o que no queramos cooperar en otro proyecto creativo. Además, tengo ideas para shows que podríamos realizar y que no necesariamente involucraran una gira”.  

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“Creo que no nos molesta pensar en la posibilidad de que sea la última gira”, agrega Lifeson, de 61 años, quien tiene problemas de salud y desea pasar más tiempo al lado de sus nietos. 

A Peart nunca le ha gustado ir de gira, y todo se remonta a su primer mes de tour, en 1974, lo que lo llevó a amenazar con convertirse en un músico de estudio en 1989. Pero las preocupaciones del baterista se han incrementado. Para empezar, sufre por separarse de su hija de cinco años, Olivia. Son muy cercanos e, incluso, Peart se sabe de memoria los nombres de los personajes de Bubble Guppies, la caricatura favorita de Olivia. “Durante la última gira me di cuenta de que le hace bien que yo esté ahí, y es terrible cuando me voy”, dice. Peart y su esposa durante 15 años, Carrie Nuttall, no le informaron a Olivia sobre la gira hasta una semana antes de que arrancara. 

Además, Peart se ha cuestionado sobre su capacidad física para continuar con los shows de Rush, una tarea que ha comparado con “correr un maratón mientras resuelves ecuaciones”. Pero, hasta ahora, está sorprendido con lo que puede lograr. “Todo me duele, pero eso está bien”, dice. “Poder hacerlo aún es gratificante, no sólo al nivel en el que quiero estar, pero mejorando continuamente”. 

Por su parte, Lee tiene una presencia inesperadamente formidable: Es delgado, juvenil, con un destello de firmeza bajo la afabilidad que ostenta. “Puede ser intimidante porque es muy listo, es un hombre de mundo”, dice Nick Raskulinecz, productor de los últimos dos discos de Rush. “En mi experiencia, Geddy es el líder de la banda”. Con su larga cabellera, peculiar nariz y sus gafas a lo John Lennon, ciertamente es el más identificable, incluso con una gorra puesta, los fans lo reconocen. 

Lee no tendría problemas para mantenerse ocupado sin Rush. Él y su esposa, Nancy Young, tienen propiedades en Londres y Toronto, y pasan mucho tiempo viajando. Colecciona muchas cosas, incluyendo arte, vinos y pelotas de béisbol. Pero es incansable, y no se plantea retirarse de las giras. “Definitivamente, soy el más estricto en lo que respecta a trabajar”, dice. “Conmigo, mezclar es una pesadilla. Los chicos tratan de quitarme a todo lugar, porque intento que quede perfecto. Me encanta organizar shows, tocar para la gente, así que no tengo ninguna duda en ese sentido. Los otros chicos tienen sus dudas, y tienen otras necesidades que yo no”. 

“Veo a Ged y veo a un hombre que es 10 años más joven de lo que indica su acta de nacimiento”, dice Danniels, su manager. “Y los otros dos chicos tienen la edad que informa su acta”. Lee toma nota de aquellos que han agraviado a la banda, aunque sus ajustes de cuentas son bastante amigables: Al remontarse a los inicios, Aerosmith fue notablemente hostil con Rush, negándoles la posibilidad de hacer soundcheck y bajando el volumen cuando ellos estaban sobre el escenario. “La mayor parte de las bandas le temían a Rush”, dice su fiel director de iluminación, Howard Ungerleider. “Tocaban mucho mejor, y eso los intimidaba”. Durante el periodo más problemático de Aerosmith, a inicios de los años ochenta, The Joe Perry Project fue telonero de un Rush que ascendía a la fama y, como recuerda Ungerleider, Lee pidió al equipo que tratara generosamente a Perry, permitiéndole hacer soundchecks tanto como deseara. Cuenta la historia que Lee fue al camerino de Perry para preguntarle si lo estaban tratando bien. Cuando Perry dijo que sí, Lee respondió: “Qué bien. Porque no me gustaría que nadie se sintiera como nosotros nos sentimos cuando fuimos tus teloneros”. (Lee no recuerda la conversación con precisión, pero dice que Perry le ofreció una disculpa). 

Lee ha sido amigo de Alex Lifeson desde que eran adolescentes, durante los años sesenta. Incluso, el guitarrista juntó a Lee con Young, con quien se casó en 1976. Lee, nacido Gary Lee Weinrib, es hijo de sobrevivientes del Holocausto, y atribuye su determinación a sus padres. Se conocieron en un campo de concentración en Polonia alrededor de 1941, y ya se habían enamorado para cuando fueron recluidos en Auschwitz. “Tenían como 13 años”, dice Lee, “así que era una onda de su pre adolescencia. Mi papá sobornaba a los guardias para llevarle zapatos a mi mamá”. Mientras la guerra se desarrollaba, su madre fue transferida a Bergen-Belsen y su padre a Dachau.

Cuando los Aliados liberaron los campos, su padre fue en busca de su madre. La encontró en Bergen-Belsen. Se casaron ahí y migraron a Canadá. Pero los años de trabajo forzado dañaron el corazón del padre de Lee, quien falleció a los 45 años, cuando Lee tenía 12. La madre de Lee tuvo que comenzar a trabajar, dejando a sus tres hijos al cuidado de su abuela. “Mi padre sobrevivió”, dice Lee, “yo no estaría aquí hablando contigo –porque era un tipo duro, y si no quería que yo hiciera algo, no lo hubiera hecho. Perderlo fue un golpe terrible, pero el rumbo de mi vida cambió porque mi madre no podía controlarnos”. 

La madre de Lee se vio devastada cuando su hijo le dijo que dejaría la escuela para tocar rock & roll. “La hice sufrir”, dice Lee, “además de que acababa de perder a su esposo. Sentí como que debía asegurarme de que valiera la pena. ¿Por qué hice todo eso? Porque quería demostrarle que era un profesional, estaba trabajando duro y no era un simple lunático”. 

Tal como Lee, Lifeson es hijo de inmigrantes, en este caso, de Yugoslavia. A los 16 años, su novia, Charlene, quedó embarazada de su primer hijo (se casaron cinco años después y todavía están juntos), lo cual agregó presión a lograr el éxito con la primera encarnación de Rush. “Ciertamente era una preocupación”, dice. “Pero siempre tuve un plan B, podía convertirme en plomero”, dice. “¡Podrías ganar buen dinero en la plomería!”, dice imitando el acento eslavo de su padre. 

Obedeciendo su personalidad, Lifeson es más instintivo y salvaje que sus compañeros de banda. “Es muy espontáneo”, dice Lee. “Uno de los guitarristas más infravalorados. Creo que es porque su genialidad es tan sutil como su invención de acordes y su inusual elección de notas”. 

La noche en la que arranca la gira, los meticulosos ensayos de la banda se ven frustrados por el entusiasmo de los fans: La multitud está tan extasiada que la banda apenas y puede escucharse a sí misma en los monitores. “Meses enteros de preparación que no significaron nada”, dice Lifeson encogiéndose de hombros. 

Pero aprecian el fervor. “Había un chico en la segunda fila durante ‘Xanadu’”, dice Lee. “¡Pensé que se le iba a salir la cabeza, no podía contenerse! Pensé que le iba a dar un infarto”.

Estos amigos de toda la vida todavía disfrutan tocar, y de repente parece impensable que esto sea el final. Peart parecía particularmente emocionado sobre el escenario, agregando distorsión, sonriendo durante “Xanadu”. Por su parte, Lee parecía incapaz de darle fin al show. “Gracias por estos 40 maravillosos años, realmente lo apreciamos”, grita, después de que la banda terminara con el recorrido musical al tocar su primer hit, “Working Man”. Justo antes de abandonar el escenario, Lee mira por encima de sus gafas, dirigiéndose a la audiencia de 19 mil asistentes, ofreciendo un poco de consuelo: “Esperamos verlos en otra ocasión”. 

Escucha la edición por el 40 aniversario de Permanent Waves:

En este articulo:
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