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Septiembre 01, 2018

AMLO, presidente

La difícil realidad de gobernar, una nueva etapa al alegre momento de la transición política.

POR Juan Manuel Becerril de la Llata

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Que no quede ninguna duda: Andrés Manuel López Obrador es ya de facto el actual presidente de México. Él dicta la agenda del día, toma las decisiones importantes en el país y su casa de la colonia Roma (y no la presidencial de Los Pinos) y recibe la visita de los factores reales de poder. Muy pocos recuerdan todavía que Enrique Peña Nieto es constitucionalmente el presidente hasta el primero de diciembre. Han pasado ya dos meses posteriores a esa inédita elección presidencial del primero de julio de 2018, donde un tsunami electoral generado por el efecto López Obrador recorrió todo el país, causando una avasalladora victoria para su partido Morena, tanto en la votación presidencial, como en la enorme mayoría de gubernaturas locales en juego, senadurías, diputaciones federales, legislaturas locales y alcaldías. Hubo carro completo pues, como no se veía en México desde hace muchas décadas, quizá en la última época vigorosa del priísmo nacional. AMLO supo aprovecharse a la perfección de una larga candidatura presidencial de casi 12 años ininterrumpidos, recorriendo plaza tras plaza todos los rincones de la nación, sumado ello al enorme descontento popular tras un sexenio catastrófico de Enrique Peña Nieto, donde la corrupción, la impunidad y la inseguridad fueron la marca de la casa. La coyuntura fue perfecta y el resultado fue explosivo para el PRI y el PAN. Los índices de aprobación del tabasqueño son enormes, su porcentaje de votación del 53% es un récord moderno y cuenta con un muy grande “bono democrático” por la confianza ciudadana puesta en sus manos para generar eso que él ha denominado “la cuarta transformación del país”. Pero, la historia reciente nos demuestra que no es lo mismo ser candidato que ser presidente. Quizá Vicente Fox es el ejemplo perfecto de ello. Las promesas de campaña fueron muchas, ambiciosas y a grupos muy distintos, quizá hasta y antagonistas en algunos casos, como con los maestros del SNTE y la CNTE. La función más importante de un presidente además de darle gobernabilidad a una nación, es el administrar los recursos materiales y humanos con que se cuentan para los proyectos de país, y es ahí mismo donde se atraviesa a veces la realidad de que cada promesa debe plasmarse en números, y estos no cuadran siempre entre lo que se quiere y lo que se tiene. “La cobija no alcanza para todos”, como se dice popularmente.

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