Mayo 12, 2019

Resumen de 'Game of Thrones': Por quién doblan las campanas

Después de ocho temporadas, el choque de reinas que hemos estado esperando finalmente sucede, y el resultado es una carnicería total.

POR Sean T. Collins

"Llegará un día en que pienses que estás a salvo y feliz, y de repente tu alegría se convertirá en cenizas en tu boca, y ese día sabrás que la deuda ha quedado saldada".

 

Cuando Tyrion Lannister le dijo esto a su hermana Cersei hace años, no podía haber sabido cuánta razón tenía. El penúltimo episodio de Game of Thrones, "The Bells", es una obra asombrosa de alquimia, que transmuta la alegría en cenizas ante nuestros ojos. Después de casi media hora de prólogo en el que no se oye a ni una sola persona alzando la voz, se deja escapar un diluvio absoluto de deseos de fantasía y batalla hechos realidad. Pero la emoción de ver el triunfo del "bien" sobre el "mal" se rompe y se destruye. Al final, sólo quedan sangre y escombros.

 

Escrito por los creadores de la serie David Benioff y Dan Weiss y dirigido por Miguel Sapochnik, este episodio toma una serie de eventos trascendentales y los entrega como parte de un prolongado susurro colectivo. La traición y ejecución de Lord Varys, el final del romance entre Jon Snow y Daenerys Targaryen, la despedida entre Tyrion y su hermano Jaime —estas escenas se desarrollan en gran medida en un primer plano con una brillante luz de fuego de fondo, como si se estuvieran compartiendo secretos durante el anochecer. Incluso cuando Varys es quemado vivo por conspirar para poner a Jon en el Trono de Hierro en lugar de Daenerys, el verdugo elegido —Drogon, el último dragón— emerge de la oscuridad en silencio.

 

Qué contraste con la carnicería a plena luz del sol que está por venir. Comienza en el mar, mientras Euron Greyjoy y su armada se preparan para derribar a un dinosaurio volador más del cielo. La arrogancia, sin embargo, es infundada. Esta vez, Dany y su bestia están completamente preparadas. Unos atrevidos y rápidos tiros más tarde y toda la Flota de Hierro es derribada.

 

Sucede de nuevo en las paredes de King's Landing. Con la Compañía Dorada reunida frente a las puertas de la ciudad, Jon, Davos Seaworth, Grey Worm y toda la multitud de norteños, inmaculados, dothraki y los caballeros del Valle, se preparan para luchar. Luego los muros estallan desde dentro, evitándoles la molestia. Ver a Dany deshacerse sin esfuerzo de los planes mejor trazados de Cersei Lannister, y las tropas mejor entrenadas, es una emoción visceral. Lo mismo provoca el ver a esa misma multitud antes mencionada arrasar con King's Landing tantos años después de la ejecución de Ned Stark, lo que exigía este nivel de represalia. En poco tiempo, la Madre de Dragones está volando en círculos alrededor de la ciudad, destruyendo sus paredes ladrillo a ladrillo. Los leales soldados Lannister tiran sus espadas en lugar de luchar. Las campanas que se doblan como una bandera blanca —la última gran esperanza de Tyrion de evitar la destrucción de la ciudad— resuenan. La batalla ha terminado. La gente se ha rendido.

 

Y Daenerys los quema a todos de todos modos.

 

Si el oscuro terror que enfrentó la humanidad en Winterfell hace dos semanas es la Batalla de Hielo, el horror en King's Landing esta semana es la Batalla de Fuego. Consumida con el odio inculcado en ella por toda una vida de paranoia, traición y abuso, Daenerys se quiebra como cualquier soldado común. La diferencia es que ella está montando un arma viva de destrucción masiva. Grey Worm, otro inocente entrenado para ser una máquina de matar desde la infancia y voraz por venganza tras el asesinato de su amada Missandei, encabeza al ejército por tierra. A pesar de los intentos de Jon por contener la destrucción, esta cae sobre toda la ciudad. 

 

Es el tipo de cosas con las que los lectores del material fuente de George R.R. Martin están muy familiarizados, pero algo que el programa apenas ha tocado. Ahora está libre, con un poder visual absolutamente feroz; entre el fuego y la luz solar deslumbrante, no habrá quejas de que los efectos son demasiado oscuros para verse en esta ocasión. Las secuencias que siguen muestran una completa falta de compasión sobre la representación del verdadero horror de la guerra. Esto significa más que ver cómo algunos soldados son mutilados, o incluso los civiles, incluidos los niños, arden entre las llamas. Significa ver cómo ciertos personajes que amamos, que nos importan, y aún más importante, en quienes contábamos, sucumben a la locura y al instinto asesino dentro de ellos. Es un sentimiento feo, como debería ser. Los criminales de guerra de todo tipo también tienen personas que los aman y se preocupan por ellos en casa.


 

A medida que la ciudad se quema y sus torres caen, las historias individuales también llegan a sus terribles conclusiones. Sandor "The Hound" Clegane se encuentra con su hermano, conocido como "The Mountain", por fin. Esto lleva a uno de los pocos momentos del episodio con humor (muy, muy negro): el caballero no-muerto mata sin esfuerzo a Qyburn, el hombre que lo devolvió a la vida, cuando trata de interferir. (Mientras tanto, Cersei sólo se escabulle y pasa a un lado de su hermano menor.) El duelo que sigue ha sido apodado "Cleganebowl" por el fandom durante años, así es como la gente quería ver a los hermanos resolver sus diferencias. 

 

Pero a pesar de ser magníficamente grabada contra el sol de la tarde a través de una neblina de ceniza, la lucha es confusa y triste. Al darse cuenta de que no puede matar a su hermano —a menos que lo prendas en llamas o lo aplastes, es incluso más indestructible que Night King—, "The Hound" grita y se lanza contra su enemigo. Caen a través de la pared desmoronada, directo hacia el suelo que está a cientos de metros por debajo, desgarrándose el uno al otro todo el tiempo. La larga búsqueda de venganza de "The Hound" lo lleva a la muerte, quemándose en los brazos de su hermano. No es manera de morir para una persona.

 

La reunión de Cersei y Jaime es igualmente efímera y sin esperanza. Mientras las paredes se derrumban a su alrededor, se reúnen en la cámara donde la Reina tenía el mapa de Westeros pintado en el piso; un detalle muy adecuado, ya que su amor puso en movimiento la destrucción de los Siete Reinos. Jaime lucha contra las heridas que recibió en un duelo inútil con Euron. Siendo un malnacido hasta el final, el pirata sobrevivió a la quema de su flota sólo para iniciar una pelea letal con el "Matarreyes", sonriendo orgullosamente todo el tiempo. Jamie conduce a su hermana a las entrañas de la Fortaleza Roja, donde encuentran bloqueada su ruta de escape.

 

"No quiero morir", repite Cersei, sollozando, dándose cuenta finalmente de la tragedia en la que participa. Anteriormente en el episodio, sonrió mientras las fuerzas se preparaban para la batalla; era la sonrisa de una mujer que finalmente veía cómo el mundo tomaba forma según su capricho, en lugar de verse obligada a cambiar. Eso se terminó ahora.

 

"Mírame", dice Jaime, repitiendo —sin saber— las palabras de Sandor Clegane cuando le dijo a Arya que huyera en lugar de morir con él. "Nada más importa. Sólo nosotros". El castillo se derrumba sobre ellos segundos después.

 

Convenientemente, dado su papel cada vez más central no sólo en la trama sino en la lucha metafórica de la vida contra la muerte, Arya es nuestra única sobreviviente. Al estilo de Niños del hombre, tomas largas la siguen mientras huye a través de las multitudes en estampida; intenta salvar a una madre y una niña a quienes ella y "The Hound" empujaron anteriormente, y fracasa miserablemente.

 

Se despierta mientras la ceniza cae del cielo como la nieve. Ella ve los cuerpos carbonizados de la madre y la niña abrazadas en la muerte, un caballo de juguete todavía está en la mano negra de la niña. Luego encuentra un verdadero caballo, uno pálido, esperándola. Se acerca a este mientras el sol brilla. Ella lo calma. Ella se va cabalgando. 

 

Así termina el episodio más atrevido de Game of Thrones. Es la Gran Boda Roja pero a gran escala, una obra maestra que asesina toda esperanza de un cierre ordenado, que reduce a cenizas en nuestras bocas cualquier creencia en el poder redentor de la violencia.

 

 

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