Abril 12, 2019

Por qué 'Game of Thrones' es un show único

Una serie innovadora que apareció en el momento adecuado, 'Thrones' puede ser la primera y la última de su clase.

POR Alan Sepinwall

El héroe del espectáculo es llevado ante una multitud sedienta de sangre, atado y acusado de alta traición contra el rey. Él ha tomado muchas decisiones tontas para llegar a este punto, producto —irónicamente— de una decencia y honestidad fundamentales que de otro modo parecerían admirables. Pero sigue siendo el héroe, interpretado por el actor más famoso de la serie, y la historia le ha dado una salida: el exilio por encima de la ejecución. Seguramente, será desterrado por una o dos temporadas, y luego volverá lentamente a la prominencia hasta que, una vez más, haga el bien porque así lo dicta Dios. Así es como funciona, ¿verdad?

 

Bueno, así fue como funcionó hasta que la cabeza de Ned Stark fue cortada casi al final de la primera temporada de Game of Thrones, iniciando el que es tal vez el más reciente gran fenómeno de la televisión.

 

Una docena de años antes, The Sopranos habían roto muchas de las reglas no escritas de la televisión con el episodio en el que Tony estranguló a un informante con sus propias manos, algo que no se había hecho en las cinco décadas anteriores. (Tanto esa escena como la ejecución de Ned fueron seguidas por una parvada de pájaros volando en formación). Pero en el renacimiento creativo que surgió en la pantalla chica, algunas nociones aún parecían sagradas, en particular: No mates a tu personaje principal, y definitivamente no lo mates incluso antes de que hayas terminado la primera temporada. Game of Thrones no sólo hizo eso con Ned, sino que dos temporadas más tarde, se deshizo de su esposa Catelyn, su hijo Robb y la esposa embarazada de Robb, Talisa, después de que Robb fuera establecido como el sucesor de Ned en la dramática jerarquía de GoT. Este fue un programa donde los héroes no sólo perdieron constantemente, sino que murieron de manera brutal, y con ellos, al parecer, toda esperanza de obtener un buen final para la serie.

 

Y nos lo creímos todo sin cuestionar nada. 

 

Se pueden citar todo tipo de razones por las cuales Game of Thrones se ha convertido en un fenómeno global que está a punto de iniciar su octava y última temporada este próximo 14 de abril. Opera en una escala gigantesca, con producción en múltiples continentes, sin mencionar los espectáculos visuales que nunca hubieramos esperado obtener de la televisión. Tiene una gran cantidad de personajes memorables, todos ellos seleccionados impecablemente, incluso si ninguno de los actores era tan familiar como Sean Bean cuando comenzó el show en 2011. Pero la ejecución de Ned y la infame Boda Roja —donde Robb y compañía fueron apuñalados por la espalda (y el frente y el costado) por supuestos aliados— son algunos de los momentos más legendarios de la historia de los dramas de HBO. Parte de ello es el efecto sorpresa: la idea de que, incluso después de The Sopranos, The Wire, Deadwood, Breaking Bad y más shows que aparentemente habían destruido las reglas, todavía había situaciones, que antes parecían imposibles, a las que se podía llevar la historia de un drama. Pero Thrones también fue la serie adecuada para una década muy equivocada. Como nuestro mundo parecía tener menos sentido con cada año que pasaba, había algo catártico en viajar al mundo de fantasía creado por el autor George R.R. Martin, y adaptado para televisión por David Benioff y D.B. Weiss. El mundo de Westeros parecía tan irresistiblemente caprichoso como el nuestro, pero tenía dragones, gigantes y demonios de hielo mágico.

 

Thrones (y The Walking Dead, que desplegó una visión nihilista similar del mundo, pero sin acercarse a los picos creativos del programa de HBO) ha resultado ser para The Sopranos y los otros clásicos de principios de siglo lo que Star Wars o Jaws fueron para The Godfather, Taxi Driver y Chinatown en la década de los setenta: un éxito de taquilla que hizo que esas producciones anteriores parecieran pintorescos éxitos de boutique. Ha abarcado dos épocas: el período revolucionario de los compañeros de Tony Soprano y la abrumadora avalancha de contenido que ahora se conoce como Peak TV. Llegando unos años antes de que Netflix entrara en el negocio de las series originales, se convirtió en un evento semanal en una forma a la cual nos hemos acostumbrado. Cada episodio —y en su momento, cada tráiler o incluso la publicidad— se diseccionaba a detalle, a pesar del hecho de que las primeras cinco temporadas del programa se apegaron en gran medida a los eventos de los libros de Martin, lo que significa que cualquier fan pudo haberse echado a perder la Boda Roja y todos los demás grandes momentos con tan sólo visitar Wikipedia. Sin embargo, la serie se estructuró de una manera ahora familiar en el mundo del streaming, donde el impulso de continuar viendo episodios sin parar importa por encima de todo lo demás. Hay un puñado de episodios de GoT que se destacan como piezas únicas, casi todos ellos tienen lugar en un solo sitio con un puñado de la enorme gama de personajes del programa. Sin embargo, en su mayoría, cada entrega se conforma con una guía turística de Westeros, saltando de una ciudad y grupo de personajes al siguiente, enfatizando los momentos individuales sobre la narración de episodios tradicionales.

 

¡Pero qué momentos! Mientras que la mayoría de las producciones que operan en el modelo de "película de 10 horas" tienden a tornarse lentas y tediosas en el medio, Thrones puede presentar suficientes escenas destacadas cada semana para hacer que el enfoque funcione —a veces con piezas de acción donde dragones prenden fuego a ejércitos enteros (las cuales sólo se han vuelto más impresionantes con cada año que pasa), pero a menudo con agudas conversaciones entre dos personajes que comparten una historia complicada. No es tan consistente como muchos de sus predecesores de HBO, pero sus puntos más altos pueden ser asombrosamente altos.

 

Esto es una muestra del control de cálidad de HBO (que, a un gran costo, eliminó casi todo el piloto original de la serie, dirigido por nada menos que Tom McCarthy de Spotlight y rediseñó varios roles cuando quedó claro que las cosas no estaban funcionando) y al rico material que proviene de las novelas de Martin A Song of Ice and Fire, que funcionó como la Hidra de Lerna: corta la cabeza de un Stark, y cinco nuevos interesantes personajes aparecerán para ocupar su lugar. Y gracias a un reparto impecable, incluso personajes que deberían haberse sentido bidimensionales en su villanía, recibieron una profundidad inesperada por parte de Lena Headey (la fríamente calculadora Cersei) o Jack Gleeson (el joven y sádico Joffrey).

 

Los libros fueron una bendición y una maldición para Benioff y Weiss. Los personajes a menudo se quedaban estancados por temporadas porque Martin (quien escribió un puñado de episodios a lo largo de los años) los estaba guardando para más tarde. La serie también tuvo una debilidad al tratar el sadismo como un elemento dramático en sí mismo, y con demasiada frecuencia se utilizó la violencia sexual contra las mujeres como un recurso de peligro barato, por lo general sin considerar el impacto que tendría en sus víctimas.

 

La serie sobrepasó los acontecimientos de los libros publicados hace dos temporadas. Martin le ha dicho a Benioff y Weiss el final que ha planeado, pero no está claro qué tan fieles serán a este, o si alguna vez logrará completar las dos novelas restantes. Aunque el programa siempre se ha desviado de los libros hasta cierto punto, parece que últimamente se ha liberado, para bien y para mal. La gente ahora va de un lugar a otro casi instantáneamente, lo que acelera la trama y reúne a grandes grupos de personajes de una manera que siempre ha funcionado bien para el drama. Pero también ha habido más descuido en la trama, particularmente en la forma en que personajes como el hijo adoptivo —valiente pero estúpido— de Ned Stark, Jon Snow, o el guerrero en conflicto, Jaime Lannister, han sobrevivido repetidamente y derrotado a la muerte.

 

Tal vez no sea una coincidencia que ningún personaje importante haya muerto desde que el programa se movió más allá de los libros. El encariñamiento de los fans con ciertos personajes es más fácil cuando no están esperando que los maten, después de todo. Pero también se siente como una corrección de curso sabia. Demasiados productores han imitado las cualidades más superficiales de Thrones —particularmente la idea de tener muertes impactantes y, en general, llevar la miseria a los buenos— y las han convertido en una parte regular de las herramientos dramáticas. Pero cuando todo es impactante, en realidad nada lo es. Dos de las secuencias más potentes de las últimas temporadas de GoT, el bombardeo del Gran Septo de Baelor y Hodor sosteniendo la puerta, involucraron a la muerte, pero las víctimas eran personajes menores que habían dejado de ser utiles para la narrativa. Lo que las hizo tan poderosas fue lo que dijeron sobre los personajes que sobrevivieron, como la despiadada Cersei, o lo que nos contaron en retrospectiva sobre la trágica vida de alguien como el sirviente Hodor.

 

Las copias de Thrones sólo aumentarán después de que se haya ido, ya que otros buscan ocupar su lugar. Amazon gastó una absurda cantidad de $250 millones de dólares sólo por los derechos para adaptar los libros de El Señor de los Anillos, una cantidad exorbitante incluso en comparación con los $15 millones reportados (si no más) que cada uno de los últimos seis episodios de Thrones (todos ellos con una duración cercana a los largometrajes) costaron por hacerse. Pero ese es un enfoque demasiado literal para tratar de llenar el enorme vacío que quedará en el panorama televisivo cuando Daenerys, Tyrion, Brienne de Tarth y todos los demás mueran o se vayan volando hacia el atardecer en la espalda de uno de los dragones de Dany. No es sólo que cualquier epopeya de fantasía futura se comparará de forma poco favorecedora con esta, de la misma manera que los imitadores más directos de The Sopranos sufrieron muertes rápidas e innobles. Es el hecho de que el programa fue concebido en otra época, en la que todos seguíamos viendo la televisión en el mismo horario, una vez a la semana. Incluso si no lo veíamos exactamente el mismo día, era lo suficientemente cerca como para que fuera fácil entusiasmarse juntos con la Boda Roja, o la estrategia de Tyrion en la Batalla de Blackwater, o que Cersei se viera obligada a caminar desnuda por la calles de Desembarco del Rey mientras una monja entonaba, "¡Vergüenza!" una y otra vez.

 

Game of Thrones fue a menudo un gran show, pero también apareció en un momento perfectamente imperfecto para convertirse en un fenómeno. Puede que nunca volvamos a ver algo así.

 

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