Septiembre 05, 2019

"Paul McCartney for Dummies"

Este es el primer capítulo de 'Despachador de pollo frito', un libro de cuentos que estará disponible a mediados de este mes.

POR Carlos Velázquez

You know the story. 

Claro que la conocía. En 1966 Paul McCartney había muerto en un accidente automovilístico y había sido remplazado. John Lennon se había burlado del incidente en la canción «How Do You Sleep?»: «So Sargeant Pepper took you by surprise». Las pistas que la banda había sembrado en el arte del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band eran de dominio público. El bajo de flores en la portada del disco que formaba el nombre Paul con un signo de interrogación. McCartney de espaldas en la portada del disco. El escudo con las siglas OPD (Declarado Oficialmente Muerto) en el brazo del bajista. Y tantas otras que los fans se han dedicado décadas a desmenuzar. 

¿El gobierno lo sabe?

Everybody knows. The C.I.A, the F.B.I. Interpol. K.G.B. Me estás diciendo que McCartney está muerto.

Oh, c’mon, mai muchachou, me badulaqueó el agente con su español mucho picoso mucho barato.

Siempre pensé que era una broma.

Paul is not dead. Sólo fue remplazadou.

¿El McCartney que sale de gira no es el original?

I told you. Ese no es el Beatle. Es uno prestanombres.

¿Y el verdadero dónde está?

Do you want the job or not?

Entonces si el que da los conciertos no es el Beatle, quién es.

Paul has been remplazadou dos ocasiones. La segunda cuando se lanzó el álbum Paul is Live. Recuerdas cómo se mofó de la portada de Abby Road

Cómo no. Había estado en una de las fechas de la gira. En primera fila, rememoré. 

¿Entonces el doble compone las canciones?, pregunté.

Of course not. Es un cascarón. Un envase vacío.

No entiendo. Si no es McCartney, cómo ejecuta el repertorio. En 1968, tras el accidente, el cuerpo de Paul quedó destrozadou. Pero sobrevivió su cabeza. La preservamos en un frasco con un respirador artificial. 

¿Como Beck en Futurama? Y yo que pensé que Matt Groening era un genio. 

That prick.

¿Tuvo que ensayar mucho el doble para memorizar todas las composiciones de McCartney? 

No funciona así. Tiene un chip instalado en el cerebro con toda la información. El procesador le ordena tocar el bajo como el mismísimo Paul. 

¿Es decir que si lo deseo me pueden instalar un chip y podría tocar como si fuera él? 

Correcta mundo.

Y por qué quieren deshacerse del doble. Hace su trabajo a toda madre. 

Porque firmó un contrato. El suplente está listo. And it’s too old. 

No entiendo cuál es el pedo.

The problema is. El sustituto no quiere retirarse.

Y por qué me solicitan el trabajo a mí. Ustedes pueden contratar a un agente de Scotland Yard. 

Por dos cosas. La primera, el Paul actual tiene sobornados a todos los agentes del planeta. Entradas gratis, fotos autografiadas para las hijas, esposas, amantes. Es un Beatle. Es encantador. Es irresistible. Y la segunda: «Paul McCartney» es mexicano. En la agencia creen que tú eres el indicado para esta misión. Veneno mata veneno.

Me tienen bien clachado.

We know all about you, Dr. Pooh, dijo el agente y desapareció. 

Caminé unas calles y me subí al coche. Al arrancarlo de las bocinas salió una melodía: «Hope of Deliverance». 

Saberlo todo sobre mí significaba que conocían los sucesos de la Operación Moctezuma. En 1996, cansado de la negativa de los austriacos para negociar el penacho del emperador azteca, el gobierno mexicano se propuso recuperar la pieza por las malas. Me contrataron para suplantarlo con la copia perteneciente al Museo Nacional de Antropología. Cualquier traficante de arte de medio pelo sabe que en La Lagunilla se consiguen mejores réplicas, pero ya sabemos cómo son de obcecados los políticos mexicanos. 

En resumen: en Viena quedó el penacho de Antropología, en el museo del Castillo de Chapultepec quedó una de las imitaciones de La Lagunilla, al igual que en casa del político que planeó la encomienda. El que pertenecía a los austriacos pasó a manos de un coleccionista inglés que trabajaba con Margartet Thatcher, de cuyo nombre no me está permitido acordarme, quien me forró de libras esterlinas y me consiguió inmunidad diplomática vitalicia. Sabía que tarde o temprano usarían esta información en mi contra. Y el momento había llegado. 

Mientras preparaba mi maleta para huir a Jamaica me cayó el veinte de que no tenía a quién rebarajearle mis penas. Veinte años en Londres y ni un solo compa. Como siempre que me amilanaba, llamé al único amigo que conservaba de mis días en la universidad. 

Mi queridísimo Watson, respondió Villoro. Juan ¿crees que exista alguna posibilidad de que Paul McCartney sea mexicano? 

Si Chabela Vargas lo era, no veo por qué un Beatle no pueda serlo. 

Con el pretexto de implantarme un chip me vinieron con una jalada que ni tú que eres escritor. 

El desempleo tiene sus consecuencias.

Oye, una ocasión tú entrevistaste a Yoko Ono ¿cierto?

Dices bien.

Cómo era. ¿Parecía mexicana?

Entiendo a qué te refieres. Aunque nuestro nivel de piratería es admirable, no, más bien parecía fabricada en China, como esas virgencitas de Guadalupe que venden afuera del metro Balderas. 

Escuché que alguien intentaba forzar la cerradura de mi departamento. 

Tengo que colgar.

¿Volverás a México, Dr. Pooh? El Necaxa subió a primera división. 

Larry, el barman del pub Hey Bulldog, era un catálogo de historias sobre agentes retirados a los que habían reclutado contra su voluntad para lavarles el cerebro y usarlos en misiones secretas que terminaban con el pobre bastardo con un tiro en la cabeza. No era difícil diagnosticar que era el tipo de desenlace que deseaban administrarme. Me escabullí por la escalera de incendios. Al alcanzar el techo del edificio me estaban esperando. Había mamado dos décadas de las tetas del gobierno británico. Era tiempo de mostrar algo de gratitud hacia la corona. 

 

Me condujeron por un túnel que parecía más el de un estadio de futbol que el de un laboratorio ultra secreto. El máximo experimento científico al que me había sometido era la ingesta de Viagra. Temía una trepanación, que me arrancaran la cabellera como los pieles rojas o ya de jodido que me practicaran la sandía calada. La colocación del chip duró menos que el orgasmo de un zancudo. Un piquetito en la nuca y ya estaba listo para cargarle las bolsas del mandado a la reina. Me soltaron en Camden Town, a los pies de la estatua de Amy Winehouse. Me embistió una sed tántrica. No sabía si culpar al chip o al monumento a la cantante. Antes de que comenzara a cometer pendejadas decidí despedirme del mundo con una buena borrachera. 

Al Hey Bulldog, le ordené al taxista.

Pedí una Guinness. El chip me había inducido una lucidez pacheca. Me sentía como el hombre araña. Pero mis sentidos no se exacerbaban con el peligro, sino con la música. La clientela del Hey Bulldog estaba conformada en su mayoría por patrulleros, policías, sargentos, etc. Relacioné entonces que el nombre del pub se debía a los acordes detectivescos de la canción de los Beatles. No tocaba ningún instrumento. Ni planeaba tomar lecciones a mi edad. Pero un resorte invisible me impulsó a sentarme al piano. No me envalentonaron las cervezas. Me he embriagado diez mil veces en el Hey Bulldog y jamás se me había antojado hacerle al Stevie Wonder. 

Posé las manos sobre el teclado y toqué «Für Therese» de Beethoven. 

Qué clase de brujería es ésta, me pregunté. Qué me ocurre.

Cut that shit, me ladró Larry, el cantinero: Play rock & roll.

Me acodé en la barra y asustado me bebí la chela de hidalgo. Leí en mi celular el instructivo que me habían enviado por email. Me sentí una pinche tele Samsung. Según el informe, el chip me había convertido en una rocola humana. Estaba dotado de la capacidad de interpretar cientos de canciones a mi antojo. Volví al piano y pretendí tocar «Sympathy for the Devil» de los Rolling Stones pero los dedos no me respondían. Intenté con «Jumping Jack Flash» y nada. «Satisfaction» y cero. Hasta que traté con «Maybe I’m Amazed» no tuve problemas. Pinche McCartney. 

Larry me llevó una pinta hasta el piano.

Keep on it, Dr. Pooh.

Me arranqué con «For No One». Al fondo una mesa de gendarmes en ginebra comenzó a cantar «And in her eyes you see nothing / no sign of love behind her tears / cry for no one». Las peticiones me comenzaron a llover junto con las cervezas. «Bennie & the Jets», «Behind Blue Eyes», «Hey Jude» y entonces nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah / Hey Jude / nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah / Hey Jude, tenía al pub en la bolsa. Cantaban, brindaban, se abrazaban, chocaban sus cervezas, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah, nah. No permitieron que me detuviera. Hey Jude. Me emborraché gratis. Pinche Juan Torres y su órgano melódico me la pelaban. 

Nunca antes me había marchado tan tarde del Hey Bulldog como esa noche. 

 

No puede ser falso o mexa, pensé. 

Si creen que el sol encandila, espérense a ver a Paul McCartney. A unos pasos de mí el Beatle refulgía más que el mismísimo Luis Miguel. Desconozco si alguno de ustedes ha entrado en contacto con Macca, pero lo que menos se te antoja es investigarlo. Lo que apetece es abrazarlo, darle las gracias, envolverlo para regalo. Su aura celestial es más grande que la de todos los papas de la historia juntos. 

Por qué aceptaste este trabajo, pensé. Ah cómo me cagas la madre. 

Entonces nos presentaron.

Paul, he is Dr. Pooh, the new piano player.

En cuanto me sonrío, puta, amé mi vida. La misma que repudié hasta el sancocho. La que maldecí en cada peda. La que me apremió a correr por Tlatelolco para salvar mi pellejo de estudiante, la que me obligó a romper la promesa de que jamás trabajaría para el puto gobierno, la que me orilló al exilio. 

Sit at the piano and play, me instó Macca con su acento inglés, acá chingón. 

Sin embargo, lo detective no se quita. Ni remojándose uno en una alberca de Pinol. Apenas me aplasté mi felicidad se fue al carajo. El retorcido sentido del deber me traicionó. Yo debería estar persiguiendo terroristas, narcos, no a Macca. Pero una chamba es una chamba, dice la rola de Mecano. 

Dispuesto a destapar la mexicanidad del Beatle le arranqué al instrumento las notas de «México lindo y querido». Pero Macca no se emocionó. Puso cara de «mi no comprende». «Guadalajara» y nada. Decidí apretar todos los botones. Interpreté «La Bikina», «Cucurrucucú», «Cielito lindo» y la que consideré infalible, «El mariachi loco», pero el semblante de Macca estaba más tieso que una cemita que lleva tres días fuera de la bolsa de plástico. Hice un último intento: «El Rey». 

José Alfredo nunca falla. Si Macca era mexa, como aseguraba el expediente, se quebraría. Pero no. Seguía sin brotarle el jarabe tapatío. Y antes de que continuara con el cancionero picot me interrumpió. 

Play one of my songs, dijo.

Me arranqué con «In my Life».

Stop, stop, gritó Macca encabronado. That’s a Lennon song. A partir de ese momento, la amable viejecita, la cabecita blanca, la ancianita dulce que era Macca se transformó. Me agarró una tirria de la chingada. Me apesté para toda la gira. Que arrancaba en dos semanas en Argentina. La primera fase recorrería Sudamérica y acabaría en México. 

El ensayo consistió en clásicos del Cuarteto de Liverpulgas, rolas de Macca solista, de Wings y la macheteada íntegra al nuevo álbum, New. Yo no había escuchado el último disco pero sabía todas las canciones gracias al dichoso chip. Para ser un Macca pirata sonaba condenadamente bien. No por nada Bob Dylan lo había elogiado hacía poco con una pizca de juguetona envidia al mencionar que nada de lo que compusiera McCartney era malo. 

Al termino del ensayo estaba hecho pomada. Conocer a uno de tus héroes, nada menos que a un Beatle, a Paul McCartney, y caerle en la punta del anquilosado miembro me había drenado más que cualquier vampira psíquica. No pinches mames. Para consolarme comencé a tocar una de mis canciones favoritas ever: «Rocket Man». Pero volví a errar. Presumo que a Macca le cagaba Elton John porque me mandó un recado con el baterista. 

Cut that shit, me dijo Abe Laboriel Jr. Sí, el sobrino de nuestro prócer Johnny. La voz responsable del «Rock del Angelito». 

Uno de los rituales de la banda consistía en salir a cenar al final de cada ensayo. Yo deseaba largarme a mi departamento y refundirme en el sillón a llorar con las reposiciones de Los Soprano. Pero como el detective acabado que soy fui detrás del caso. Arrastrarme por las calles de Londres junto a Paul McCartney debería ser el triunfo máximo de mi vida, sin embargo me sentía la peor mierda del planeta. Todos amaban a Macca, lo admiraban, lo veneraban. Y yo contratado para darle la puñalada por la espalda. 

La carta del restaurante ofrecía nachos.

Agüebo, me dije, los auténticos embajadores. Que me perdonen los tacos y el tequila, pero lo más mexicano que exportamos son los ignacios. No importa en qué ciudad del globo te encuentres nunca te dejarán morir. En los bares de droga de Ámsterdam puedes pedir tu dosis de heroína acompañada de unos nachos con extra queso. 

Aproveché que Macca fue a lavarse las manos para pedirle una orden. Yo elegí un steak enorme, como para asfixiar a un norteño. Como la estrella que es, Macca tuvo que saludar a todo el restaurante antes de conseguir volver a la mesa. Se demoró el tiempo suficiente para que al ocupar su lugar una montaña asesina de carne y frijoles sobre una isla de totopos asfixiados en cátsup lo esperara. 

It’s now or never, me dije. Si este cabrón es mexicano ahora lo voy a averiguar. No existe compatriota que rechace los nachos. Al menos los va a probar. 

Macca los examino con interés quirúrgico.

What’s this, consultó.

Nachos, coreó toda la banda.

I didn’t order this, blasfemó.

Try some, lo instigué.

Oh no, I’m vegetarian, sonrío.

Qué pendejo, cómo no me acordé, me dije, el muerto del Abby Road no come carne. Hasta Los Simpson le dedicaron un capítulo a su vegetarianismo. 

Who ordered, censó Paul.

Dr. Pooh, me echó de cabeza el pinche Abe Laboriel Jr.

Este cabrón me odia, pensé.

You eat it, me ordenó Paul al empujar el plato hacia mí.

Qué nochecita. No se dejen engañar por el arete en mi oreja derecha a lo Maradona. Si huí de los tanques en la Plaza de las Tres Culturas es porque tengo la edad que me calculan y mi indigestión se arrodilla ante media torta ahogada. Me tuve que tragar el steak y los nachos para no quedar como un infiltrado. Se supone que habían contratado mis servicios para desenmascarar al impostor y el único que se ponía en evidencia en todo momento era yo. 

Subí al taxi embarazado de nachos. En mis años de detective, privado o como mascota gubernamental, jamás se había confundido mi olfato de beagle. ¿Se divertían conmigo los cabrones de la Interpol? Pero qué ganaban. Era una operación muy grande como para que se tratara de una broma o una venganza. Macca no era mexa, estaba convencido. Me sentí humillado. Quería matarlo, sí. Odiaba a McCartney. Vomité hasta las cinco de la madrugada. 

Cuando amaneció prendí el radio por reflejo. Sonaba «Band on the Run». Se me bajó el coraje. Se me enchinó la piel. Y lloré de gratitud por la existencia de esa música. Comprendí entonces que valía la pena. Que pagaría el precio que fuera por acompañar a uno de los cuatro responsables de ese fenómeno inmortal conocido como Beatlemanía. 

 

Si consigo tentar a Macca con unos nachos sin carne estoy del otro lado, me dije al aterrizar en Argentina. Su rostro me revelará su verdadera nacionalidad. Pero qué pendejadas pienso, me reprendí y trepé al bus destinado a la banda. 

Si alguien me dijera que Paul McCartney es argentino lo creería rotundamente. La gente salió a las calles a beatlemanear. Buenos Aires le profería un amor tan pero tan alto que parecía la escena de un documental. Bastaba mirar por la ventana y darle play en la mente a «My Love» para sentirse dentro de una película. Para regocijo de Abe Laboriel Jr. me hospedaron en un hotel distinto al del resto de los músicos. Con los ingenieros de sonido. Mi calidad de apestado no conoce fronteras. Me han marginado en más de tres continentes. Maten esa. 

Pero el descalabro se presentó durante el show en Córdoba. Macca presentó a toda la banda menos a mí. Confieso que durante todo el vuelo había fantaseado con ese momento. Cuando mi nombre fuera ovacionado por cincuenta y cinco mil almas. Encabronadísimo, apenas entré a mi camerino comencé a destrozarlo. Era un desplante típico de las estrellas de rock. Pero no tenía que ver nada con ese tipo de glamur. Era un arranque de impotencia de un detective privado y jubilado que no sabía muy bien a causa de qué babosada se había ganado el desprecio de Paul McCartney. 

Destrozado, llamé a mi contacto en la Interpol.

I quit.

Oh, don’t be a maricanena, Dr. Pooh.

Pinches funcionarios del gobierno. Conocía a detalle las desavenencias que había sufrido con Macca. Me regañó como si fuera su pendejo. En sus palabras yo no me había infiltrado para enamorarme del ex Beatle sino para preparar el terreno. Su suplente acababa de ser desempaquetado directo desde Japón.

Ni madres, le solté. Me largo. Retáchame a Londres.

Entonces me reveló el oro puro de la misión. Paul McCartney, el original, bueno, lo que quedaba de él en esa pecera que no ha sido limpiada por dentro en años, nos acompañaba en la gira para supervisar la operación. 

Ay virgencia, dije mirando al cielo, hasta que te acordaste de mí. Voy a conocer a Paul McCartney, chillé de alegría. 

Check it out, me dijo el agente de la Interpol. El cambio de Maccas se haría en Chile. Durante «Uncle Albert» se abriría un hueco en el escenario, caería y lo atraparíamos. El nuevo reemplazo subiría con una guitarra para el número de «Admiral Hasley». Y con eso le pondríamos fin a la dictadura de varios años, adendas de contratos y pleitos legales. El fake Macca había amenazado con incumplir una clausula si no le toleraban el capricho de continuar en el puesto. Revelar la verdad: que la cabeza de Paul flotaba dentro de una jarra de Kool-Aid obesa de líquido amniótico y que desde ahí orquestaba y llevaba la marca ®Paul McCartney. 

El fake Macca sospechaba que le echarían el guante. Había diseñado un despliegue de seguridad a su alrededor que hacía imposible cualquier maniobra. Pero era hora de cerrar la pinza. 

Ok, le dije al agente, pero te voy a adelantar algo antes de que lo capturemos y lo interroguemos. Me corto un güevo a que el fake Macca no es mexicano. 

You fuck, se burló el agente. 

 

En Chile el plan se complicó. La seguridad alrededor de Paul nos cortó la estrategia. Estarán de acuerdo en que no vas a meter a equipos especiales a medio concierto de McCartney. 

El show se desarrolló de manera rutinaria. Pero mientras Macca enumeraba a la banda sucedió algo insospechado. Me presentó al público. Me invitó a abandonar mi puesto tras los teclados y a erguirme en la orilla del escenario. Me instó a realizar una reverencia y la audiencia estalló en aplausos. Se me escaparon unas lágrimas de emoción. Eso encendió las alarmas de mi equipo. El fake Macca había dado un paso trascendente. Me intentaba cooptar. Al finalizar la velada me invitó a su camerino, a destapar la champaña. 

Ocurrió lo predecible. Macca se disculpó por su comportamiento. Volvió a ser esa madrecita mexicana santa y abnegada. Me reveló que su desconfianza obedecía a los rumores que corrían sobre su identidad desde 1966. Pero que tenía pruebas de su autenticidad. 

No mentiré. Le creí. Esto no es una comedia de ciencia ficción. No me iba a colgar de la cara de Macca y a desprenderle la máscara. Fue como un despertar. Hasta ese momento no había cuestionado ninguno de mis movimientos. 

Basta ya, Dr. Pooh, me increpé. Es ridículo.

Había convivido con Macca varias semanas y se los juro por el impopular de Jesucristo que era el one & only Paul Ramone. 

Le pegué un abrazo, yo también le pedí perdón y salí de su camerino sintiendo pena por mí mismo, por la Interpol y por el gobierno británico. 

¿No tienen nada mejor que inventarse estos cabrones para destinar fondos a esta clase de «misión»? 

Y no, no renunciaría a la gira. Continuaría en el camino y vería mi tierra, México, por primera vez en décadas. 

¿Crees que te acaba de hacer un favor, no?, reclamó el agente de la Interpol con un horrendo acento en español apenas entré en mi camerino. 

Ustedes cabrones de la Interpol están todos orates, le espeté. 

You know what, Dr. Pooh. Sí, voy a hacer el favor más grande de tu vida. Follow me. 

Lo seguí por instinto. Presentía lo que me aguardaba. Una cortina descolorida y detrás una piñata de Paul McCartney. A mí qué me cuentan si nosotros inventamos el chupacabras. Dejen de meterse tanta pinche metanfeta. 

Atravesamos el escenario mientras los roadies desenmantelaban el equipo, cruzamos el estadio por en medio y salimos hasta el estacionamiento. Dos tipos en traje y lentes negros, ¿achingá, los Blues Brothers?, pregunté, nos abrieron las puertas de la caja de un tráiler y subimos por una pinche escalerita pedorra. Tanto dinero tirado en tecnología satelital para venir a partirme la madre en metro y medio de escalones chuecos. 

¿Saben cuál es el deporte favorito del destino? Se los diré. Callarme el hocico. Levitando, como seguro soñó con hacerlo George Harrison y nunca lo consiguió, la cabeza de Paul en una capsula apareció frente a mí. 

Esto no lo consigue la tecnología ni la magia ni Yoko Ono. Esto sólo se logra de una forma, me dije, siendo un Beatle. 

Es difícil explicar lo que sentí. Pero lo intentaré. Imaginen que llevan semanas sin comer. Es tanta la necesidad de alimento que sueñan con ello. La situación se agudiza de manera que pierden el juicio y estarían dispuestos a matar por comida. Y luego dan el paso más reprobable de la especie humana, se convierten al canibalismo. Entonces un día, un maldito y loco día, alguien pone frente a ustedes una pechuga de pollo frito. Y esta refulge y relampaguea como una descomunal pieza de oro. Eso experimenté yo al ver la cabeza de Paul McCartney. 

Me arrodillé como si estuviera frente a la estatua de George Best. Pero antes de que pronunciara palabra alguna los agentes me arrancaron de la presencia del ex Beatle. Traté de encajar las uñas en la superficie de metal de la caja del tráiler pero sólo conseguí estropearme la manicura. 

Mañana no podré tocar, pensé sin lamentarme. Dos, tres segundos más ante la cabeza de Paul era todo lo que imploraba. 

Afuera me esperaba mi contacto.

Well, Dr. Pooh, do you believe me now?

Absolutamente, mi compa. Perdón por dudar. Soy detective y además ya sabes lo que se dice por ahí, santo que no es visto no es adorado, le respondí. 

El Macca de la gira parecía tan convincente. Pero era inútil continuar en la negación. No era Paul. Era un impostor. Acaba de tener una audiencia con el original. Y por amor a la verdad y a la música y a mi manera de beber, mi deber ahora era cumplir los deseos de esa cabeza que hacía posible que el mundo siguiera teniendo a: Paul McCartney. 

El siguiente país a visitar era Colombia. Temíamos que se repitiera lo mismo que con Chile. Todos sabíamos que sólo existía un país donde sería posible hacer el intercambio: México. 

Si ustedes mataron a Colosio, pueden con lo que sea, me instó el agente. 

Modificamos el tour. Viajaríamos a la CDMX antes de lo previsto. Según el agente de la Interpol era el país donde Macca se sentía más inseguro que en ningún sitio. Porque aquí había nacido. Y el regreso a las raíces pone nervioso a cualquiera. 

Conforme el avión comenzó a descender sobre la Ciudad de México noté que Macca había comenzado a sudar.

¿Nooooo? ¿Estará pujando? pensé.
Lo había invadido un cierto nerviosismo. Nunca antes lo había visto intranquilizarse ante nada. Ni siquiera por la amenaza de ser reemplazado a la mala.

Una limo condujo a Macca al St. Regis. Sus músicos lo escoltamos en un autobús. Por primera vez en toda la gira me hospedaron en el mismo hotel que a la banda. Macca realizó el check-in más rápido del oeste que yo haya atestiguado y corrió a ocultarse en su habitación. Era la primera vez que llegábamos a una plaza con tanta anticipación. México me pateó. Pisar ese suelo me removió las tripas y me despertó una nostalgia inmensa. Quería salir corriendo a chingarme unos tacos de tripa a la calle de Bolívar. Pero me contuve. Monté guardia convencido de que si Macca era mexicano como constaba en el expediente tenía que mantenerme tras la pista.

Al anochecer Macca no bajó a departir y bromear con la banda como acostumbraba. Cenó en su cuarto. Era la primera vez que no había ensayo y la subsecuente comilona. Macca era un tipo de rutinas y que la rompiera me estaba a mí dando los elementos para ahora sí armar un caso. Abandoné mi puesto unos segundos para salir a la acera y fumarme un cigarro. Puta qué recuerdos me traía ver la que fuera mi ciudad. Qué ganas de caerle a Juan de sorpresa en Coyoacán.

Dormí en un sillón de la recepción. Cuando me disponía a subir a mi habitación a pegarme un baño apareció Macca con su séquito. Subieron a un Hummer. Mi celular vibró.

Jugos y licuados Dr. Pooh, respondí.

El objetivo está en movimiento, me sopló el agente con su español cucho. No lo pierda de vista.

Macca había escapado de la burbuja y me habían dado luz verde para eliminarlo. Ya le estaban cambiando las sabanas al nuevo repuesto. Los fabricaban como si fueran conejos de chocolate.

Ay, Paulcito, me dije, pa mí que te diriges hacia otra muerte.

Abordé un taxi.

Sígalo, pero búllale, le ordené al chofer.

Cuarenta y cinco minutos después se detuvieron frente a
un negocio de cámaras hiperbáricas. Macca se encadenó a una. Me interné en el negocio por la puerta trasera. Saqué mi 38 de la sobaquera. Estampé la pata contra una puerta al estilo judacho. Como estaba abierta me fui de hocico hacia el interior. Y moles. Me desmayaron de un chingadazo.

 

You lost him?

Lo perdí, lo perdí.

Eres un pendejo, Dr. Pooh, me dijo el agente de la Interpol con un español cristalino.

Tras el incidente, Macca volvió a procurarse su anillo de seguridad. Con esto les digo todo. Era más fácil acercarse a Alejandro Jodorowski en público que burlar ese cerco.

La cagaste Dr. Pooh, la cagaste, me repetía el agente de Interpol. No volverá a cometer error alguno.

Lo hará. Lo sé, dije tratando de consolarlo.

Al día siguiente hicimos la prueba de sonido. El Estadio Azteca estaba idéntico. Justo como lo había visitado la última vez antes de partir a Inglaterra.

Tonight’s the night, decía el mensaje del agente de la Interpol.

Entendía que era nuestra última oportunidad. La gira se suspendería unos meses para volver a Europa. Y era el tiempo que el Macca falso necesitaba para echar delante el tráiler de abogados con el que pensaba pelear la marca Paul McCartney.

Bueno y por qué no le damos un plomazo y ya, pregunté al agente.

Are you retarded?

Tenía razón pinche inglesito. Todo lo quiero arreglar a la mexicana. Pero me parecía lo más coherente. Si Macca ha vuelto de la muerte tantas veces qué más da. Lo resucitamos las ocasiones que ocupemos.

La noche de la operación llegó. El sur de la ciudad se fue congestionando por el tráfico de los rucos que asistirían al show.

A dónde vas, me preguntó Abe Laboriel Jr. al verme rumbo a la salida. Nada que vas a revender boletos, eh, cabrón. Te estoy guachando.

Me mortificaban los nervios. Necesitaba ver la calle. Ahí
de pie me pregunté si no estaría muy viejo ya para todo eso, dirigir misiones de contraespionaje y tocar los teclados con Paul McCartney. Me dieron ganas de largarme. De dejar tirado el rancho. Al cabo que me encontraban pura madre. Mucho pinche servicio de inteligencia pero en la Ciudad de México no me apañarían ni en diez años. Pero me quedé por los fans. Ellos merecían tener la música de Macca eternamente. No permitiría que ningún doble acabara con el sueño.

Antes de salir al escenario, un tanto melancólico, me dirigí a la carpa donde estaban los alimentos para la banda. Pasé por afuera del camerino de Macca y decidí echar un vistazo. Estaba vacío. Me colé y me oculté detrás de un biombo. Segundos después ingresó Macca a cambiarse de camisa. Y entonces el misterio se reveló. Le vi el torso desnudo. Tenía la espalda totalmente cubierta por un tatuaje. Era la imagen de San Judas Tadeo, santo patrono de las causas difíciles. Y en el pecho una charra como la de Danny Trejo. Lo sabía.

Te tengo, me dije.

Me aproximé a él, tomé su muñeca izquierda, se la doblé hacía atrás y le coloqué las esposas.

Estás arrestado, le dije. Agente Dr. Pooh, servicios especiales.

But why?

Por evasión de impuestos más lo que se acumule en la semana.
Arrastré a Macca hasta el tráiler señalado como base de nuestra operación. Los cadeneros esos, que dizque agentes, nos abrieron la puerta y subimos por la misma pinche escalerita rascuache de madera. Una vez dentro los dos Pauls se enfrentaron.
Oh no, you, le dijo el fake Macca a la cabeza.

Un agente lo sometió con un cachazo en la nuca y se lo llevó tras bambalinas. En ese momento se escuchó un alarido multitudinario. El remplazo de Macca, un nuevo Paul McCartney recién salido de su empaque había salido al escenario.

Eh, dije, tengo que subir a tocar.

Pero uno de los guardias me impidió el paso.

Qué te pasa, pelado éste, le espeté. La banda me
necesita.

Tú no necesario no more, me contestó el igualado.

Entonces apareció el agente de la Interpol. Con su arma
apuntó al otro agente.

You let him go, le ordenó.

It’s none of your business.

No te hagas pendejo, el trato era que Dr. Pooh conservaría su vida.

Luego dirigiéndose a mí, pélate. Estamos rodeados. Te quieren chingar.

Achingá, pero a mí por qué. Yo soy el héroe de la película, papá, le dije.

Again? Really? ¿Te lo tengo qué explicar? No quieren testigos. Nadie que sepa que la persona que está allá afuera es un Paul postizo. Que el verdadero genio está en un jarrón transparente. Corre, Dr. Pooh. Desaparece.

Y desaparecí.

Y tal como lo dije, en la Ciudad de México nadie me pudo encontrar.

 

Meses más tarde el agente de la Interpol, no supe cómo, me localizó. Pero no para matarme o para reclutarme en otra misión. Ni siquiera apareció ante mí. Sólo me dejó un obsequio en la vecindad del Centro Histórico donde vivía. La portera me lo entregó. Era una caja. Incluía una nota.

Para Dr. Pooh, el mejor pianista de bar.

Subí a mi cuartucho con el regalo. Era una pecera con la cabeza del fake Paul. Pero no hablaba ni componía canciones.

Sólo era un souvenir. Como esos adornos navideños que tienen una casita y agua con pedacitos de escarcha que simula ser nieve y que si agitas parece que está nevando dentro. El resto de la tarde me dediqué a ver una serie por televisión. A las siete de la noche salí abrazado de mi obsequio. Caminé por el eje 1 hasta entrar al Buldócer. Una cantinucha de mala muerte donde oficiaba de piano man. Después de cada actuación pasaba una copa vacía y recolectaba la gratitud del respetable. Coloqué la pecera sobre el piano y me arranqué con «Tiny Dancer». Un catarrín se aproximó hasta la pecera e incrédulo preguntó:

¿Es Paul McCartney?

Interrumpí lo que estaba tocando y canté unos primeros versos de «Live and Let Die».

«When you were young and your heart / Was an open book / You used to say live and let live / (You know you did) / (You know you did) / (You know you did) // But if this ever changin’ world / In which we live in / Makes you give in and cry/ Say live and let die /Live and let die».

Y ahora, continué, les voy a contar del día en que vi a Paul McCartney comerse un totopo.

 

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