junio 27, 2020

Mis confesiones

¡Ser es resistir!
Por zemmoa

Nací con dos lunares en la cara. Con un nombre de hombre, y otro de mujer. Soy de la casa de los libra, pero mis lunares nunca han estado equilibrados. Soy artista por la pura necesidad de calmar mi nostalgia. He escrito varios cuadernos Scribe de 100 hojas, que guardan canciones, amores y una terrible batalla con mi caligrafía que se traza desesperadamente en garabatos y gritos. En el límite de mi memoria y mis recuerdos, siempre he sido mujer. Aunque he tenido muchísimas entrevistas donde me cuestionan: “¿Desde cuándo y por qué?», “¿cómo empezaste?». Dando por hecho que fui una cosa antes que otra. Y enfocándose sobre todo en la cosa que en realidad no soy, ni nunca fui.

No sabía lo que significaba el cuerpo en que nací hasta que me enfrenté a las formas de ser. A mis ocho años, mi primer amor ya estaba prohibido. Desde entonces tengo que aceptar que las cosas son diferentes para las mujeres como yo. Mis padres también han sido víctimas del mundo y de sus castigos tan fatales, construyéndose con estigmas y prejuicios. Crecí con un letrero que decía: “Este cajón de maquillaje no te pertenece”. Nos ha costado mucho trabajo entendernos. Pero el amor y el diálogo nos mantiene. Hoy mi madre me dice: “¡Supéralo!”, me pasa la responsabilidad de perdonar y ver la vida desde otra perspectiva. Por mucho que el mundo avance, sigo observando lo mismo. Mi frustración no evoluciona. Mi autoestima está fracturada.

México es el segundo lugar de femicidios en el mundo. Eso permea a todas las mujeres trans. También nos matan metafóricamente. A mí me han matado muchas veces de muchas maneras: me han roto el corazón, me han faltado al respeto, discriminado, sexualizado, metido mano; he sido un experimento, una curiosidad, violentada, insultada, me mienten, matan mi posibilidad de amar, y es por eso que estas líneas las escribe un zombie. Me tatué una mordida de vampiro en el cuello por la idea que congelar mi corazón. Estoy muerta en vida… Me tumbo el rollo, me levanto, le pongo onda, me divierto, sonrío y disfruto mi existir aunque cargo huellas de dolor.

Hay dos frases de Beto, mi psicoanalista, que me zumban como un mosquito: “¿De qué te sirve estar así?», “Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”. No todo es tan terrible y tan negativo como lo escribo, pero estas cosas continuamente pasan. Pareciera que pocos tienen la capacidad de ver nuestra alma. Tanto me lo han reforzado que tengo mi propia vista nublada. Los ojos ven lo que la mente está preparada para entender. Nada de lo que piense la gente de mí me define. Sigo siendo la misma, sigo dando el mismo amor. Siempre hay más que conocer.

Cuando empecé a hacer música, no había redes sociales, la homofobia estaba más afilada. No tenía armas para defenderme frente a una disquera. Me cerraron las puertas. Creé la mía: Zemmporio Records. Encontré refugio en la comunidad y en los que ahora se denominan aliados. Fue hasta mi segundo disco que empecé a ver los avances de esta sociedad respecto al tema. Adoro México, su comida, clima, y a la gente tan simpática. Es un país de ensueño. Tiene su lado blanco en el ying-yang y nos apoya con nuestros tratamientos hormonales, y con nuestro papeleo legal. Tenemos derechos básicos.

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Llegaron a mi vida amigas trans, que aunque filosofemos por horas siempre llegamos a las mismas conclusiones: experiencias similares. Empecé a sentir empatía. Estuve mucho tiempo descubriendo y afrontando las cosas sola. Necesitaba sus puntos de vista para ver mi mundo menos pesimista. Dejé de modificar mis valores para encajar con los demás. Me han hecho sentir que hay ternura. Se nos direcciona al modelo de ser mujer. Por fin hay quienes se revelan a esas posturas y se dejan los bellos, no se maquillan, viven más cómodas siendo ejemplo para nuevas generaciones. La diversidad está en todas las comunidades. Marchamos porque hemos vivido acosadas. Los hombres no lo terminan de entender porque cuando las mujeres salimos a la calle con alguno, otros hombres no nos miran del mismo modo como si estuviéramos solas. Andamos acompañadas de su pertenencia. Cuando estamos solas andamos acompañadas del dominio público.

Hace poco un chico me condicionó usar minifalda para vernos. Llevar, lo que las mujeres trans conocemos como “pasable”, al extremo de lo pasable. ¿Pasar? ¿Cómo si no se nos notara? ¡Qué ideas tan estúpidas! y así hemos crecido. Ir a la playa siendo una mujer trans es muy acomplejante. Mi navegación en el amor ha naufragado por diferentes puertos. Tratando de no ser yo quien repita los patrones; dando siempre los mismos resultados. El patrón no lo pone mi inconsciente. He salido con gays que me utilizan como un accesorio estrafalario, un trofeo. Incluso he tratado de ser masculina. Con mis amigas trans desenredamos el arquetipo: homosexuales que se nos acercan para verse-sentirse varoniles y deseables entre otros gays. Se las dan de heterosexuales. Sólo somos parte del performance. Nos han buscado casados, solteros-curiosos que después nos bloquean y eliminan de sus redes. Mucho pervertido. No nos toman en serio.

Actualmente estoy enamorada de un hombre inalcanzable. Que seguramente hablar de mí lo refiere a una experiencia gay. Y aunque no sea su intención, inconscientemente, una vez más me desvirtualiza el mérito de ser mujer. Pierdo con todo este amor que le ofrendo. Besos que quién sabe si sucedan por muy suave que esté mi piel. Somos amigos, o estoy aprendiendo a serlo como lo he sido de todos los demás amores platónicos que he tenido en mi vida. Nos queremos. Yo lo quiero más obviamente. Él, más que él mismo, representa la bola de nieve que me recuerda al primer amor. He crecido traumada. Aferrada que me digan te valoro, te admiro, te quiero. Pero si de alguna manera alguien lo dice, no le creo.

Me gusta pensar que todos somos pansexuales, y que lo demás es cultural. Que todos de cierto modo somos un poquito trans. Cambiamos de cuerpo, vamos al gym, nos hacemos cirugías, nos arreglamos los dientes… Como dice RuPaul: “Naces y lo demás es drag”.

Poco a poco vamos entendiendo las sincronías de la vida.

Escribo todo esto porque afuera debe de haber una persona que le haga sentido lo que digo. Tengo la oportunidad de llevar un mensaje de esperanza. Soy poeta de la esperanza. Quizá puedo abrir una puerta, o por lo menos golpearla. Tal vez alguien ve en mí lo que yo vi en el Acertijo, la Sirenita y en el Zorro. Porque a pesar de que me ha sido muy difícil existir en este cuerpo, aquí sigo de pie frente a los militares en calzones. Desfilando con una bandera. Encuerada en el zócalo en domingo. Porque soy libre. Soy lo que creo. Por mí y por todas las personas como yo. Una herida no es necesariamente tuya, pero tu sanación sí. Me lo repito a ver si al fin lo comprendo.

Llevo más de 10 años siendo una show girl. Durante mucho tiempo me sentí cabizbaja cuando no me incluían como parte del espectáculo para concluir las marchas LGBT. Casi siempre la oportunidad se la llevan personas que ni son parte de la comunidad y ni hacen nada por ella. Canté en el 2012 una canción y muy temprano. El año pasado un poco más de una canción. Por fin este año me invitan con mi show, que incluye personas maravillosas, a un mejor horario. Y no sólo me invitan sino que soy parte del comité organizador. Ahora sí me siento parte del movimiento en México, aunque siempre lo he sido. Mi lucha no ha sido en vano. Estoy segura que he cambiado algunas mentes. Soy valiente. De todos los shows que he hecho a lo largo de mi carrera, parece que será la segunda vez que mis padres vendrán a verme cantar.

Quiero mandar un mensaje que realmente sea de amor. El que siempre he mandado y varios nos lo hemos tatuado: ¡Nada nos va a vencer!

¡Ser es resistir!

C’est moi, Zemmoa.

Porque simplemente soy yo.

En este articulo:
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