octubre 14, 2020

López no entiende de dinero

El Presidente López es un hombre brillante. Lo digo en serio, sin burla. Es inteligentísimo. Es, quizás, de los hombres más listos que han ocupado la Silla del Águila. Ese es el problema.

Las más de las veces, la inteligencia superior va acompañada de la soberbia. La vida le enseña temprano a la gente inteligente que es capaz de tanto que la va cegando a aquello que no pueden dominar con sus habilidades. Es tanto lo que pueden, tanto lo que saben que lo que no pueden ni saben no les importa. Están tan seguros de sus certezas que se van quedando sin dudas. Así le pasa a López con el dinero. No sabe cómo se genera riqueza, ni cómo se gana, ni cómo se invierte o se ahorra, ni cómo se cuida, se produce, se usa. No lo entiende. Y como no lo entiende, no le importa. Cuando en el debate presumía de que sólo llevaba $200 pesos en la cartera, cuando dice que no tiene bienes ni cuentas de banco ni tarjetas de crédito, lo hace con el orgullo de quién desprecia lo que no sabe, lo que no entiende.

El Presidente cree que el costo de cancelar el aeropuerto de Texcoco fueron los miles de millones que se le deben a los inversionistas, contratistas o trabajadores. Cree que el de “Santa Necia», el Tren Maya y Dos Bocas cuestan los miles de millones que se le están pagando al ejército, las constructoras y sus proveedores. No se da cuenta de que el verdadero costo es la confianza.

Él mira el dinero que había invertido en los fideicomisos públicos y le parece absurdo que no pueda disponer libremente de esos recursos para atender lo que cree que son las necesidades del país. Las razones legales y presupuestales para los fideicomisos le parecen nimiedades técnicas. Quiere romper el círculo de corrupción en la compra de medicinas o en el huachicol de gasolina y manda cerrar la llave. No ve que interrumpir el suministro va a generar escasez y un mercado negro y que, como ha sido dolorosamente evidente en el caso de las medicinas de niños con cáncer, reponer las cadenas de abasto requiere tiempo, esfuerzo, dinero y mucho ingenio.

Confunde la falta de inversión (“austeridad», le llama) con el ahorro. Como no sabe hacer cálculos y proyecciones a futuro, no comprende el efecto multiplicador del dinero invertido en proyectos productivos y desconfía del crédito. ¿Qué tal que mañana no le alcanza para pagar? Eso sin hablar de sus convicciones religiosas que ven el interés como usura y pecado. Se acuerda de sus juventudes en Tabasco y los años de gloria de Pemex y cree que el petróleo sigue siendo oro negro y que Pemex debe ser el motor de desarrollo del país. El costo hundido en plantas de energía de la CFE le parece un desperdicio indigno. La cascada de retornos en disminución (cuando las utilidades cada vez son menores) en relación con la inversión y el costo de oportunidad y del dinero le parece ciencia arcana tecnócrata.

Él hace sus cuentas –lo imagino en su escritorio con una calculadora Casio de las de rollo de papel, un cuaderno y un lápiz corto con la punta chata– y cree que le alcanza. Alcanza para becar “ninis», aunque no produzcan; para echar a andar una refinería, aunque tengamos otras a menos de la mitad de su capacidad; para hacer un tren maya de pasajeros, aunque no haya mercado; para meter y meter y meter dinero a Pemex aunque sea un hoyo negro sin fondo. Alcanza y, si no llegara a alcanzar, ahí están los empresarios para que abran sus carteras, saquen más dinero, paguen más impuestos y mantengan al país. Es en esto último, en su idea de los empresarios, en donde más se nota y donde más daño hace que el Presidente no entienda de dinero.

Él, que no ha producido un sólo peso, que no ha generado nada de riqueza en su vida, cree que los empresarios son esa caricatura dibujada por El Fisgón: cerdos vestidos de frac, chaleco de seda negra y monóculo en el ojo, sentado sobre una caja fuerte llena de dinero fumando un cigarro mientras el pobre lo mira con angustia.

López cree que todos los empresarios son los ricos multimillonarios con los que ahora se rodea: Salinas Pliego, Cabal Peniche, su compadre Miguel Rincón, Carlos Slim, Patricia Armendáriz que quiere la chamba de SHCP, Bernardo Gómez que lo acercó a Kushner y Trump; por mencionar algunos. Cree que los empresarios tienen cajas fuertes y cofres de llenos de dinero mal habido e inagotable. Y no. La verdad es que no.

El 95.4 por ciento de las empresas en México son microempresas; un 3.6 por ciento son pequeñas empresas, y otro 0.8 por ciento de las PyMEs en México está conformado por las medianas empresas. Las PyMEs generan 72% del empleo y 52% del Producto Interno Bruto (PIB) del país. O sea, casi todos los empresarios son pequeños y casi todos los empleados trabajan para una PyME.

Los empresarios en México no tienen fuentes inagotables de recursos, ni cajas secretas llenas de dinero. Se la rifan, por ellos y por los que dependen de ellos. Sin confianza en el país y su futuro, sin reglas claras sobre el manejo de recursos, sin solidaridad, facilidades ni ayuda en estas épocas de vacas flacas, sin condiciones de para generar riqueza cada vez serán más las PyMEs que cierren, los empleos que se pierdan. Cada vez generaremos menos riqueza y seremos un país cada vez más pobre hasta alcanzar la idea que el Presidente tiene de nuestra economía. Y lo peor de todo es que el Presidente ni siquiera entiende que no entiende.

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