Julio 01, 2019

La sanación cósmica de Tame Impala

Cómo un agobiado niño de padres divorciados aceptó a su rockero interno y convirtió a su grupo en una de las bandas jóvenes más grandes del mundo.

POR Jonah Weiner

Kelia Anne para Rolling Stone

En una fatídica noche del otoño pasado en Malibú, Kevin Parker estaba drogado y borracho en una casa rentada con vista al mar, escribiendo música y admirando los feroces vientos de Santa Ana. “Estaba apocalípticamente ventoso”, dice. “Ni siquiera podía estar afuera para fumar mi cigarro”. El autor intelectual de 33 años detrás del exitoso acto de rock psíquico Tame Impala, Parker, tenía un beat haciendo un loop infinito mientras miraba el Pacífico, se dio un toque, bebió un poco de ginebra (o tal vez fue vino; alterna entre los dos como lo dictan sus resacas) y esperó la inspiración. “Me puedo sentar allí con un ritmo durante horas”, dice. “A veces no me llega nada, pero a veces tengo una melodía con la que me obsesiono”. Estaba a la mitad del nuevo álbum de Tame Impala (que probablemente salga este verano), experimentando con lo que él llama estrategias “locas y extrañas” para descubrir nuevos sonidos: recientemente, al no haber podido diseñar una melodía que coincidía con la progresión de un acorde, decidió repetir los acordes mientras dormía, dejando que se filtraran por los altavoces a sus sueños. “Sólo quería ver qué pasaba”, recuerda. “Y podría ser un placebo, pero una hora después de que me desperté, tenía mi melodía”.

 

Esa noche en Malibú, Parker se sumergió en el humo de marihuana y los drones de batería “para escapar de la conciencia de lo que estoy haciendo, porque en mi mente recta y sobria, estoy pensando en la presión”. Parker –quien escribe, interpreta, mezcla y produce casi todos los sonidos en cada lanzamiento de Tame Impala– es propenso a la extrema duda y al pensamiento excesivo, mientras que las canciones que escribe en estados alternos las considera como “mis más puras. Lo más natural y sin ego. Así que esta vez he estado como: ‘A la mierda, dediquémonos a que sea un proceso: noches dopadas donde estoy solo hasta que salga el sol’”.

 

Sin embargo, cuando Parker se despertó al día siguiente, la ciudad estaba en llamas. Era el 9 de noviembre de 2018, y el histórico incendio de Woolsey estaba azotando el extremo noroeste de Los Ángeles, en camino a matar a tres personas y animales no contados; destruyendo aproximadamente mil 500 estructuras y miles de kilómetros de hábitat natural; y causando un estimado de 100 mil millones de pesos en daños a la propiedad. Parker se levantó, aturdido, alrededor de las 10 de la mañana, ante un mensaje preocupado de su manager, que lo llevó a Google a investigar el incendio, lo que envió una “ola de pánico” sobre él. Evacuó sólo con su computadora portátil y su preciado bajo Vintage Hofner: “La única cosa que realmente me importa perder”. Abajo en la autopista de la costa del Pacífico, “podía ver toda la ladera en llamas. Al principio pensé que era algo épico, así que me quedé allí tumbado durante 10 minutos, luego vi que las flamas empezaron a abarrotar las casas de las personas y el cielo comenzó a oscurecerse”. La casa rentada y todo el equipo abandonado de Parker fueron incinerados. “Podría haber sido una historia diferente”, dice, “si no me hubiera despertado cuando lo hice”.

 

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