mayo 24, 2020

La accidental obra maestra de Dylan

Cómo ‘The Basement Tapes’ fueron grabadas, perdidas y, finalmente, lanzadas.

Cierto día a finales de 1967 o principios de 1968, Sally Grossman estaba en casa, muy cerca de Woodstock, cuando Garth Hudson se presentó sin previo aviso. Hudson, el barbudo tecladista de The Hawks, el grupo de apoyo de Bob Dylan, traía una carretilla y encima de ella una gran caja de madera de pino que él mismo había construido. Él mismo había acomodado, al interior de la caja, una gran pila de cintas de carrete. “Estaba llena de cintas”, recuerda Grossman, viuda del manager de Dylan, Albert Grossman. “Y Garth me pidió que cuidara de las cintas, pues él pensaba ausentarse un tiempo”.

Hudson se enfrascó los siguientes meses en la grabación del álbum Music From Big Pink, un hito para The Hawks, que para entonces ya habían cambiado su nombre a The Band. A Grossman le dijo que podía escuchar las cintas, así que ella decidió meter mano en la caja. Lo que escuchó la dejó pasmada. “Material grandioso”, dice.

Algunos de los vecinos de Woodstock que orbitaban alrededor de Dylan experimentaron epifanías de la misma magnitud. Happy Traum –un músico y camarada de Dylan proveniente de la escena folk de Greenwich Village– recuerda una reunión durante la cual Richard Manuel de The Hawks se sentó al piano y comenzó a tocar una espléndida balada: “I Shall Be Released”. Rick Danko, compañero de banda de Manuel, se sumó para crear armonías. “Fue entonces cuando todos guardaron silencio”, dice Traum. “Y enseguida exclamaron, ‘Oh, Dios, ¿qué estás tocando?’”.

Tras el lanzamiento de Blonde on Blonde en mayo de 1966, el artista había pasado un año y medio sin publicar música nueva, toda una vida para el mundillo del pop de los años sesenta. Pero con estos temas, Dylan había renacido. Algunas de las canciones –“I Shall Be Released”, “This Wheel’s on Fire”, “You Ain’t Goin’ Nowhere”– llegarían a convertirse en algunas de las más conocidas de su repertorio, con numerosos artistas haciendo sus propias versiones. Pero más allá de una cautivadora e incompleta recopilación lanzada en 1975, la mayoría jamás fue editada oficialmente. Durante los 47 años que han transcurrido desde la creación de las llamadas Basement Tapes, se ha vuelto unos de los secretos peor guardados del rock: Pirateado, analizado, objeto de toda clase de textos, compartido aquí y allá. “Si algún día alguien decidiera lanzarlo, se convertiría en un clásico”, escribió Jann S. Wenner en Rolling Stone en 1968. La mitología y el atractivo de estas grabaciones se ha llegado, incluso, hasta las más recientes generaciones. “No podía creer lo graciosas y tristes que estas canciones podían ser”, dice Jim James de My Morning Jacket, quien poseía una copia en casete del álbum de 1975.

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Pero, finalmente, estas canciones han salido de la caja. The Basement Tapes Complete constituye la recopilación más extensa y completa de la música creada por Dylan y The Band desde la primavera de 1967 hasta principios de 1968. A lo largo de los seis discos podemos hallar todas las canciones existentes y todas las tomas alternas plasmadas en cinta por el grupo. Junto a los temas originales de Dylan tenemos covers de Johnny Cash, Curtis Mayfield, algo de folk y country, conversaciones entre los músicos, palomazos humorísticos y algo de basura. Esta colección cubre, de una vez por todas, el eslabón perdido entre Blonde on Blonde y el acústico John Wesley Harding de 1967. Además, The Basement Tapes inauguró la industria de la piratería, pero también el movimiento rockero que a finales de los años sesenta proponía un retorno a las raíces. (Un sucesor muy demorado está en camino: Lost on the River: The New Basement Tapes, colección de letras inéditas de aquella época y que ahora han sido musicalizadas por gente como Jim James, Elvis Costello y Marcus Mumford).

El mismo Dylan jamás entendió el entusiasmo suscitado por estas cintas. “En realidad nunca me gustó Basement Tapes«, declaró para Rolling Stone en 1984. Las sesiones fueron muy relajadas. “Grabábamos los temas y luego nos revolcábamos en el suelo, muertos de risa”, comentó el guitarrista Robbie Robertson en 1998. Pero la música grabada en ese sótano no tardaría en transformarse en una de las más increíbles historias del género “artículos extraviados” del rock. El Woodstock de 1967 suponía el sitio idóneo para Dylan. Muchos personajes de la vida bohemia se habían refugiado en ese pueblo, al norte de Nueva York. Un amigo de Dylan, Peter Yarrow, de la agrupación Peter, Paul and Mary –cuyo tema “Blowin’ in the Wind” se había convertido en un súper éxito en 1963– se mudó primero a esta área. Al poco tiempo, Grossman, el manager de Dylan, decidió hacer lo mismo.

Dylan necesitaba escapar. Durante la infame gira mundial de 1966 al lado de The Hawks, las muchedumbres enardecidas lo abuchearon a causa de su nuevo sonido eléctrico. Ese mismo estrés y la popularidad estuvieron a punto de llevarlo a un colapso nervioso. Se drogaba con anfetaminas, en parte para poder cumplir con su itinerario. “Necesito muchos medicamentos para mantener este paso”, le confesó al biógrafo Robert Shelton en 1966. Dylan reconoció la gravedad de su situación durante una entrevista realizada en 1978: “Creo que no hubiera podido seguir mucho más tiempo con ese estilo de vida. El hecho de que esté vivo es un milagro”.

Dylan pasaba parte del tiempo en Woodstock y parte en Nueva York. Ciertos informantes aseguran que se hospedaba en el Hotel Chelsea, pasándola en grande con Robertson, la modelo Edie Sedgwick y algunos integrantes de The Rolling Stones. Esta libertad no duraría mucho: Grossman tenía agendados otros 64 conciertos para  Dylan y The Hawks en 1967. Todo se detuvo en julio de 1966, cuando Dylan trepó en su motocicleta a fin de dar una vuelta. Cuando la llanta trasera se colapsó, Dylan voló y se estrelló contra el suelo.

No existen registros ni de la policía ni del hospital, y ni Grossman ni Columbia, el sello de Dylan, emitieron declaraciones oficiales. Esto condujo a varias especulaciones. Muchos de los músicos que conocían a Dylan tampoco tenían idea de lo que estaba ocurriendo: “Sólo sabíamos lo que la prensa informaba”, dice Roger McGuinn, de The Byrds. Los que sí estaban cerca de Dylan en esos momentos siguen mostrándose evasivos cuando se les pregunta. “Yo no vi nada”, dice Hudson mientras esboza una sonrisa picaresca.

Traum, quien se mudó a Woodstock después del accidente, comenta que “en verdad ocurrió. Y sé que inmediatamente después decidió purificar su vida. Nunca antes había estado tan sobrio”. Robertson se había mudado a Woodstock para brindarle ayuda a Dylan con la edición del documental Eat the Document, pero Manuel y Danko permanecieron en el Hotel Gramercy Park de Nueva York. Eventualmente, The Hawks fueron llamados a Woodstock (aunque el baterista, Levon Helm, prefirió hacer una pausa que duraría hasta el otoño de 1967) a fin de que aparecieran en las escenas adicionales del documental: Se pusieron en marcha y al llegar decidieron hospedarse en un motel local.

Los músicos de apoyo de Dylan eran una banda de veteranos. “No se parecían en nada a Bob”, dice Sally Grossman. “Robbie tuvo que abandonar la escuela. Rick pertenecía a una familia de campesinos. Levon poseía ese sucio ritmo de Arkansas. Eran reales. No tenían que inventar que eran unos tipos al estilo de Woody Guthrie”.

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Con Dylan fuera del circuito de las giras, The Hawks cayeron en la cuenta de que no podían vivir y ensayar en un motel. Danko rentó una casa de tres habitaciones al oeste de Saugerties: Big Pink. La casa permitía ensayos a todo volumen, y The Hawks comenzaron a construir un estudio en la bodega. Originalmente, Dylan había invitado a The Hawks a su casa en Woodstock. Los Dylan vivían en una casa un tanto desgastada con vista a las montañas de Catskills. Pero necesitaban un sitio alejado de la esposa y los hijos de Dylan: Resultaba muy natural gravitar hacia la bodega de Big Pink.

A partir de la primavera de 1967, Dylan comenzó a visitarlos por las tardes, escribiendo letras en el piso de arriba y trabajando en las canciones abajo. (A veces algún Hawk añadía sus propios versos, como en “Tears of Rage”). Las canciones que brotaron muestran a un Dylan más relajado, tanto en voz como en el sentido del humor. Tal y como Traum lo recuerda, “Francamente, en ese momento no lo entendí porque no era nada más que un grupo haciendo bromas. Pero de cuando en cuando puedes escuchar auténticas joyas”. Los arreglos reflejaron otro cambio en Dylan: Cuando el mundo pop buscaba imitar el Sgt. Pepper’s, Dylan, que no hacía mucho se había vuelto públicamente eléctrico, ahora regresaba a sus raíces folk.

Mientras proseguía con los procesos de composición y grabación con The Hawks, Dylan plasmó en cinta otro conjunto de canciones para John Wesley Harding. El disco fue lanzado en diciembre de 1967, precisamente mientras las sesiones que más tarde serían bautizadas como The Basement Tapes comenzaban a amainar.

Muchas de las canciones incluidas en The Basement Tapes fueron creadas con una sola meta en mente: Ingresos extras. Con las giras en suspenso, Dylan necesitaba dinero. Para convencer a otros músicos de que debían grabar las canciones, Albert Grossman y los editores de Dylan se dieron a la tarea de enviarles acetatos de los temas. Hudson hizo una copia de las 14 canciones más accesibles, incluyendo “You Ain’t Goin’ Nowhere”, “This Wheel’s on Fire” y “Million Dollar Bash”. Hudson reservó algunas copias para Johnny Cash y el dúo de bluegrass Flatt y Scruggs; otra fue enviada a Manfred Mann. Mientras grababan Sweetheart of the Rodeo durante la primavera de 1968, The Byrds se sintieron gratamente sorprendidos cuando se les ofreció “You Ain’t Goin’ Nowhere” y “Nothing Was Delivered”.

El secreto de las grabaciones no tardaría en ser revelado. Nueve de las canciones lograron escapar y dar origen al primer disco pirata del rock: Great White Wonder, un álbum doble que hizo acto de aparición en las tiendas hacia el verano de 1969. El origen exacto sigue siendo un misterio. Los discos pirata fueron posiblemente el resultado de los acetatos enviados por los editores, pero Michael Bruce, antiguo guitarrista de Alice Cooper, ha comentado que los managers de su banda, Joe Greenberg y Shep Gordon, se hicieron de las cintas a través de un contacto en Columbia y luego las utilizaron para hacer un poco de dinero extra. “Cuando los piratas salieron a la luz todo mundo se mostró muy tenso”, declaró Robertson a Rolling Stone en 1998. “Como si alguien se hubiera adueñado de tu diario”.

 

En 1975, una porción de las cintas fue lanzada oficialmente, y Robertson y el ingeniero Rob Fraboni metieron mano en las cintas. The Band grabó nuevas versiones de “Ain’t No More Cane”, “Bessie Smith” y “Don’t Ya Tell Henry”. Fraboni aún se siente a disgusto porque el empaque de los discos no indica por ningún lado que dichas grabaciones no fueron realizadas en 1967. “Es una mentira descarada”, dice.

La versión 1975 de The Basement Tapes logró situarse en el número siete de las listas de popularidad. A lo largo de los años, una cuantas canciones más fueron incluidas en las colecciones oficiales de Dylan. Pero gracias a la piratería, los coleccionistas y los Dylanófilos sabían que había mucho más: ¿Dónde estaba la belleza logarítmica de “I’m Not There”? ¿Dónde la proto punk “Out of Control”? ¿Qué más había y cuándo podrían escucharlo todo?

El trayecto que condujo al lanzamiento de The Basement Tapes comenzó en los años noventa. Jan Haust, un archivista y productor musical, estaba en busca de algunas grabaciones previas a Big Pink para una compilación de The Hawks. A sabiendas de que Hudson poseía una colección privada de recuerdos –cintas, partituras, discos de oro y fotografías–, Haust contactó al tecladista, y se volvieron buenos amigos.

En 2003, Hudson le mostró a Haust casi 40 cintas; las había almacenado en Los Ángeles, en donde vivió de 1973 a 1994. Le ofreció el alijo de cintas al archivista por una cantidad no divulgada; una fuente señala que fueron 30 mil dólares aproximadamente, pero Haust se niega a hacer comentarios y ni siquiera acepta del todo la presunta venta. “Llegué a un acuerdo con Garth Hudson, dejémoslo así”, dice. Se creó un acuerdo a finales de 2011, luego de que las oficinas de Dylan aprobaran el proyecto.

Poco después, Haust y el ingeniero Peter Moore comenzaron a digitalizar las cintas en Toronto. Los carretes originales estaban en buenas condiciones, pero las cintas mostraban porciones oscurecidas. Aunque la mayoría de las cajas mostraban anotaciones, los nombres de las canciones, las fechas y el listado del personal brillaban por su ausencia. Para agudizar la exasperación, alguien había regrabado encima de una pequeña porción de las cintas originales. “Nunca sabremos qué había ahí”, dice Haust, suspirando.

Pero Haust y Moore descubrieron un final inédito de la desenfrenada “Baby, Won’t You Be My Baby”. Una caja mostraba una lista de rarezas, entre ellas una versión Dylan-Hawks de “Blowin’ in the Wind”, pero la cinta no estaba. Por suerte, fue hallada en la oficina de Dylan. “Sonaba maravillosamente”, dice Hudson. Asegura que aún existen otras piezas inéditas, entre ellas una “muy risueña” canción de The Band, dividida en dos partes. A pesar de estos cabos sueltos, The Basement Tapes Complete constituye el fin de una era, tanto para una de las grandes reliquias del rock como para el mismo Hudson.

Escucha aquí el lanzamiento original de The Basement Tapes de 1975:

 

 

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