octubre 5, 2020

El Steve Jobs que nadie conoció

Cómo un joven ‘hippie’ se reinventó como un visionario de la tecnología y cambió el mundo.

Extraído de RS102, noviembre de 2011

Cuando conocí a Steve Jobs, pensé que era un loser. El año era 1980 y yo era sólo un chavo de Silicon Valley que no sabía nada de computadoras. Había conseguido un trabajo en una empresita de computadoras cerca de mi casa llamada Apple porque mi mamá trabajaba ahí. Estaba en lo que parecía un consultorio dental abandonado en Bandley Drive, en Cupertino, a un par de cuadras de donde está la sede central de Apple hoy. Jobs tenía 25 años y lo que yo recuerdo de él es la forma en que caminaba por la oficina gritando y que usaba jeans rajados y cómo todos le tenían miedo. Yo conocía su tipo: inculto, jactancioso, un tipo que se cree mucho. En ese momento, yo no tenía idea lo que significarían las computadoras y que este tipo resultaría ser uno de los mayores visionarios de nuestra era. Para mí, él sólo parecía un hippie perdido, y yo no estaba muy interesado. Después de menos de un año en Apple, me fui para buscar cosas más emocionantes, como jugar blackjack en Lake Tahoe. 

Fue sólo pocos años antes de que yo entendería lo que había dejado atrás. Jobs no sólo convirtió a Apple en la empresa más valuada en el mundo, en un estimado de 342 mil millones de dólares, sino que reescribió las reglas de los negocios, al combinar el idealismo de los años sesenta con el capitalismo que dicta que la avaricia es buena. En un momento en que el software era el modelo, él creó hardware. Cuando todos se concentraban en lo macro, él estaba concentrado en lo micro. Nunca hizo nada primero, pero lo hacía mejor. Más que nada en el planeta, él es responsable por la fusión del reino humano con el digital, por darnos la habilidad de codificar nuestros más profundos deseos y pensamientos más íntimos con el toque de un dedo. “Es el Bob Dylan de las máquinas”, dice Bono, quien conocía a Jobs de años atrás. “Es el Elvis de la dialéctica hardware-software”.

¡Pero a veces podía ser tan imbécil! Quienes conocía a Jobs mejor y trabajaban más de cerca con él –y yo he hablado con cientos de ellos a lo largo de los años– siempre se sorprendían con su personalidad brusca, su brutalidad que distaba de disculparse. Gritaba, lloraba, pataleaba. tenía una forma cruelmente casual de llevar a los empleados a un punto casi de quiebre y hacerlos a un lado; pocas personas llegaban a querer regresar a trabajar para él. Cuando adoptó a una hija con su pareja Chris­Ann Brennan a los 23 años, no sólo negaba su paternidad, puso a Brennan por los suelos en público, al decirle a Time en 1983 que “28% de la población masculina de EE UU podría ser el padre”. Su lado kinder emergería apenas unos años después, luego de haber sido basureado, golpeado y humillado por la vida. Creció pobre, un hijo adoptado que se sintió rechazado por sus padres biológicos, sintiéndose patético y burlado y fuera de lugar y fue muy inseguro la mayor parte de su vida, seguro de que no duraría mucho. 

“Steve siempre tuvo ese aire de James Dean, de vivir con desenfreno”, dice Steve Capps, uno de los principales programadores de la primera Macintosh de Apple. Mientras trabajaban hasta muy entrada la noche para diseñar y armar el dispositivo que revolucionaría la computación personal, Jobs hablaba mucho sobre la muerte. “Era un poco morboso”, recuerda Capps. “Solía decir, ‘No quiero llegar a los 50 años’ ”. Brennan recuerda a Jobs haciendo comentarios similares cuando tenía sólo 17 años. “Steve siempre creía que iba a morir joven”, dice Brennan. “Yo creo que es parte de lo que le dio a su vida ese sentido de la urgencia. Nunca esperó vivir más de 45 años”. 

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En 2005, no mucho después de que le diagnosticaran el cáncer que a la larga lo mataría, Jobs dio un discurso ya famoso en la Universidad de Stanford, en el que llamaba a la muerte “posiblemente el mejor invento de la vida, ,uno que “despeja lo viejo para dar lugar a lo nuevo”. Quizás era de esperarse que Jobs, el arquetipo del inventor moderno, viera a la muerte en esos términos –como si la vida misma fuera una idea armada por una versión más grande y poderosa de si mismo en alguna cochera en el cielo–. Pero si la muerte es el mejor invento de la vida, el mejor invento de Steve Jobs no fue el iPod ni el iPhone ni el iPad. Fue Steve Jobs. Antes de que pudiera alterar el paisaje del mundo como lo encontró, primero tenía que diseñar y armar el Jobs que el mundo llegaría a idolatrar. “Steve era una persona superficial y narcisista que se desarrolló emocionalmente sobre la marcha”, dice John Perry Barlow, un pionero digital y ex letrista de Grateful Dead que conoció a Jobs por varias décadas. “Creó mucho hardware buenísimo, pero con los años, también se iba inventando a si mismo”.

Jobs nació para la inseguridad. Su mamá, Joanne Schieble, estudiaba su posgrado en la Universidad de Wisconsin, cuando se involucró con un estudiante sirio llamado Abdulfattah Jandali. Cuando Schieble se enteró que estaba embarazada, su padre se negaba a que ella se casara con un sirio. “Sin decirme, Joanne se fue sin aviso a San Francisco para tener al bebé sin que nadie supiera, ni yo”, le dijo más adelante Jandali a un reportero. “No quería traer vergüenza a la familia y pensó quería lo mejor para todos”.

Steven Paul Jobs nació el 24 de febrero de 1955. Schieble dio su hijo a Paul y Clara Jobs, una pareja de clase trabajadora en San Francisco. Paul, quien abandonó la prepa y creció en una granja en Wisconsin, se ganaba la vida como cobrador de deudas, ejecutor hipotecario y maquinista. Clara trabajaba en la ventanilla de nóminas de Varian Associates, una de las primeras empresas de alta tecnología en Silicon Valley. No era lo que Schieble quería para su hijo, le dejó algo antes de irse. Como la primera en ir a la universidad de su familia, Schieble creía en el valor de la educación: antes de que ella firmara los papeles de adopción, hizo prometer a Paul y Clara que enviarían a su hijo a la universidad.

Desde el principio, Jobs era un joven temperamental. Metía agujas a un enchufe y se quemó la mano. Le tuvieron que limpiar el estómago luego de que tomara veneno para hormigas. Se despertaba temprano, por lo que sus papás le regalaron un caballito mecedor, un gramófono y unos discos de Little Richard para que se entretuviera. “Era un niño tal difícil”, su madre le diría más adelante a Brennan, “que para cuando cumplió dos años, yo sentí que había sido un error y quería devolverlo”. Como muchos otros padres de la época, Paul y Clara no tardaron en dejar al niño frente a una tecnología relativamente nueva llamada televisión, donde se devoraba todo, desde Dobie Gillis I Love Lucy hasta Jonny Quest

Cuando Jobs tenía tres años, Paul trasladó a la familia de San Francisco a Mountain View, un pueblo poco sofisticado de fraccionamientos y  hortalizas, al sur de Palo Alto. Resultó ser una movida fortuita que dejaba al joven Steve justo en medio de la cultura de ingeniería que empezaba a florecer en Silicon Valley. No es que la familia Jobs tuviera mucha conexión con ella. Paul trataba de arreglar coches viejos y de incursionar en bienes raíces, pero el dinero siempre parecía eludirlo. En cuarto grado, el maestro de Steve, Imogene Hill, le preguntó a la clase, “¿Qué es lo que no entienden en el universo?”. Cuando le tocó a Steve contestar, su respuesta era desgarradora: “No entiendo por qué de repente somos tan pobres”.

Jobs era muy rejego y distraído para ser un gran estudiante. Pero Hill lo salvó del ausentismo escolar y la delincuencia. “Ella fue uno de los santos en mi vida”, él recordaría luego. “Daba una clase avanzada de cuarto año, y le llevó cerca de un mes ponerse al tanto de mi situación. Me sobornó para que aprendiera”. Hill le pagaba a Steve billetes de cinco dólares de su bolsillo para que hiciera su tarea y leyera. Alentado por la confianza que ella le tenía, se saltó el quinto grado y fue directo a la secundaria Crittenden. Era un lugar difícil para un chavo flaquito y menudito que nunca había sido muy atlético. Los otros niños se burlaban de él por su adopción. “¿Qué pasó?” le decían. “¿Tu mamá no te quería?”. Años después, al recordar las burlas, su novia ChrisAnn recuerda, “el dolor del momento seguía en su cara”. 

A sus 11 años, Jobs le anunció a sus padres que no volvería a Crittenden. Pero en lugar de decirle que se aguantara, Paul y Clara mudaron la familia a Los Altos, un pueblo más pudiente a pocos kilómetros, con una mejor escuela. Fue en esos años que Silicon Valley pasó a ser lo que lo que es hoy. Las hortalizas que antes cubrían el valle habían sido removidos hacía poco, y había un sentido de que se creaba otro mundo, una creencia de que uno podía crearse su propio futuro. No habían tradiciones acartonadas ni bagaje cultural. Podías ser quien quisieras o lo que quisieras. 

Jobs lo recordaba como un lugar en el que todos trabajaban en sus cocheras, armando sus propias teles y estéreos con kits que compraban por correo, llamados Heathkits. “Esos Heathkits venían con manuales detallados sobre cómo armar esta cosa y todas las piezas venían acomodadas de cierta forma y con códigos de colores”, dijo. “Uno mismo armaba esta cosa. Te hacía entender cómo estaba hecho un producto terminado y cómo funcionaba. Pero quizá más importante es que te hacía sentir que podías armar las cosas que veías a tu alrededor en el universo. Veías una tele y pensabas, ‘todavía no armo una de esas, pero podría’. Te daba una cantidad tremenda de confianza en ti mismo”. 

Cuando Jobs tenía 14 años, un vecino le presentó a un chavo más grande llamado Steve Wozniak, que estaba armando un pequeño tablero que llamaba la Computadora Cream Soda. “Normalmente me parecía muy difícil explicarle a la gente las cosas de diseño en las que yo trabajaba”, recordaba Wozniak más adelante. “Pero Steve le entendió enseguida. Y me agradó. Era todo flaco y energético”. 

Wozniak, cinco años mayor que Jobs, era un geek: grande, socialmente raro, obsesionado con la electrónica, un genio para ver cómo conectar cables y hacer bailar a las máquinas. Jobs nunca fue tan técnicamente sofisticado, pero sabía lo suficiente para quedar fascinado. Woz y él se juntaban como lo hacían los chavos, perdiendo el tiempo y haciendo bromas; una vez colgaron un enorme dedo medio del edificio de la escuela, que fabricaron con sábanas con teñido anudado. Pero pronto adoptaron un pasatiempo que apenas si tenía nombre en esos días: phreaking de teléfonos, una de las primeras formas de hackear. Luego de leer un artículo en Esquire, Wozniak y Jobs encontraron la forma de armar pequeñas cajas azules que imitaban los tonos usados por operadores telefónicos –que permitían a los usuarios hacer llamadas a larga distancia a diestra y siniestra–. Según la leyenda, Wozniak usó una caja azul para llamar al Vaticano, puso acento alemán y se identificó como Henry Kissinger y pidió para hablar con el Papa.

Otros chavos la habrían dejado en eso – un divertido juguete para impresionar a los amigos con bromas tontas. Pero incluso en ese momento, Jobs vio el potencial comercial en la tecnología. Junto con Woz, vendió las cajas entre estudiantes del campus de Berkeley de la Universidad de California, y juntaron un buen dinerito antes de renunciar, por miedo de que los cacharan. Fue de las primeras pruebas a su espíritu empresarial. Jobs dijo más adelante que sin las cajas azules, no existiría Apple.

La historia del nacimiento de Apple es tan conocida que prácticamente la podría recitar un estudiante de primaria: al club de informática Homebrew, Jobs y Wozniak armando la primera computadora en la cochera de sus padres, cómo nombraron a la empresa por una granja de manzanas en Oregon que Jobs visitó brevemente cuando volvió de la India. Es toda una leyenda en Silicon Valley.

En Apple, la división laboral estaba clara: Wozniak era el cerebro técnico, Jobs era quien hacía las ventas. Jobs forzó a Woz a terminar sus proyectos y consiguió las partes necesarias a precios mínimos; luego dijo que aprendió a negociar viendo a su papá regatear partes de coches en deshuesaderos. Desde el principio, fue Jobs quien tenía la imaginación para ver que había un negocio posible con las computadoras personales. En cierta manera, fue una medida desesperada: estaba en la quiebra y necesitaba el dinero. De otras maneras, era la extensión del impulso del Heathkit que reinó en Silicon Valley en esos días: podías armarlo todo, incluyendo tu propia empresa. 

Para Jobs, el modelo de un inicio exitoso fue Atari, la empresa de videojuegos en la que él trabajó para juntar dinero para su viaje a la India. Pero Jobs fusionó el espíritu empresarial de dinero rápido de Atari con una búsqueda sesentera de iluminación. Larry Brilliant, que conoció a Jobs en la India y después dirigió una serie de empresas filantrópicas en Valley, recuerda haberle preguntado a Jobs por qué un tipo idealista como él empezaría una empresa con fines de lucro. “¿Recuerdas que en los años sesenta la gente levantaba el puño y gritaba, ‘Power to the people’?”, le dijo Jobs. “Pues es lo que estoy haciendo con Apple. Al armar computadoras personales baratas y poner una en cada escritorio, en cada mano, le estoy dando poder a la gente. Van a tener acceso a la información. Y esto va a inspirar mucho más cambio que cualquier otra empresa sin fines de lucro”. 

Quedará como pregunta abierta la cuestión de qué tanto Jobs creía su retórica grandilocuente y hasta qué punto era una estrategia de marketing. Como sea, su fusión de idealismo y tecnología era perfecta para los tiempos que transcurrían: Apple despegó. Jobs, a sus 24 años, valía 10 millones de dólares y un año después, más de 100 millones.

En Apple, Jobs demostró una rebeldía que rayaba en lo autodestructivo. Entrada la década de los años ochenta, la empresa adquirió tal tamaño que Jobs ya no podía controlar cada aspecto de ella, y la popular Apple II ya había seguido su curso. Después de ver un prototipo de íconos de mouse y escritorio en una visita a Xerox PARC, un centro de investigación en la cercana ciudad de Palo Alto, Jobs salió convencido de que todas las computadoras algún día operarían sobre un modelo tal. Pero no pudo convencer a los altos gerentes de Apple, por lo que secuestró a un equipo que trabajaba en otro proyecto, tomó las mejores ideas de Xerox y otros lugares, y agregó otras propias. El resultado fue un equipo renegado en Apple, escondido en un edificio fuera del campus principal, al que se le asignó crear la primera Macintosh. 

El dictamen que Jobs dio al equipo de Macintosh era sencillo: armen la máquina más cool que puedan. Parecía que cada día había una crisis nueva: la unidad de disco no funcionaba, el software estaba mal. A pesar de todo, Jobs hacía trabajar duro al equipo de ocho programadores, día y noche por varios meses seguidos. “Uno trabajaba sobre algo toda la noche él lo veía por la mañana y decía, ‘está horrible’ ”, recuerda Capps, el programador de Mac. “Quería que lo defendieras. Si podías, hacías tu trabajo y Steve te respetaba. Si no, te destrozaba”. Llevado por sus propios demonios, Jobs se volvió legendario por su habilidad de humillar a los demás. “Steve tiene las mejores y peores cualidades de un ser humano, al mismo tiempo”, dijo Andy Hertzfeld, otro programador clave en el equipo de Mac. “Tiene las dos cosas, simultáneamente, viviendo juntitas una y la otra”. 

El lanzamiento de la nueva computadora, con el icónico comercial de 1984 que posicionaba a la Mac como herramienta de liberación, le dio al mundo un primer vistazo de Jobs como director de un espectáculo. La máquina misma se convirtió en todo un éxito, vendiendo más de un millón de unidades y transformando la industria de las computadoras, pero Jobs podía controlar cada vez menos la empresa que había creado. Sus instintos seguían siendo los de un adolescente –pero como descubrió pronto, no puedes dirigir una empresa de Fortune 500 como una banda de rock formada con amigos–. Jobs reclutó a John Sculley, el CEO de Pepsi, para que echara una mano, pero se demostró incapaz de compartir el poder con el ejecutivo más experimentado. Los dos chocaban constantemente. Obligada a elegir entre el pelirrojo rebelde y el adulto equitativo, la mesa directiva de Apple echó a Jobs por la borda. “A mis 30 años, quedaba fuera”, recordaría después. “Y de forma muy pública. Lo que había sido el enfoque de toda mi vida adulta, ya no estaba. Y era devastador”.

Jobs estaba muy herido por su destitución de Apple. El principal trauma de su vida, después de todo, fue el haber sido dado en adopción por sus padres, y ahora se veía expulsado de su segunda familia: la empresa que fundó. Un amigo cercano de Jobs una vez me especuló que el impulso de Steve vino de un deseo profundo por probar que sus padres se habían equivocado al deshacerse de él. Un deseo, en pocas palabras, de ser querido o, más precisamente, un deseo por demostrar que era alguien al que valía la pena querer. 

Sea cual fuere el impacto psicológico, quedaba claro que Jobs estaba devastado y no sabía qué hacer con su vida. Era joven, guapo, famoso, rico y estaba perdido. Se tomó un tiempo para viajar por Italia y hablar de computadoras personales en la Unión Soviética. también había buscado a su madre biológica y descubrió que tenía una hermana –la escritora Mona Simpson–. La revelación de que tenía una talentosa y artística hermana lo complació infinitamente, y rápidamente se hicieron amigos. A su favor también tenía el hecho de que usó ese tiempo para conectarse con lisa, su hija con ChrisAnn Brennan.

Luego de un año, Jobs tenía un plan que usaría para regresar. Decidió que crearía lo que él llamó “la empresa perfecta”, y sería perfecta hasta el último detalle, desde el elegante logotipo, diseñado por el profesor de pintura de Yale, Paul Rand, hasta la moderna fábrica que produciría supercomuptadoras de escritorio con una velocidad y gracia nunca antes vistas, una maravilla de la fabricación moderna. Incluso el nombre de la empresa emanaba un poco de arrogancia: NeXT. Su éxito sería su venganza para los payasos de Apple que lo habían echado a la calle. Ya iban a ver.

Fue por esa época que mi camino se volvió a cruzar con el de Jobs. Al parecer, mi esposa había conocido a Mona Simpson cuando trabajaba en una revista literaria, y nos contó, bajita la mano, sobre cómo ella aprendió que Jobs era su hermano. Habló de los problemas que Jobs enfrentaba para remodelar su apartamento en San Remo, y cómo él alentó a Mona a que se comprara ropa más cara. Ella estaba orgullosa de él y lo protegía, pero en privado se refería a él como “el Rey Sol”, porque era muy imperioso.

En 1986, cuando la novela de Simpson, Anywhere But Here, fue publicada, el escritor y editor George Plimpton le hizo una fiesta en su apartamento en el Upper East Side. La fiesta estaba llena de literatos neoyorquinos, además de la mamá de Steve y Mona, Joanne. Yo no sabía que Jobs estaría ahí – de hecho, cuando se acercó y se unió a una conversación que yo tenía con otros escritores, ni siquiera lo reconocí. El nerd que vestía mezclilla y que yo conocía en la primera época de Apple ya no estaba: en su elegante traje, con su cabello oscuro perfectamente acicalado, Jobs parecía más un playboy metrosexual que un obseso de la informática. Mientras avanzaba la noche, yo notaba cómo se le acercaban las mujeres, aunque él parecía no notarlo. Lejos de Silicon Valley, donde había pasado toda su vida, parecía un poco inquieto – un hombre al que no le molestaba codearse con los grandes CEOs, pero al que se le trababa la lengua cuando se enfrentaba a alguien tan intimidante como un poeta. 

En NeXT, Jobs produjo con éxito un objeto sorprendentemente distintivo pero que demostró ser demasiado caro para el mercado. Los consumidores que compraban computadoras NeXT todavía se derriten por ellas, y les llaman las máquinas más hermosas jamás construidas –pero en el mundo real, nadie quería pagar 10 mil dólares por una máquina bonita–. Jobs convenció a Ross Perot de invertir 20 millones de dólares en NeXT, pero en pocos años quedó claro que las máquinas de la empresa iban directo a los museos de la informática como artefactos construidos por un hombre obsesivamente perfeccionista que había confundido arte con negocios. 

Silicon Valley se transformaba rápidamente. Un año antes, un programador estrella de la Universidad de Illinois llamado Marc Andreessen había creado el primer navegador de la red, y la revolución de las puntocom estaba por empezar. Había un sentimiento de que había algo a la vista – algo en lo cual Jobs no parecía que fuera a participar. No es que estuviera ajeno a todo: habló un poco de lo que entonces se llamaba “la supercarretera de la información” y notó con astucia que la computadora se estaba transformando de “una herramienta de computación a una herramienta de comunicación.” Pero nada de lo que estaba haciendo en NeXT realmente tenía conexión con la revolución virtual.

Seguía claramente amargado con lo que había sucedido en Apple; y sentía más amargura contra su antiguo némesis Bill Gates, quien, gracias a una ironía cruel, estaba encaminado a ser el hombre más rico del mundo gracias a Windows, el sistema operativo que Microsoft había creado, inspirados en Macintosh. Jobs dijo que Microsoft estaba “completamente perdido” y predijo que su dominación en el mercado –y su sofocante efecto sobre la innovación– como una amenaza para la economía norteamericana. “Desafortunadamente, la gente no se está rebelando contra Microsoft”, me dijo. Cuando le pregunté qué pensaba de que Gates lograra dominar la industria, prácticamente copiando el acercamiento que Jobs había encabezado, dijo bruscamente, “el objetivo no es ser el más rico del cementerio». Al menos no es mi objetivo». Después, cuando le pregunté cuál era su meta en la vida, me dijo, “en el contexto más amplio, mi meta es llegar a la iluminación –como quiera que lo definas–”.

Lo que tenía Jobs es que uno nunca podía predecir cuándo iba a  decir algo hermoso y profundo. Hacia el final de la entrevista, le pregunté qué se sentía caminar por el mundo y ver computadoras Mac por todas partes. “La Macintosh fue como un hermoso romance que uno recuerda haber tenido en la vida –y produjo 10 millones de hijos–”, dijo con nostalgia. “De alguna forma nunca llegará a su final en tu vida. Seguirás oliendo el romance cada mañana cuando te despiertes. Verás a tus hijos por ahí y te hace sentir bien. Y nada de eso te podrá hacer sentir mal”.

Dos cosas ayudaron a Jobs a dar vuelta su vida. Una fue conocer a Laurene Powell, una chica alta de Nueva Jersey que estudiaba un MBA y que lo escuchó hablar en Stanford luego de que lo corrieran de Apple. Se casaron en 1991 en una pequeña ceremonia budista en el parque nacional Yosemite y a la larga tuvieron tres hijos. Los amigos notaron de inmediato cómo la vida en familia hizo madurar a Jobs. 

La otra fue una pequeña empresa llamada Pixar. En 1986, la productora fílmica fundada por George Lucas buscaba descargar tecnología para crear imágenes que permitiría a los usuarios renderizar sus propios gráficos en 3D. Jobs, embelesado por la tecnología, tomó la división por sólo cinco millones de dólares. Tras quedar como CEO, convirtió la división de gráficos en un estudio de animación, hizo un trato de distribución con Disney, y le dio a un genio de la animación en formación, llamado John Lasseter, y a su equipo, la clase de dinero y la licencia poética que nunca les había dado a sus empleados de Apple. El resultado, luego de años de pérdidas, fue Toy Story. En 1995, una semana después del estreno de la película, Pixar salió a la luz pública y Jobs se vio sentado en material que con un valor de 1.1 mil millones de dólares. De repente, Jobs parecía un genio de nuevo.

Mientras tanto, Apple luchaba por su vida. La junta directiva había nombrado una serie de CEOs incompetentes, que hicieron un gran trabajo en llevar la otrora grandiosa empresa a la irrelevancia. Yo pasé mucho tiempo en Apple en 1996, reportando una nota sobre la caída de la empresa para Rolling Stone, y Jobs se pasó horas al teléfono conmigo, dándome su versión de lo que salió mal y por qué. Me dejó claro que se sentía personalmente ofendido de que un tipo tan cuadrado y de mente tan convencional como el CEO Gil Amelio –un veterano de la industria de los semiconductores, que no se parece en nada a la industria de la PC– estuviera a cargo de Apple. Para Jobs era como un padre que veía a su querido hijo en manos de un pederasta. 

Así que Jobs planeó un regreso triunfal. Al igual que muchos de sus mayores logros, era rápido y brutal. Convenció a Amelio y la mesa directiva de que compraran el software de NeXT por 400 millones de dólares y lo usaran como la base del futuro sistema operativo de Apple, que resultó ser OS X. Luego se hizo nombrar “asesor informal” de la empresa. Pronto, Amelio fue desterrado y Jobs estaba a cargo de nuevo. Nombró a una nueva mesa directiva a la que le agradaran sus ideas para una vuelta.

Para Jobs, esta era una apuesta enorme. Apple estaba en un punto en el que revivir la empresa no traía ninguna seguridad. Su estrategia era sencilla. Primero, detuvo la desastrosa decisión de Apple de permitir que otras computadoras clonaran el sistema operativo de Macintosh. Luego, fue humildemente con Bill Gates e hizo un negocio para que el software de Microsoft pudiera seguir corriendo en la Mac. Finalmente, desató a un talentoso diseñador llamado Jonathan Ive, dándole rienda suelta para armar computadoras fantásticas. Su primera computadora nueva, la iMac, era una máquina simple, característica, de fácil uso y con el espíritu juguetón de la vieja Macintosh. Fue un éxito inmediato.

Jobs veía que el futuro de Apple no sólo estaba en las PC, sino también en crear hardware y software cool, para presentar todo tipo de contenido, incluyendo música y películas. El iPod, lanzado en el 2001, fue la primera maniobra en esa dirección. Yo fui a ver a Jobs en noviembre del 2003, casi al mismo tiempo en que presentó la versión de iTunes de Windows, maniobra que lo haría el hombre más influyente en la industria disquera. Me lo encontré en el vestíbulo – él vestía shorts y sandalias y se veía muy tranquilo – y tomamos el elevador a su oficina en el cuarto piso. Era la oficina menos glamorosa que uno se pudiera imaginar: sin paneles de madera, ni una vista impresionante, ni decantadora de whisky, ni juguetes ni lámparas de lava. Una vez que estábamos en la sala de juntas, empezó a hablar, más que nada sobre su entrada a la música. 

Según el punto de vista de Jobs, iTunes era una forma de evitar que reos como Napster permitieran a los usuarios robar música –al crear la tienda de música más grande del mundo–, con cada canción disponible en el mundo en las manos de los usuarios. Jobs apenas había intimidado a las disqueras para que se unieran, pero no quedaba claro si iTunes vendería canciones individuales o si ofrecía acceso ilimitado a los suscriptores. “Creo que podrías sacar la Segunda Llegada por suscripción”, meditaba Jobs, “y podría no tener éxito”.

Pero los aspectos de negocios de Apple no eran ni medianamente interesantes en comparación con sus reflexiones personales. Le pregunté sobre Bob Dylan, lo que su música significaba para él. “Era un pensador muy claro y un poeta”, dijo Jobs. “Escribía sobre lo que veía y pensaba. Lo primero que hizo es muy preciso. A medida que maduraba, tenías que irlo desentrañando. Pero cuando lo hacías, era claro como el agua”. Le pregunté sobre si tenía dudas sobre la tecnología, si pensaba que lo estábamos llevando demasiado lejos: la investigación genética, la clonación, todo eso. 

Me miró y puso los ojos en blanco. “Preferiría hablar de música. Esas preguntas sobre el panorama general sólo –zzz–”, dijo, roncando fuerte. “Creo que todos somos más felices con un poco de música en nuestras vidas”.

Señaló a mi grabadora. “Apaga eso”, me ordenó. “¿Podríamos hablar, nada más?”.

“Claro,” dije, y apagué la máquina.

“Es que me pone muy incómodo hablar de estas cosas. No es lo mío”.

“No te gusta hablar del pasado, ¿verdad?”, pregunté. 

“No tengo nada contra el pasado” dijo. “Es sólo que me quiero concentrar en el futuro”. 

De alguna forma, empezamos a hablar de Bill Gates, y le pregunté si le parecía que Gates era avaro. “Me agrada Bill, pero a veces me pregunto, Bill, ¿por qué tienes que sacar un dólar de cada dólar que pasa por tus manos? ¿Por qué tienes que tenerlo todo? ¿No puedes tomar unos 99 centavos y dejar uno para alguien más?”. 

Parecía inusualmente tranquilo, sin prisa por terminar la entrevista. Pensé en una pregunta que siempre le había querido hacer.

“¿De dónde viene tu toque de hombre común para la tecnología?”.

“¿Hombre común?”.

“Sí, ya sabes; simpleza en el diseño. Tú entiendes cómo la gente usa la tecnología de una forma humana. ¿De dónde viene eso?”.

“Lo haces sonar como si tuviera estatuas del Presidente Mao en mi jardín,” dijo, riéndose.

“No, hablo en serio”.

“No creo que sea tan profundo. Creo que mucha gente en el mundo de la tecnología no prestan atención al diseño. No saben nada de diseño, no les importa”.

De repente empiezo a ver que empezaba a impacientarse, que se me terminaba el tiempo.

“¿Te arrepientes de algo de tu vida?”. 

“Claro,” dijo.

“¿Como qué?”. 

“Cosas personales. Cosas que tienen que ver con la familia”.

Para este punto, mis notas empezaban a flaquear. No recuerdo exactamente cómo llegamos a esto, ni qué le había preguntado para que me diera la respuesta. Quizá le pregunté si había algo que hubiera hecho diferente. Quizá le pregunté si se sentía afortunado. O incluso si tenía miedo a morir. Pero lo que recuerdo es esto: Jobs inclinado hacia adelante en la punta de la mesa y viéndome a la cara, sus ojos intensos. “Creo que la vida es algo que pasa en un segundo”, dijo. Tronó los dedos. “Tenemos un breve momento aquí, y luego nos vamos”.

Mientras nos despedíamos, me miró fijamente a los ojos. No estoy seguro de lo que significaba, pero tenía una humanidad que yo nunca había visto antes. Lo pude ver confundido y vulnerable. Se había sacrificado, se había equivocado, se había arrepentido. Lo que había compartido conmigo no eran los pensamientos imponentes de un visionario, sino los de un ser humano común y corriente.

Sólo un mes antes, le habían diagnosticado cáncer en el páncreas.

Jobs nunca esperaba vivir más de 40 años. Tenía un interés más que pasajero en el budismo, que enseña que la muerte no es necesariamente el final; que las almas pueden reencarnar. Aún así, para un padre de cuatro hijos, el diagnóstico fue un golpe brutal.

La mayoría de los pacientes de cáncer en el páncreas mueren en pocos meses. Pero Jobs era un hombre afortunado. Su cáncer, un raro tumor neuroendócrino, crecía más lento de lo normal, lo que le daba más tiempo para buscar un tratamiento. En lugar de temer a la muerte, Jobs la aceptaba como herramienta para clarificar sus pensamientos. “Recordar que pronto estaré muerto es la herramienta más importante que jamás he encontrado para ayudarme a tomar las decisiones importantes de mi vida”, dijo en su discurso de graduación en la Universidad de Stanford. “Porque casi todo –todas las expectativas externas, todo el orgullo, el miedo a hacer vergüenzas o a fallar– todo esto se desmorona de frente a la muerte y deja sólo lo que realmente importa”. 

Como siempre, Jobs buscó su último consuelo en su trabajo. Dos de los más innovadores y exitosos productos de Apple –el iPhone y el iPad– fueron lanzados después de que le diagnosticaran cáncer. Las dos fueron incursiones que fácilmente hubieran podido fracasar, pero Jobs mantuvo su disciplina perfeccionista. A medida que su salud empeoraba, Jobs encontró que su vida se estrechaba todavía más. No salía de noche, nunca aceptaba premios, no daba discursos, no iba a fiestas. En lugar de eso, se encerraba en su casa en Palo Alto, donde pasaba tiempo con su familia y aprendía todo lo que podía sobre el cáncer –y cómo podría vencerlo–. “Sabía más sobre el tema que cualquier oncólogo”, dijo su viejo amigo Larry Brilliant, que es médico general. Su cuerpo enflacaba más y más y se tomó seis meses de Apple para recibir un transplante de hígado.

A finales del año pasado, Jobs me llamó de la nada para hacer otra nota para la revista juntos. Me sorprendió oír lo diferente que sonaba su voz por teléfono. No sólo estaba más baja y débil. También la sentí más curiosa. Por primera vez, me preguntó por mis hijos. No tengo idea cómo supo que yo tengo hijos –nunca lo habíamos hablado–. Otros notaron el mismo cambio en su actitud. Ya no parecía arrogante, y tenía mucho tiempo y compasión por el sufrimiento ajeno. Cuando el hijo de 24 años de Brilliant desarrolló lo que resultó ser un cáncer fatal, Jobs se convirtió en su “compañero de cáncer”, dice Brilliant. Jobs hizo tablas detallando las ventajas y desventajas de varios médicos para ayudarle a decidir a quién ver. Llamaba cada semana, acompañando por teléfono al hijo de Brilliant en la quimioterapia, diciendo, “Si yo puedo sobrevivir esto, tú también podrás”. “Cuando estaba deprimido, Steve lo llamaba para levantarle el ánimo”, recuerda Brilliant. 

En el lanzamiento del iPad en enero de 2010, Jobs iba acompañado de su familia, incluyendo a su esposa Laurene, y su hermana Mona. En el escenario, la presentación le costaba un esfuerzo, ya que se veía flaco y frágil, pero valiente. Su cuerpo estaba delgadísimo y sus cachetes demacrados. Luego de la plática, Jobs se puso una sudadera con capucha y fue al área de demostraciones para hablar con los medios. Cuando me detuve a saludarlo, me miró con ojos brillosos –los ojos lejanos y desenfocados de un anciano– y dijo, “¿Qué opinas del iPad?”. No estoy seguro si me reconoció, y le costaba llevar una conversación. La gente de RP de Apple se lo llevaron rápidamente, y nunca más le volví a hablar. 

Según Brilliant, Jobs había estado muy cerca de morir en el verano: “Había reunido a su familia para despedirse”. De alguna forma, repuntó las dos veces, pero la trayectoria era clara. Sólo algunas personas lo podían ver en sus últimos días; además de su familia inmediata, la lista incluía al Dr. Dean Ornish, un amigo cercano, y a John Doerr, el inversionista de capital de riesgo. Brilliant lo vio por última vez dos semanas antes de su fallecimiento. En su cuarto, Jobs tenía dos fotos del gurú que nunca pudo conocer, Neem Karoli Baba, así como libros de las enseñanzas de Baba, Miracle of Love. Aunque estaba tremendamente delgado, según Brilliant, Jobs se sentía “silenciosamente optimista” de poder sobrevivir, que el nuevo tratamiento contra el cáncer que tomaba podría darle más tiempo. “Cuando me fui”,  dice Brilliant, “no se sintió como despedida”.

Jobs murió en su casa un miércoles 5 de octubre de 2011, rodeado por su familia. Tenía 56 años. Siempre supo que no viviría hasta la tercera edad, pero llegó más cerca de lo que alguna vez se imaginó. Usó esos años extra  –“el tiempo prestado,” como le llamaba– para completar el viaje espiritual que había empezado de niño en los huertos de chabacano en Silicon Valley. “Él tenía dos lados”, dice Bono, que habló con Jobs poco antes de su muerte. “Estaba el guerrero y el lado tierno y de voz baja. Yo ya lo extraño”. Jobs podría ser recordado como el hombre que puso el toque humano en nuestros dispositivos digitales. Pero quizá su mayor logro –y el más difícil– fue ponerle un toque humano a Steve Jobs.

Mira el discurso que Steve Jobs dio en la Universidad de Stanford:

En este articulo: Steve Jobs
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