noviembre 2, 2020

El ‘groove’ imparable de Red Hot Chili Peppers

¡Feliz cumpleaños, Anthony Kiedis!

EXTRAÍDO DE RS100, SEPTIEMBRE 2011

“Tenía miedo” confiesa Flea, el bajista de los Red Hot Chili Peppers, sobre el ruido del motor de un autobús en el que salen de gira. “No podía imaginarme salir con nadie más. Parecía terminado”. Es la última semana de julio, y Flea está sentado en la sala trasera mientras el autobús los saca de Los Ángeles hacia el norte hasta Big South para el primer concierto de los Chili Peppers en cuatro años. Va a ser su primer show en más de una década sin John Frusciante, el brillante y volátil guitarrista de los por 15 años y cinco discos de funk metalizado y pop psicodelizado, incluyendo el éxito de 1991, Blood Sugar Sex Magik, y el Stadium Arcadium de 2006. En 2009, Frusciante dejó la banda por segunda vez, definitivamente.

Con un cabello verde turquesa y un jersey de básquetbol que deja ver su galería de tatuajes, Flea explica cómo él y Frusciante escribían canciones: “John llegaba con una idea y yo enseguida la captaba. O a mi se me ocurría una idea y él la tocaba como debía ser.” Flea también describe su amistad como “agradable,” “tensa,” “fraternal” y “combativa”.

Como que en la banda “falta un miembro de la familia”, dice.

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Ahora tienen uno nuevo. Los Chili Peppers están por lanzar I’m With You, su primer disco con el amigo y sucesor de Frusciante, Josh Klinghoffer, de 31 años. Ayer Flea, Klinghoffer, el baterista Chad Smith y el vocalista Anthony Kiedis tuvieron su último ensayo antes de la gira, y repasaron más de 20 temas en un lugar de Santa Mónica.

De hecho, los integrantes de RHCP se han vuelto expertos en renacer desde que se formó la banda en 1983. Amigos desde la prepa y miembros perseverantes de la banda, Flea y Kiedis, han sobrevivido al abuso de drogas, la muerte –la sobredosis en 1988 del guitarrista fundador Hillel Slovak– y una docena de cambios en el personal, incluyendo la primera resignación de Frusciante en 1992 y la breve estancia en la banda, a mediados de los años noventa, de Dave Navarro de Jane’s Addiction. Frusciante volvió en 1998.

Pero cuando volvió a dejar a los Chili Peppers en 2009, cerca del final de un descanso de dos años de grabaciones y presentaciones, “podía haber sido el final, sin duda”, dice Smith, de 49 años, al tomar su turno en la sala del autobús. “La hemos pasado mal con los cambios de guitarristas, y aquí estamos de nuevo”. El baterista reconoce haber esperado que Frusciante cambiara de parecer, “lo cual ha hecho antes. OK, está haciendo otras cosas, pero un día voy a recibir esa llamada: ‘Hola soy John. ¿quieren tocar?’ ”, Smith imita afectuosamente la voz susurrante de Frusciante. “Nunca ha pasado”.

Para octubre de 2009 –dos meses antes de que Frusciante anunciara su retiro públicamente– Flea, Smith y Kiedis estaban escribiendo con Klinghoffer, un talentoso acompañante de Los Ángeles que ha trabajado con Beck, PJ Harvey y Gnarls Barkley y tocó los teclados y la guitarra extra en la gira Stadium Arcadium. No hubo audiciones ni otros candidatos importantes. La nueva alineación cortó las pistas básicas para las 14 canciones de I’m With You en un mes.

“Nunca sentí que hubiéramos terminado”, insiste Kiedis. “La mayor preocupación de Flea, que compartimos, es que no quería seguir si no quedaba tan bien como siempre: ‘Hemos logrado demasiado como para hacer algo con torpeza’ ”.

Pero, reconoce el cantante, “si Flea se retira, no hay más Red Hot Chili Peppers. Yo ni lo intentaría…”. Su voz se va apagando, como si pensara en lo peor. “Flea y yo estamos hechos para compartir esta vida. es justo lo que está pasando”.

En el autobús, Flea habla acerca de esa unión: “Anthony y yo nos mudamos a Los Ángeles al mismo tiempo, a la misma edad” –en su adolescencia temprana; Flea de Melbourne, Australia, donde nació, Kiedis, desde su nativo Michigan. Ambos llegaron de familias separadas por el divorcio, según Flea, “de estratos sociales bajos. Sabíamos que nadie haría algo por nosotros si no lo hacíamos nosotros mismos. Vimos que juntos hacíamos magia. Nos llamábamos ‘el monstruo de dos cabezas’. Teníamos más poder juntos que separados. Podíamos hacer cosas”.

El monstruo ya es un par de papás, con vidas personales separadas y ocupadas. Flea, divorciado dos veces, tiene dos hijas. Kiedis tiene un hijo de tres años y medio, Everly, de una ex pareja, la modelo Heather Christie; se separaron en 2008. (Smith, quien se unió a los Chili Peppers en 1989, tiene dos hijos con su esposa, Nancy, y tres hijos de relaciones anteriores. Klinghoffer está soltero). “Nuestro sentido de todo, nuestros chistes y experiencias –no creo que Anthony y yo lo veamos todo el tiempo–”, continúa Flea. “La semana pasada, nos estuvimos llevando bastante mal. Tuvimos una discusión ridícula sobre alguna pendejada del video. Esa es la cosa, luego de que John se fuera, yo no quería perder; el sentido de familia, de trabajar en algo juntos por tanto tiempo”.

Mientras cenaban carne y tomaban vino en un hotel en Big South, Klinghoffer –un tipo amable, alto y flaco– recuerda una llamada por teléfono reciente con Frusciante. Ambos se conocieron cuando Klinghoffer era adolescente, y tocaban con su propia intensidad fraternal en los discos de Frusciante como solista y otros proyectos. “Yo le hablaba de tocar con estos tipos”, dice Klinghoffer. “Dijo: ‘Hay algo maravilloso en despertarte por la mañana y tocar algo increíble con tus amigos’”.

“Es algo que he querido más que nada en mi vida: tener una banda de amigos que quieres y en quienes confías,” dice Klinghoffer, emocionado. “Flea y John tenían una relación especial; lo vi durante años. Que Flea y Chad y Anthony se pudieran abrir y dejar entrar a alguien más, alguien nuevo, me parece maravilloso”.

Frusciante no estaba disponible para comentar. “Yo creo que sólo quiere ser libre de hacer lo que quiera,” comenta Flea, “sin el comercio que involucra estar en una gran banda”.

En la esquina de un cuarto en el Dirt Cheap Sound Stage, en la tarde del último ensayo para la gira de RHCP, Flea –sin camisa y descalzo, con unos pants rojos– está sentado en una mesa con su comida vegetariana. Se queda quieto un por minuto con los ojos cerrados y sus manos hacia arriba, antes de empezar a comer.

“Flea reza un poco antes de comer”, dice la cantante y poetisa Patti Smith, amiga cercana  y colaboradora. En algunos de sus conciertos en años recientes, él ha tocado el bajo en su banda. “Estar cerca de Flea es una experiencia holística”, continúa cariñosamente. “Es cuidadoso con su comida. Sale a correr todos los días”. Smith una vez lo vio detrás del escenario, calentando para un concierto con melodías de Bach en el bajo. Cuando ella y Flea tocan juntos, dice ella, “si estoy cansada, si él se siente un poco vacilante, me mira a los ojos y me da mucha energía. Él vale por sí mismo. Sabe lo que vale. Pero tiene esa cualidad desinteresada que hace a un gran músico”.

Los rezos silenciosos de Flea no son confesionales. “He desarrollado una relación con mi idea de lo que es Dios”, dice. “Mientras la música me ha liberado, para mí tocar tiene que ver con estar en contacto con algo sagrado, una energía divina que fluye a través de mí”.

En cada número, Flea entrega cada nota e inflexión rítmica con su cuerpo inclinado hacia adelante, prácticamente por la mitad, sacudiendo la cabeza y hombros al ritmo. Kiedis hace su propia versión de eso. Su baile, en los breaks instrumentales, es una combinación de karate y breakdance, acompañado de una sonrisa engreída.

Klinghoffer no se queda atrás. Suele pararse cara a cara con Flea –sus cabezas meneando, casi golpeándose– y golpea sus cuerdas con sus largas piernas abiertas, como una versión basquetbolística de Pete Townshend. Pero la música de Klinghoffer –incansable y texturada, una mezcla del tejido melódico de Keith Richards y el eco y la distorsión pictórica de Jimi Hendrix– es un mundo de diferencia de los tajantes riffs y solos de Frusciante.

Sammy Hagar, quien toca con Chad Smith en Chickenfoot, envidia la lealtad que ve en los Chili Peppers. “Siempre felicitaba a Chad por eso”, dice Hagar. “No traicionaron a su guitarrista y lo corrieron”, en referencia a los dramas que Hagar vio en Van Halen. “La gente se les va y siguen unidos. Es muy bueno que la gente se interese por los demás”.

Pero Flea sacó ventaja del descanso de dos años de los Chili Peppers luego de Stadium Arcadium, y trabajó en las giras y discos de otros artistas. En el 2010, tocó el bajo en la banda Atoms for Peace, del vocalista de Radiohead Thom Yorke. Yorke dice que le pidió a Flea que se uniera al proyecto “porque toca el bajo como instrumento principal. Pero pensé: ‘¿Por qué querría hacer esto?’, dijo que le gustaba la idea de involucrarse pero no de ser responsable por el producto final, pasarla bien y luego largarse”. Yorke ríe. “Lo entiendo por completo”.

Flea es en realidad un montón complejo de confianza, humildad y anhelo, un músico formado cuyo agresivo estilo para tocar el bajo oculta su noción de servicio. “Los quiero apoyar”, dice de su trabajo con Yorke y Patti Smith. “Thom canaliza algo hermoso. A veces digo: ‘Déjame darle a él todo lo que soy, dale lo que necesita para seguir flotando’”.

“Eso de la libertad que dice Thom; se trata de no entrometerse”, explica Flea. “Cuando tratas de controlar la música, la estrangulas. Sé que es algo hippie. Pero trato de sacar la energía, soltarla. Es el don que tengo”.

Cuando le pregunté si se ha preguntado dónde estaría ahora sin música o su banda, Flea me mira sorprendido. “Que chistoso que me preguntes eso. Fue lo que pensé cuando desperté esta mañana”. Recuerda una adolescencia de drogas fuertes y robos de casas, “cosas muy malas, de las que te llevan a terminar en la cárcel, muerto. Anthony, Hillel, mis amigos a los que siento como mi familia –tomábamos drogas juntos–. Era nuestra comunión. Pero quedó claro –vidas de gente arruinadas, no tiene nada de hermoso–”. Flea dejó las drogas fuertes “de golpe, nunca fui a rehabilitación”, a principio de los años noventa, a la edad de 30. Kiedis, quien escribió vívidamente sobre su vida como un adicto en la canción “Under the Bridge”, se tardó más. Él dejó las drogas en el 2000.

“La música me salvó –y los libros también–”, dice Flea. “Leer a Kurt Vonnegut a los 13 años, fue lo que me crió, me dio un sentido de ética, de lo que está bien en el mundo”. Flea es un ávido coleccionista de libros. Tiene una copia de primera edición británica de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, que compró en Londres en 2004 por lo que reconoce tímidamente que fue “una suma enorme de dinero”.

“No la leí hasta después mis 35”, dice de la novela, “pero me tocó –la resistencia que Jane mantiene al enfrentar situaciones en la que todos pierden su dignidad y nobleza–. Ella pasa por mucha mierda. Es abandonada, tratada de la chingada. Y nunca se desvía de lo que ama”.

Dale una guitarra, sugiero, y puede ser la historia de su banda.

“Me relaciono con eso”, confiesa Flea. “No siempre mantuve mi dignidad ni me mantuve auténtico, ni fui amable y así”. Igual, dice, “es algo a lo que aspirar”.

“Ha cambiado mucho”, dice Kiedis en la mañana del show en Big South, pensando en su vida afuera de los Peppers desde que nació Everly en 2007. “Antes todo se trataba de mí. Ahora se trata de mi hijo. Es lo mejor que me pudo haber pasado”.

 “Me levanto cuando él se levanta”, dice el cantante, describiendo un día típico en casa con Everly. “Yo desayuno con él, pero no se lo preparo yo. Tiene una niñera. Mi tarea es contarle cuentos mientras él come. Y es exigente con los cuentos. Si le quiero contar uno corto, no. Hablamos de duraciones completas”.

A eso suele seguirle armar rompecabezas, leer, dibujar y jugar a las escondidillas en el jardín. No hay televisión; del tipo con “comerciales y ruido”, como lo pone Kiedis. Él y Everly ven “animaciones de los años treinta juntos y muchas películas. Pero cuando entra a un cuarto con una tele encendida, se sigue de largo”.

Kiedis, quien vive en Malibú, se toma un par de horas al día para hacer surf. (Hace dos años, luego de ser hospitalizado con una crisis en la vesícula, Kiedis pasó buena parte de su recuperación surfeando). De su vida romántica, dice que es “prácticamente inexistente». En cuanto al matrimonio, “no siento necesitarlo. Ser un padre soltero es maravilloso”.

Uno de los libertinos más conocidos del rock, parte de una banda que se hizo famosa rápidamente en los años ochenta por salir vestido con calcetines estratégicamente colocados, Kiedis examina su propia adolescencia con un padre soltero en Los Ángeles –su padre, John, un actor ya entrado en los años setenta– con un afecto matizado. “Él pensaba: ‘Voy a hacer de mi hijo mi mejor amigo; seremos dos adultos que tomemos el mundo juntos’ ”, recuerda Kiedis. “Me dio el conocimiento y me presentó a una cultura que la mayoría de los padres nunca dan a los hijos”.

“Pero es difícil”, continúa, “cuando el hijo cuida al padre porque está fuera de control, como estaba el mío a mediados de los años setenta, con el alcohol y las drogas. Estiraba sus límites –aunque no tanto como yo lo haría después–. Trataré muy fuerte de no poner a mi hijo en esa situación”.

Kiedis es a la vez modesto y cauto cuando habla de sus letras para I’m With You. Habla de sí mismo como “un escritor raro. Nunca pienso, ‘mi vida es diferente ahora, déjame sacar el papel y lápiz’ ”. Su bravuconería esperanzada sobre el enérgico galope de bajo de Flea en “Factory of Faith” fueron “justo las palabras que salieron. Lo veo ahora y puedo ver que tenía fe en el proceso del amor, y mandaba mensajes de que estaba disponible”.

Pero tiene una respuesta lista para una pregunta sobre la primera canción adulta que escribió: “Love Trilogy”, en el The Uplift Mofo Party Plan, de 1987. Como la mayoría de sus primeros materiales, “Es un poco loca”, dice. “Pero trata un buen tema –el amor a tus amigos, a tus padres, a la vida–. Siempre nos sentíamos malinterpretados. Sabíamos exactamente quienes éramos. Cuando éramos tontos y poníamos caras y nos burlábamos de nosotros mismos para la prensa y para otros, sólo tenía sentido porque todo el tiempo creímos en la música, empezando por la primera canción que tocamos”.

“No puedo imaginar que no esté ahí”, dice Kiedis de la banda y su futuro con Klinghoffer. “Algo raro podría pasar”, agrega, repitiendo el comentario de Smith. “Yo sé que hoy tenemos que tocar en la biblioteca Henry Miller; nuestro primer concierto con Josh, al aire libre, de noche y en las montañas”.

El primer show en vivo de los Chili Peppers en cuatro años acaba por ser un momento desprolijo pero divertido. Las luces se apagan varias veces durante las primeras canciones; la mitad de las canciones son del disco nuevo, que el público todavía no oye; y Kiedis, que está ronco en el frío, le pide a Klinghoffer que cante en algunos de los coros altos.

También hay mucha evidencia de una banda vuelta a nacer: el baile vigoroso de Kiedis en “Ethiopia”, de I’m With You; Flea, sin camisa y sudando a pesar del frío; los breaks emocionados de Klinghoffer. “Lo último que queremos ser”, dice Chad Smith el día antes en el autobús, “es esa banda que en una gira de verano toca ‘Under the Bridge’ en los galpones. ‘¿Qué hay de nuestras canciones nuevas?’. Todos se han ido por un refresco y un hot dog. Somos muy afortunados. Tenemos otra oportunidad”.

Atrás del escenario en Big South, después del concierto, Flea está encantado y tranquilo. “Cada vez que veía a Josh, se notaba que estaba ahí”, dice. “No tenía cara de venado encandilado. Esta nueva versión de la banda está empezando”.

Hay un momento en el que Kiedis se acerca a Flea en camino a un coche que esperaba. No hablan sobre el show. Kiedis le está dando a Flea el reporte de la marea para Big South al día siguiente: buen oleaje y suaves brisas en la tarde, perfecto para hacer surf. “Suena muy bien”, dice Flea. “¿Te parece a eso de las cuatro?”, sonríe Kiedis, y se abrazan antes de retirarse por la noche, cada uno por su lado.

Escucha The Getaway, álbum de RHCP:

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