enero 15, 2021

El espíritu de Neil Peart

El virtuoso héroe, baterista de Rush, vivió bajo sus propias reglas, hasta el final. Por primera vez desde la muerte de Peart, sus compañeros de banda y su viuda hablan sobre su legado y sus últimos años.

Neil Peart sólo pudo disfrutar 10 meses de su merecida jubilación antes de que comenzara a sentir que algo andaba mal. Las palabras fueron, por primera vez, el problema. Peart, un tercio de la banda de Toronto, Rush, era uno de los bateristas más venerados del mundo, y desataba sus habilidades sobrenaturales con sus sets de batería rotativos, que crecieron hasta abarcar lo que parecía ser cada posibilidad percusiva que la invención humana comprendía. Antes de que empezaran los ensayos de banda para las giras de Rush, él practicaba solo por semanas para asegurarse de que pudiera interpretar sus partes. Sus antebrazos estaban abultados con músculos; sus enormes manos estaban encallecidas. Pero también fue el intelectual autodidacta detrás de las letras singularmente cerebrales y filosóficas de Rush, y autor de numerosos libros, especializado en memorias entrelazadas con relatos de viajes en motocicleta, todas estas redactadas con luminosos detalles.

Peart tomaba notas constantes, mantenía diarios, enviaba correos electrónicos que parecían más correspondencia de la época victoriana, escribía artículos para revistas de batería y publicaba ensayos y reseñas de libros en su sitio web. A pesar de haber concluido su educación formal a los 17 años, nunca dejó de trabajar para lograr el objetivo de toda su vida de leer “todos los grandes libros jamás escritos”. Solía usar los cumpleaños de sus amigos como una excusa para enviar “toda una pinche historia sobre su propia vida”, como afirma el cantante y bajista de Rush, Geddy Lee, entre risas. “Yo suelo pensar de esta manera”, me dijo Peart en 2015. “Hay una cita de E.M. Forster. Él decía: ‘¿Cómo sé lo que pienso hasta que veo lo que digo?’. Para mí, esto es lo que pasa cuando escribo”.

Peart dejó sus baquetas después del último concierto de Rush en agosto de 2015, poco antes de cumplir 63 años, pero tenía toda la intención de continuar su carrera como escritor, que le costaba físicamente menos que golpear un tambor. Imaginaba una vida tranquila. Trabajaba de nueve a cinco en lo que le gustaba llamar su “cueva de hombres”, un lujoso garaje para su colección de autos antiguos que fungía como su oficina, a sólo una cuadra de su casa en Santa Mónica, California. El resto de su tiempo se lo pasaba con Carrie Nuttall, su esposa de 20 años, y su hija en edad de escuela primaria, Olivia, que lo adoraba. Planeaba pasar los veranos con ellos en su espectacular propiedad rural cerca a un lago en Quebec, no lejos de la previa ubicación de Le Studio, el pintoresco lugar donde Rush grabó Moving Pictures y otros álbumes.

Antes de que comenzara la gira final de Rush, Peart tuvo una prueba de esa existencia cotidiana que tanto quería. Ansiaba volver a ella, una estrella de rock que anhelaba la mundanidad de la misma manera que un oficinista fantasea con la vida bajo los reflectores. “Fue tremendamente difícil para mí alejarme de una vida doméstica satisfecha, una vida creativa satisfecha”, me dijo en 2015, mientras tomaba Macallan con hielo en su garaje justo antes de la gira. “Solía esperar a que Olivia se fuera a la escuela en la mañana y luego venía aquí. Soy un madrugador, como ella. Iba a comprar la comida y volvía aquí. Y de nuevo, nunca lo doy por sentado. Caminaba por Olympic Boulevard hasta un Starbucks o un Subway o lo que sea, pensando: ‘¿No es esto genial?’”.

Después de la gira, cuando Peart no se encontraba trabajando en su “cueva de hombres”, ofrecía su tiempo como voluntario en la biblioteca de la escuela de Olivia. “Olivia estaba encantada”, dice Nuttall. “Ella podía ver a su papá en la escuela todo el tiempo”. Por la noche, volvía a casa y preparaba cenas familiares. “Probablemente estaba viviendo su vida exactamente de la manera en que quería por primera vez en décadas”, dice. “Fue una época muy dulce y contenta… y luego los dioses, o como sea que quieras llamarlo, se lo llevaron todo”. “Me siento tan mal”, dice Lee, “porque tuvo tan poco tiempo para vivir lo que luchó tan duro por conseguir”.

Peart empezó a completar crucigramas de periódicos a principios de los años setenta, cuando viajó a Inglaterra desde su natal Canadá para triunfar como baterista, sólo para terminar como gerente de una tienda de regalos, con tiempo para matar durante sus viajes en el metro londinense. A lo largo de las últimas dos décadas, hizo un ritual de resolver el acertijo dominical del New York Times. En junio de 2016, se desconcertó al darse cuenta de que batallaba con esta tarea. “Él no lo entendía”, dice Ray Danniels, el mánager de toda la vida de Rush. “‘¿Cuál era el problema?’”.

Peart se guardó su preocupación para sí mismo, pero para el verano, ya estaba mostrando signos de lo que Nuttall asumía que era depresión. Trató el tema con Danniels durante una visita que hizo a la casa del mánager en Muskoka, Ontario. “Yo decía: ‘Carrie, él consiguió todo lo que quería’”, recuerda Danniels. “‘Ganó. Obtuvo su libertad. Recibió un gran cheque por su última gira. Esto no es depresión’”.

A finales de agosto, Nuttall y la madre de Peart notaron que estaba inusualmente callado. Cuando hablaba, comenzaba a “cometer errores con sus palabras”, como más tarde les dijo a sus compañeros de banda. Se apresuró a ver un médico y, después de una resonancia magnética, terminó en cirugía. El diagnóstico fue sombrío: glioblastoma, un cáncer cerebral agresivo con un tiempo de supervivencia promedio de aproximadamente 12 a 18 meses.

Las pruebas genéticas que hicieron del cáncer de Peart sugerían que era inusualmente tratable, y Peart vivió hasta el 7 de enero de 2020, más de tres años después de su diagnóstico, lo cual, en el caso de esta enfermedad, lo calificaba como un “sobreviviente de largo plazo”.

“Tres años y medio después”, dice Lee, “él seguía fumando en su porche. Así que le dijo un gran ‘vete a la mierda’ a la Gran C por el tiempo que le fue posible”. Poco antes de la cirugía, Peart hizo una videollamada de FaceTime poco característica a Alex Lifeson, en el cumpleaños del guitarrista de Rush. “Era muy inusual recibir una llamada de él, porque nunca se sentía cómodo al teléfono”, dice Lifeson. “Uno solía recibir estos hermosos correos electrónicos de su parte. Pero no le enloquecía de emoción la idea de hablar con alguien por teléfono. Yo estaba en shock. Pero me di cuenta de que había algo extraño. Pensé que tal vez era un problema de conexión o algo. Pero simplemente no se veía como lo hacía normalmente. Y seguí pensando en esto tiempo después”.

Un par de semanas más adelante, Peart envió un correo electrónico a sus compañeros de banda con la noticia. Ni siquiera trató de amortiguar el golpe. “Básicamente lo soltó”, recuerda Lee. “‘Tengo un tumor cerebral. No estoy bromeando’”. Lifeson estaba en un campo de golf cuando recibió el mensaje. “Creo que comencé a llorar allí mismo”, dice.

“Entras en modo de lucha o huida”, expresa Lee. Para Lifeson y Lee, la prioridad se convirtió en encontrar oportunidades para ver a su amigo, que vivía lejos de su base común de Toronto.

Peart manejó su enfermedad con fuerza heroica y estoicismo, dicen sus amigos, incluso mientras luchaba por sobrevivir. “Era un hombre duro”, afirma Lee. “No era más que estoico, ese hombre. […] Estaba enojado, obviamente. Pero tuvo que aceptar tanta mierda horrible. Se volvió muy bueno aceptando noticias de mierda. Y eso le daba igual. Iba a hacer todo lo posible para quedarse todo el tiempo que pudiera, por el bien de su familia. Y lo hizo increíblemente bien. […] Él aceptó su destino, ciertamente con más gracia que yo”.

Había un cierto fatalismo sobre Peart, quien escribió canción tras canción sobre la aleatoriedad del universo, y luego vio que los eventos de su propia vida se lo demostraban. En 1997, su hija Selena murió en un accidente automovilístico camino a la universidad; su esposa por derecho consuetudinario, Jackie, murió de cáncer poco después. La pérdida de Peart fue tan arrasadora que, a pesar de su perspectiva racionalista, no pudo evitar preguntarse si de alguna manera había sido maldecido.

“Mi hija murió a los 19, y mi esposa murió a los 42, y yo tengo 62 y todavía sigo aquí”, me dijo en 2015, hablando de su rechazo a la idea de dejar de fumar (lo cual no se considera una causa probable de glioblastoma). “¿Cuántas personas han muerto más jóvenes que yo? ¿Cuántos bateristas han muerto más jóvenes que yo? Ya estoy en tiempo extra. […] Algo me va a matar. Mira, conduzco motocicletas. Conduzco coches rápidos. Vuelo mucho en aviones. Es una vida peligrosa allí fuera. Me gusta lo que dijo un veterano sobre el motociclismo: ‘Si amas el motociclismo lo suficiente, te va a matar. El truco es sobrevivir el tiempo suficiente para que otra cosa te mate primero’”.

A pesar de toda esa valentía, no podía soportar la idea de dejar atrás a su hija. “Eso le molestó terriblemente”, dice Danniels. “Le molestaba haber completado el ciclo. Al principio, sintió el dolor de haber perdido a una hija. Y ahora estaba abandonando a una hija”.

Peart tuvo que superar su propio proceso de duelo, dice Nuttall, “por el futuro que no iba a tener y por todo lo que se perdería con Olivia, conmigo y con la vida misma. Si alguien vivió la vida al máximo, ese fue Neil. Y todavía había mucho que quería hacer. ¿Cuando todos dicen: ‘Oh, era tan estoico y aceptó su destino’, y todo eso? Sí, lo hizo. Pero también le rompió el corazón”.

Peart estaba decidido a aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba, tal como siempre había buscado aprovechar al máximo sus días. “¿Qué es lo más excelente que puedo hacer hoy?”, solía preguntarse a sí mismo. Su respuesta a menudo era rugir a través de un parque nacional en una motocicleta BMW antes de tocar la batería en un estadio. (“Puedes hacer mucho en la vida”, escribió en la letra de “Marathon”, una de las canciones más poderosas de Rush, “si no te quemas demasiado rápido”). Ese fue uno de sus mantras emblemáticos como baterista también, el meter una cantidad improbable de información rítmica en cada compás; se ganaba la vida empujando los límites del tiempo.

“Vivió de forma increíblemente profunda y rica”, admite uno de sus amigos cercanos, el exbaterista de Jethro Tull, Doane Perry. “Lo que podría significar estar solo o leer un libro en su casa de lago en Canadá, eso fue tan atractivo para él como estar en el escenario frente a decenas de miles de personas”.

La necesidad de privacidad que Peart tuvo toda su vida se hizo más fuerte. Su enfermedad era un secreto mantenido por un pequeño círculo de amigos que lograron reguardar este conocimiento hasta el final. Para Lee y Lifeson, que estaban haciendo entrevistas y respondiendo llamadas de amigos y compañeros sobre algunos rumores, la carga del encubrimiento era pesada. “Neil nos pidió que no lo discutiéramos con nadie”, dice Lifeson. “Él sólo quería tener el control de esto. Lo último que quería en el mundo era a gente sentada en la acera o en la entrada de su casa cantando ‘Closer to the Heart’ o algo así. Ese era un gran temor suyo. No quería esa atención en absoluto. Y definitivamente era difícil mentirle a la gente o esquivarla o desviarla de alguna manera. Fue realmente difícil”.

Peart siempre descartaba las discusiones innecesarias sobre temas desagradables con un gesto de la mano y un cordial “no me importa”, y eso es lo que oían sus amigos si intentaban mencionar su enfermedad o el tratamiento. “No quería perder el tiempo que le quedaba hablando de esa mierda”, dice Lee. “Quería divertirse con nosotros. Y quería hablar de cosas reales hasta el final”.

Peart nunca se quejaba, bromea Lee, a menos de que “se hubiera quedado sin cigarros”. “Una vez llegué sin alcohol”, agrega Lee, un serio coleccionista de vinos. “Y soy famoso por llegar a su casa con lo que él solía llamar ‘tu cubeta de vino’. Y no lo traje esta vez. Y estaba tan consternado. Así que, por supuesto, al día siguiente, Alex y yo fuimos a una tienda de vinos y nos aseguramos de llegar con una cubeta de vino. Y todo volvió a estar bien”.

Peart también superó una aversión a la retrospección y la nostalgia que mantuvo toda su vida, pasando una cantidad significativa de tiempo escuchando su repertorio con Rush. “Cuando hablamos de su intenso deseo de aprender”, dice otro amigo cercano, el líder de Vertical Horizon, Matt Scannell, “muy de la mano con ese espíritu estaba su: ‘¿Qué hay de nuevo? ¿Qué sigue?’. Cuando le enviaba un CD de mezclas, si era antiguo, no estaba interesado. Pero me pareció hermoso que encontrara algo con lo que pudiera disfrutar el mirar atrás, mientras que antes era una especie de anatema”.

“No creo que alguno de nosotros escuche mucha de nuestra música antigua”, dice Lifeson. “Todo eso ya está hecho y tocado. Pero supongo que sólo estaba volviendo a visitar algunas de las cosas que logró, en términos de música, a fin de cuentas. Y creo que le sorprendió un poco lo bien que resultó. Creo que eso pasa, te olvidas. Fue interesante verlo sonreír y sentirse realmente bien por eso. Y cuando aún podía escribirnos, nos hablaba sobre cómo estaba volviendo a escuchar parte de nuestra música antigua y cómo le daba orgullo”.

Lee no se sorprendió. “Conociendo a Neil como lo hago yo”, dice, “y teniendo en cuenta que sabía cuánto tiempo le quedaba, creo que fue algo natural para él reseñar el trabajo de su vida. Y se sentía muy orgulloso de cómo aprovechó una gran parte de su vida. Y quería compartir esto con Alex y conmigo. Siempre que lo veíamos, quería hablar de eso. Quería que supiéramos que estaba orgulloso”.

Fly By Night, el álbum debut de Peart con Rush, comienza con la introducción de “Anthem”: guitarra, bajo y batería entrelazados en un riff brutalmente sincopado, a un compás de ⅞, con algunas de las contribuciones más nítidas que el mundo del rock haya escuchado alguna vez. A partir de ahí, la canción se convirtió en un feroz elogio al individualismo inspirado por Ayn Rand. La influencia de Rand fue poderosa en ese momento para un joven Peart, quien se adhirió a su imagen pública por décadas, pero que pronto consideraría como ruedas de entrenamiento filosóficas e intelectuales, en el mejor de los casos. Eventualmente se llamaría a sí mismo un “libertario de izquierda” o “libertario de corazón sangrante”, y le dijo a Rolling Stone en 2015 que planeaba votar por los demócratas tras obtener su ciudadanía estadounidense.

En el álbum anterior de Rush, que se grabó con un baterista mucho más limitado, John Rutsey, Lee había estado cantando insinuaciones (“Hey, cariño, falta un cuarto para las ocho/¡siento que estoy de humor!”) sobre Zeppelinismos de bandas de bares; ahora estaba gritando filosofía objetivista sobre pistas de emocionante y retorcido metal progresivo, un género que su banda estaba inventando momento por momento. “Queríamos ser la banda de hard rock más compleja que existiera, ese era nuestro objetivo”, me dijo Lee en 2015. “Así que supe desde la primera audición que este era el baterista de nuestros sueños”.

Peart pasó su infancia en una granja familiar, antes de que su padre, quien eventualmente dirigiría su propio negocio de autopartes, trasladara a su familia a Port Dalhousie, un suburbio de la pequeña ciudad de St. Catharines, Ontario. Hasta su adolescencia, la infancia de Peart fue relativamente idílica. Pasó gran parte de su tiempo al aire libre, cultivando lo que se convirtió en una longeva conexión con la naturaleza. “Donde realmente se sentía más cómodo era en la naturaleza, en la tranquilidad y en cierto grado de soledad”, explica su amigo Doane Perry.

Hubo un incidente profundamente traumático. Nadando en el lago Ontario cuando tenía alrededor de 10 años, Peart se cansó y trató de agarrarse a una balsa flotante, antes de que unos niños mayores decidieran que sería divertido mantenerlo alejado de esta. Peart se agitó en el agua y sintió que empezaba a ahogarse. En el último minuto, dos de sus compañeros de clase le salvaron la vida. Peart se quedó con una cierta desconfianza hacia los desconocidos, y recordaría el terror de ese momento años después, cuando tuvo la mala suerte de verse atrapado en una multitud de fanáticos. Desarrolló una fobia a sentirse “atrapado” que moldearía su profundo malestar con la fama y su constante necesidad de escapar del mundo enclaustrado de las giras de rock.

Peart fue lo suficientemente brillante como para saltarse dos grados, comenzando la preparatoria a los 12. Inició sus lecciones de batería practicando por un año completo sin un kit real. La primera chispa de interés de Peart en la batería llegó con una proyección de The Gene Krupa Story, una película biográfica sobre el baterista de big band (jazz de orquesta); El big band era la música favorita del padre de Peart, y Peart se atrevería a tocarla más tarde en su vida. Keith Moon, el salvaje baterista de The Who, se convirtió en su héroe, pero a medida que las habilidades de Peart se desarrollaban, se dio cuenta de que en realidad no quería tocar como Moon. El caos no le sentaba bien. Peart encontraría la manera de encarnar la energía de Moon mientras se mantenía fiel a su propio espíritu, interpretando partes que eran aún más llamativas y dramáticas, pero también más precisas y compuestas, siguiendo una especie de lógica geométrica tridimensional. (Siempre inquieto, Peart, en sus últimos años, cambió de rumbo y trabajó en su lado improvisador).

El Peart adolescente dejó crecer su cabello y empezó a usar una capa y zapatos morados. Los deportistas locales no estaban impresionados. “Fui completamente feliz hasta la adolescencia”, me dijo, “cuando de repente… No sabía que era un fenómeno, pero el mundo me hizo consciente de ello”. Tocaba en sus primeras bandas y se obsesionaba por completo con su instrumento. Sólo dejaba de practicar cuando sus padres lo obligaban. “Desde el momento en que comencé a tocar la batería, sólo existía para mí la batería y la música”, dijo Peart. “Me fue muy bien en la escuela hasta ese momento, y luego simplemente no me importó”.

Se dio de baja a los 17 y al año siguiente se dirigió a Londres. Pasó 18 frustrantes meses allí y regresó a Canadá con ideas muy diferentes sobre su carrera musical. Decidió que no soportaba tocar música en la que no creía por dinero, y prefería trabajar todo el día y tocar por ocio. “Me propuse nunca traicionar los valores que tenía ese joven de 16 años, nunca venderme, nunca inclinarme ante el hombre”, me dijo.

Él se sintió ofendido por lo que consideraba un comercialismo complaciente y corrupto en el mundo del rock; se puede apreciar un genuino desprecio en la línea sobre el “sonido de los vendedores” que más tarde escribiría para “The Spirit of Radio”. Después de haber trabajado en la tienda de discos local, donde laboró junto los hermanos de su futura esposa, Jackie Taylor, se instaló como gerente de repuestos en el negocio de su padre, ayudando a computarizar el sistema del inventario.

El primer intento de Peart de vivir una vida ordinaria duró apenas un año, antes de que lo llamaran a presentarse en una audición para una banda de Toronto que ya había firmado con un sello importante. Peart se unió a Rush y dio inicio a 40 años de grabaciones y giras. “Lo miras en fotografías en los primeros días”, dice Lee, “y tenía una gran sonrisa. Estuvo muy feliz por mucho tiempo. Sólo después de años de arduo trabajo y giras, esa sonrisa empezó a desgastarse un poco”.

Sin embargo, desde el principio, a Peart se le hizo embrutecedor el tiempo de inactividad que gastaba cuando salía de gira. Comenzó a tomar provecho de este, abriéndose paso a través de pilas cada vez mayores de libros de bolsillo, llenando los vacíos de su educación. Al mismo tiempo, adornó los primeros álbumes de Rush con algunas de las letras más extrañas y coloridas del rock. (“I have dined on honeydew!”, exclama Lee en el clásico de 1977, “Xanadu”). En su composición, Peart se basó al principio en su amor por la ciencia ficción, la fantasía y Rand, antes de que pasara a componer sobre preocupaciones más terrenales en los años ochenta.

El haber usado algunas de esas primeras letras fue un “acto de fe” por parte de la banda, reconoce Lee: “¡A veces no te gustaba! Y no querías hacerlo. Tenías que discutir sobre esto”. Con el paso de los años, el proceso se volvió cada vez más colaborativo. “Por muchos años”, agrega Lee, “Neil se sentó a mi lado en la sala de control cuando escuchábamos las vocales, y hablábamos de partes que se podían mejorar y él las reescribía en el acto”. Más adelante, Lee podía elegir sólo algunas líneas que le gustaban, y Peart reescribía canciones completas en torno a ellas.

El primer éxito masivo de la banda, la monumental opereta de rock con riffs eufóricos de 1976, “2112”, tomó con mucha seriedad su furioso homenaje a la libertad personal; los sacerdotes de Syrinx, que controlaban todo en su sociedad distópica, eran un débil sustituto de los ejecutivos discográficos que querían que Rush sonara más como Bad Company (y para sus fanáticos adolescentes, representaban a los padres que simplemente no los entendían).

Había más humor entre los integrantes de la banda y en las composiciones de Peart de los años setenta de lo que algunos de sus críticos entendían: “By-Tor and the Snow Dog” de 1975 se inspiró, por ejemplo, en los apodos de dos perros que tuvo Danniels. “Recuerdo que una mañana le dije a Geddy: ‘¿no sería gracioso si hiciéramos una pieza de fantasía sobre By-Tor y the Snow Dog?’”, me comentó Peart. Incluso en su momento más progresivo, Hemispheres de 1978, la banda fue lo suficientemente consciente de sí misma como para darle a “La Villa Strangiato”, una retorcida obra maestra instrumental, el irónico subtítulo de “An Exercise in Self-Indulgence”.

“The Spirit of Radio”, proveniente de Permanent Waves de 1979, estuvo a la altura de su título, otorgándole a Rush una extensa transmisión en la FM, y fue sucedido por su álbum más exitoso, Moving Pictures, con la impresionante contribución de Peart en “Tom Sawyer”, que destaca por albergar unos de los rellenos de batería más indelebles de la historia del rock. Rush ahora era enorme, y Peart no lo estaba disfrutando. Cuando escuchó la descripción que hizo Roger Waters de la alienación del rock en The Wall de Pink Floyd, él le escribió a Waters una carta de agradecimiento por capturar tan bien sus propios sentimientos.

Su amigo Matt Stone, cocreador de South Park, se sorprendió al descubrir lo incómodo que podía sentirse Peart al ser reconocido en público, incluso hasta el final de su carrera. “Era un tipo realmente extraño respecto a su fama», dice Stone. (Por esta razón, a Peart le encantaban sobre todo las fiestas de Halloween que organizaba Stone, donde podía conocer a la gente mientras estaba disfrazado –lo cual, en un año, significó para él irse como drag queen).

Peart planeaba estrategias para liberarse de todos. “Llevaba una motocicleta en nuestro autobús de gira y a veces, en mis días libres, salía a pasear por el campo”, me dijo, “y luego, si las ciudades estaban a cien millas de distancia, podía hacer el recorrido por mi cuenta y esa era mi mayor emoción. Todo el personal se iba, y yo me quedaba solo en aquella pequeña ciudad en la habitación de un motel, y esos eran días sin teléfonos celulares ni nada. Sólo yo y mi motocicleta”. También hacía viajes extracurriculares, conduciendo por África (cargando, en un viaje, una copia de Ética nicomáquea de Aristóteles y una colección de cartas de Vincent Van Gogh) y por China. La carencia de recursos que presenció en África fue transformadora para él, sacando a la superficie la parte de “corazón sangrante” de su libertarismo.

Peart trató de poner fin a los días de gira de Rush en 1989, cuando su hija Selena tenía 11 años. “Tras una gran lucha en mi propia mente, me di cuenta de que, si voy a llamarme músico, entonces tendré que tocar en vivo”, me explicó. “Me gusta mucho más ensayar que tocar. Tiene todo el desafío y la gratificación, pero sin la presión. Y no tienes que salir de casa. Incluso en 1989, pensaba: ‘Imagínense si ellos pudieran ver un holograma, de forma que todos los días yo pudiera ir a un mismo lugar y tocar con todo mi corazón, y luego ir de vuelta a casa’”.

Peart sentía una intensa presión, noche tras noche, de estar a la altura de su propia reputación. “Nunca se veía a sí mismo tan bien como todos los demás lo veían”, dice el baterista de Police, Stewart Copeland, otro amigo suyo. “Pero sentía muy vivamente la responsabilidad que tenía de ser el dios de la batería. En realidad, era una clase de carga”.

En mayo de 1994, en el estudio de grabación Power Station de Nueva York, Peart reunió a grandes bateristas del rock y del jazz, desde Steve Gadd hasta Matt Sorum y Max Roach, en un álbum tributo que estaba produciendo para el gran baterista del swing, Buddy Rich. Peart notó que uno de los músicos, Steve Smith, había mejorado notablemente desde la última vez que lo había visto, y se enteró de que había entrenado con el gurú del jazz, Freddie Gruber. En el año de su 42º cumpleaños, aunque ya era ampliamente considerado como el mejor baterista de rock vivo, Peart buscó a Gruber y empezó a tomar lecciones de batería. “¿Qué es un maestro si no un estudiante prodigio?”, planteó Peart a Rolling Stone en 2012.

Estaba convencido de que todos esos años de tocar con secuenciadores, para crear las canciones con más sintetizadores del catálogo ochentero de Rush, habían entumecido su forma de tocar, y quería soltarse de nuevo. (A pesar de todos sus esfuerzos y su talento, hubo algunas áreas que incluso Neil Peart no pudo conquistar: “Para ser honesto, no estoy seguro de que Neil alguna vez haya ‘captado’ por completo el asunto del high-hat de jazz [instrumento de percusión compuesto por dos platillos y un pedal]”, escribió afectuosamente Peter Erskine, quien asumió la labor de ser el maestro de Peart en la década de los 2000).

Rush como colectivo ya estaba sintiendo un poco de agotamiento creativo con su siguiente álbum, Test for Echo de 1996, pero Peart sentía que había hecho su mejor interpretación hasta la fecha, gracias a su renovado sentido del tiempo. También encontró una nueva forma de hacer que las giras fueran más llevaderas, e incluso placenteras, viajando de una ciudad a otra en su motocicleta BMW. “Estoy en el mundo real todos los días”, me comentó, “viendo a la gente en su trabajo y llevando a cabo su día a día, y teniendo pequeñas conversaciones en áreas de descanso, estaciones de servicio y moteles, y experimentando el estilo de vida estadounidense todos los días”. Pasaron cinco años antes de que la banda volviera a salir de gira.

El 10 de agosto de 1997, Peart y su esposa Jackie ayudaron a Selena, de 19 años, a poner las maletas en el baúl de su coche mientras se alistaba para conducir a la Universidad de Toronto, donde iba a empezar su segundo año de licenciatura. Su hora prevista de llegada arribó y se esfumó sin que sus padres hubieran recibido tan solo una llamada telefónica. Algunas horas más tarde, un oficial se presentó frente a la puerta de Peart. En el funeral de Selena, Peart les dijo a sus compañeros de banda que lo consideraran retirado, y Lifeson y Lee asumieron que la banda había llegado a su fin. Jackie estaba destrozada y, en los meses siguientes, recibió un diagnóstico de cáncer metastásico. Ella respondió “casi agradecida” a la noticia, redactó Peart. Jackie murió en junio de 1998. Ahora se encuentra enterrada junto a su hija.

Peart dejó todo atrás, se montó en su motocicleta y condujo. Se sintió alienado de sí mismo; en algún momento, volvió a ver uno de sus antiguos videos instructivos de batería y se sintió como si hubiera visto a una persona diferente. No obstante, todavía quedaba una parte de él, “una pequeña alma bebé”, e hizo todo lo posible por nutrirla. Hubo momentos en los que buscó el “refugio insensibilizador de las drogas y el alcohol”, como lo expresó en su memoria de aquella época, Ghost Rider. A la mitad de su viaje, antes de que se embarcara en un recorrido a través de México, Peart salió de su aislamiento por una semana y pasó un tiempo en Los Ángeles con el fotógrafo de Rush, Andrew MacNaughtan.

Una de las pocas cosas que lo hizo reír durante ese período fue South Park, por lo que Peart se alegró cuando MacNaughtan le presentó a Stone. “Andrew me dijo: ‘Neil viene a la ciudad’”, recuerda Stone. “‘Vamos a emborracharnos y a pasar el rato’. Conseguí algunos materiales para la fiesta y subí a Hollywood Hills. Por lo que había pasado, me advirtió: ‘No hables de chicas. No hables de niños’. Así que hablamos de arte, filosofía, rock & roll y viajes. […] Pero era un tipo que estaba jodidamente triste”.

En el transcurso de más de un año y 55 mil millas de viajes en motocicleta, Peart empezó a recuperarse. Acabó en el sur de California definitivamente, listo para empezar de nuevo. “Cuando me mudé aquí por primera vez fue extraordinario, porque mi vida era una maleta, mi motocicleta y un equipo de sonido”, me explicó. “Esas eran todas las posesiones que tenía. Alquilé un pequeño apartamento por el muelle de Santa Mónica. Y me uní a ‘la Y’ [la Asociación Cristiana de Jóvenes, o YMCA por sus siglas en inglés] aquí. Hacía yoga o participaba en ‘la Y’ todos los días, andaba en mi motocicleta, llegaba a casa y escuchaba mi equipo de sonido, y era genial”. A través de MacNaughtan, él conoció a Carrie Nuttall, una talentosa fotógrafa, y se enamoró. Se casaron en 2000. Peart llamó a la banda y les dijo que estaba listo para volver al trabajo.

Rush fue tan popular como lo había sido antes cuando llegó su 40º aniversario en 2015, habiendo sido absorbido tardíamente por los cánones del rock clásico y de la cultura pop. Después de muchas reinvenciones estilísticas, habían vuelto a adoptar su enfoque central en lo que resultaría ser su último lanzamiento de estudio, el triunfante álbum conceptual Clockwork Angels, en 2012.

Pero Peart volvió a mostrarse reacio ante la idea de irse de gira. Él y Olivia, que ahora tiene cinco años, eran muy cercanos, y durante la gira de 2012 y 2013 de la banda, a ella le parecieron dolorosas e inquietantes sus ausencias. Peart cedió sólo porque Lifeson había desarrollado artritis y al guitarrista le preocupaba que esa pudiera ser su última oportunidad de tocar en vivo. “Al darme cuenta de que estaba atrapado”, escribió Peart, “volví a mi hotel esa noche y pisoteé la habitación con una gran rabia y un ataque extremo de síndrome de Tourette”. Tras haberse disipado su rabieta, decidió seguir un adagio de Freddie Gruber: “Esto es lo que es. Acóplate”.

A medida que avanzaba la gira, Lifeson comenzaba a sentirse mejor. Era Peart quien sufría. Mantuvo su rutina de motociclista, un hombre de 62 años que recorría cientos de millas al día, a veces bajo la lluvia, antes de tocar en conciertos de tres horas. Desarrolló una infección dolorosa en uno de sus pies, entre otros problemas. “Apenas podía caminar hasta el escenario”, dice Lifeson. “Le consiguieron un carrito de golf para llevarlo al escenario. Y tocó un concierto de tres horas, con la intensidad con la que tocaba en cada espectáculo. Quiero decir, eso era increíble”.

Al comienzo de la gira, Peart se sentía bien y le indicó a Danniels que podría estar dispuesto a agregar más fechas. Estos sentimientos cambiaron junto con su condición física. “A la mitad de la segunda parte de la gira», revela Danniels, “me lo dejó claro: ‘No puedo hacer más. No quiero hacer más’. Y, ya sabes, estaba frustrado”. También lo estaban Lee y Lifeson, quienes se encontraban en medio de una de las mejores giras de Rush, con una lista de canciones de ensueño para cualquier fanático que abarcaba todo el catálogo de la agrupación en orden cronológico inverso.

“Mi relación con él era una de persuasión”, agrega Danniels. «Pero ni siquiera el que me enojara con él podía moverlo. Ya no era un caballo de carreras. Era un mulo. El mulo no se iba a mover. […] Eventualmente lo dejé ir. Me di cuenta de que iba a afectar negativamente mi amistad con él”.

La banda nunca habló realmente sobre la importancia de lo que estaba sucediendo en el último espectáculo de Rush, en un foro con entradas agotadas en Los Ángeles. Al menos no en voz alta. “La conversación tuvo lugar en el escenario”, afirma Lee, “a lo largo de todo el concierto, en nuestros ojos”. Peart dejó en claro que algo único, y probablemente definitivo, estaba sucediendo cuando subió al frente del escenario con sus compañeros de banda al final del espectáculo. Era la primera vez que lo hacía en 40 años. “Fue un momento hermoso”, recordó Lee.

A pesar de todo ese sentimiento de finalidad, siempre hubo una esperanza de que la banda encontrara alguna manera de continuar. “¿Que si creo que Neil habría hecho algo de nuevo?”, se cuestiona Danniels. “Sí. Algún día lo habría hecho. [Algo] diferente, ya sea una residencia en Las Vegas o lo que sea. Creo que sí, antes de la enfermedad. Eso fue lo que impidió que esta cosa regresara”.

Los años de la enfermedad de Peart estuvieron llenos de incertidumbre. Al principio, estuvo en remisión por un año antes de que regresara el cáncer. “De cierto modo, cada vez que te despedías de él, le decías adiós”, dice Lee. «Porque honestamente no lo sabías. Incluso cuando lo estaba manejando bastante bien. Fueron tres años y medio sin saberlo realmente. La línea de tiempo seguía avanzando. Entonces, cuando te despedías, siempre era con un abrazo gigante «.

Durante una visita, Lifeson se quedó unos días en Los Ángeles por su cuenta. “Y cuando me fui, le di un gran abrazo y un beso”, dice el guitarrista. “Y me miró y dijo: ‘Eso lo dice todo’. Y, oh, Dios mío. Y ahí, para mí, fue cuando [me despedí]. Lo vi un par de veces después, pero podía verlo y aún sentir ese momento”.

La última vez que Lee y Lifeson vieron a su compañero de banda, tuvieron la oportunidad de tener una última y gloriosa cena con él y Nuttall. “Nos estábamos riendo a carcajadas”, afirma Lifeson. “Estábamos contando chistes y recordando diferentes conciertos y giras, miembros del personal y esa clase de cosas que siempre hacíamos cuando estábamos sentados en un camerino o en el autobús. Y se sintió tan natural, correcto y completo”.

Peart alcanzó un cierto grado de discapacidad a medida que avanzaba la enfermedad, pero “realmente, hasta el final, él estuvo ahí”, afirma Perry. “Estaba absolutamente ahí, asimilando las cosas” (un rumor que se esparció después de su muerte, según el cual Peart estaba confinado a una silla de ruedas y no podía hablar, era completamente falso, dijeron sus amigos). Él siguió con su rutina, iba a su “cueva de hombres” todos los días de la semana, veía a sus amigos allí, e incluso organizó su última fiesta de cumpleaños en el otoño de 2019.

Cuando Peart ya no podía conducir, sus amigos Michael Mosbach y Juan López lo llevaban allí. “Estoy realmente agradecida y orgullosa”, dice Nuttall, “de haber podido brindarle a Neil la capacidad de seguir haciendo todas esas cosas que quería hacer, realmente hasta el final. Pero no podría haberlo hecho sin Juan y Michael”.

Peart nunca volvió a tocar la batería después del último concierto de Rush. Pero había una batería en su casa. Pertenecía a Olivia, que estaba tomando lecciones y persiguiendo seriamente su maestría del instrumento. Los padres de Peart le habían permitido poner la batería en la sala de estar, y él hizo lo mismo por Olivia. Decía todo sobre Peart el que su hija no se avergonzara de abordar el mismo instrumento a la sombra de sus propios logros. “Neil dijo inmediatamente: ‘Ella lo tiene’”, dice Nuttall. “Ella heredó lo que él tenía. Y, por supuesto, eso le emocionó. […] Hizo un gran esfuerzo para no hacer que ella se sintiera intimidada por él —no se sentaba allí y la miraba mientras le daban su clase. Él se hacía fuera de su vista, pero la escuchaba”.

Con la muerte de Peart seguida de cerca por una catástrofe global, ha sido un año oscuro y surrealista para sus amigos y familiares. Al vivir en un mundo estático, ha sido difícil para ellos procesar su dolor. “Se siente como si hubiera ocurrido hace muy poco”, expresa Lee. También hubo más drama entre los integrantes de Rush. Lifeson se enfermó terriblemente en marzo, estuvo hospitalizado por unos días y lo conectaron a un ventilador. Dio negativo a la prueba de COVID-19, pero positivo a la gripe, aunque también perdió su sentido del gusto y del olfato cuando estuvo enfermo. Lifeson se ha recuperado por completo desde entonces.

Un servicio conmemorativo privado que se había planeado en Toronto para Peart tuvo que ser cancelado, pero hubo una pequeña cena con la banda y sus amigos en Los Ángeles, y un servicio conmemorativo formal organizado por su viuda en la misma ciudad semanas después. “Carrie eligió un lugar hermoso con vista al Pacífico”, dice Perry. «Fue una tarde hermosa. Fue un momento de curación para todos. Carrie armó una maravillosa presentación de diapositivas con imágenes, que se remonta a cuando él era un niño”.

Algunos de los amigos de Peart –Scannell, Perry, Copeland y su colaborador de prosa, Kevin Anderson– hablaron frente a una audiencia que incluía a sus compañeros de banda y otros bateristas famosos: Taylor Hawkins de Foo Fighters, Chad Smith de Red Hot Chili Peppers y Danny Carey de Tool. En el discurso de Copeland, señaló que gracias a Peart, todos los bateristas que asistieron compartían la indignidad de conocer a fanáticos que les decían: “¡Eres mi segundo baterista favorito!”.

Al final, Olivia Peart, de 11 años, se levantó y habló sobre su papá. “Ella fue maravillosa”, dice Perry. “Ella es realmente la hija de Neil, una niña muy inteligente”.

Olivia y su madre, por supuesto, todavía siguen luchando con la pérdida, agravada por el aislamiento de la era de la pandemia. La frontera canadiense ha estado cerrada en su mayoría por meses, lo cual los separa de la familia extendida de Peart. “Nuestras vidas dieron un vuelco cuando Neil murió”, dice Nuttall, quien pasó la Navidad sola con su hija. “Y luego, ocho semanas después, estábamos solas en la casa juntas, y ha sido difícil. […] Ambas pensamos en él todos los días, hablamos de él todos los días y lo extrañamos todos los días”. A pesar de todo, Olivia continúa con sus lecciones de batería.

Desde la muerte de Peart, Lee y Lifeson han mostrado poco interés en retomar sus instrumentos. “Me encanta tocar, y nunca, jamás, quise parar”, dice Lifeson, durante una emotiva videollamada conjunta con Lee. Lifeson estaba en su estudio, donde casi una docena de relucientes guitarras colgaban detrás de él. “Y pensé, ya sabes: ‘Un día, cuando esté por ahí cagándome en mis pantalones, todavía querré tocar la guitarra’. Y esto ya se ha ido un poco. Después de su muerte, simplemente no parecía importante. Pero creo que volverá”.

“Por mucho tiempo”, agrega Lee, “no tenía el corazón para tocar. […] Todavía siento que hay música en mí y hay música en Big Al, pero no tengo prisa por hacer nada de eso”.

Incluso mientras siguen de luto por su amigo, Lee y Lifeson se están adaptando a la idea de que Rush también se ha ido. “Ya se terminó, ¿verdad? Ya se terminó”, concluye Lee. “Todavía estoy muy orgulloso de lo que hicimos. No sé qué volveré a hacer en cuanto a la música. Y estoy seguro de que Al tampoco, ya sea que toquemos juntos, por separado o lo que sea. Pero la música de Rush siempre forma parte de nosotros. Y nunca dudaré en tocar una de nuestras canciones en el contexto adecuado. Pero al mismo tiempo, hay que respetar lo que hicimos los tres con Neil juntos”.

Después del último espectáculo de Rush, Peart se quedó en el recinto, en vez de salir disparado en su motocicleta. Por primera vez, se lo estaba pasando genial tras bambalinas. “Estaba entusiasmado”, dice Lee. Neil Peart había concluido su trabajo, mantuvo sus estándares y nunca traicionó al Peart de 16 años. Seguía tocando en su mejor momento.

“Sintió que era un trabajo bien hecho”, afirma Scannell, quien estuvo con él esa noche. “¿Y quién podría negar eso?”.

Escucha la edición del 40 aniversario de Permanent Waves:

En este articulo: IG,Neil Peart
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