En 1969, un joven mexicano capturó la atención de toda una generación con su virtuosismo en la guitarra. Carlos Santana, aprendiz del blusero Javier Bátiz, presentó al mundo una mezcla de cultura latina y anglosajona en uno los festivales más memorables de la historia: The Woodstock Music & Art Fair. La importancia de Woodstock reside en la droga como un elemento clave de esa época, además de los históricos artistas que formaron parte del evento: Jimi Hendrix, The Who, Johnny Winter, Joe Cocker, Canned Heat, entre otros. Fue concebido como uno de los festivales más grandes en la historia de Norteamérica y por lo tanto, se hicieron presentes todo tipo de sonidos. Bill Graham, uno de los organizadores de Summer of Love y de este evento, fue el responsable de llevar al guitarrista mexicano al festival. Santana subió al escenario a las dos de la tarde junto a su banda para interpretar una lista de canciones nuevas. La fusión de la música latina con el blues eléctrico de Chicago se escuchó en canciones como “Jingo”, “Persuassion” y “Evil Ways”, donde el tecladista Gregg Rolie tocó una de las piezas en teclado más estéticas y contagiosas. En el final de la presentación, Santana había consumido mescalina para que, según el músico, la experiencia psicodélica de las últimas canciones fuera aún más viva: “Tomé mescalina y dije 'cuando llegue la hora, me sentiré bien'”, comenta el guitarrista. Fue en “Soul Sacrifice” en donde, tanto Santana como los demás músicos, comenzaron a sentir los efectos del estupefaciente. El joven percusionista Michael Shrieve imprimió su personalidad enérgica en un solo de batería que pocos han igualado mientras que Carlos imaginaba a su Gibson SG como una serpiente emplumada. “Fried Neckbones And Some Home Fries” fue el tema que cerró la ácida presentación del mexicano y su grupo, misma con la que se ganó un lugar en la historia no sólo por su talento sino por sorprender a los asistentes con un estilo único e inimitable.