septiembre 4, 2020

Cuaderno Gustavo

En la búsqueda de perpetuidad, vivió en un presente continuo. Una mirada al entrevistado que compartía sus secretos sin tono de infidencia.

PUBLICADO EN ROLLING STONE MÉXICO, EDICIÓN 137, OCTUBRE, 2014

La conversación –fluida, siempre amable, distendida– avanza en el tono que le daba haber terminado un ensayo en Central Park y estar en la intimidad de un restaurante vegetariano en el barrio del Soho neoyorquino. Mediodía de sol, de agua sin gas. Gustavo discurre, reflexiona, profundiza; teoriza sobre los socios juveniles de la banda que lo acompañaba en esa gira, sobre la compañía histórica de Richard Coleman (presente desde que Soda Stereo se llamaba Los Estereotipos). “No tengo edad. No siento como que tenga edad. No es que quiera ser joven todo el tiempo, no me parece que sea así”.

Esa extraña quimera, tan alejada de los estereotipos rockeros de Peter Pan (no crecer) o de Bejamin Button (decrecer), pero también esquiva de la cronología inevitable (envejecer), parece haberse cristalizado en sus años de internación, en esa larga, larguísima agonía en la que fue puro presente. Un presente continuo que duró cuatro largos años. Permítanse pensarlo así: Fue el mismo tiempo que pasó entre el debut de la banda en Núñez y el fin de la gira latinoamericana de su tercer disco de estudio, Signos.

En toda su carrera, Cerati fue un entrevistado dedicado, afectuoso, generoso y solidario. Supo convidarnos, a los protagonistas y lectores de Rolling Stone, con la única sesión de fotos del regreso de Soda Stereo, un encuentro de alta intensidad reflejado en el cuero y los chupines. Y el abrazo de tres. Mereció el título elocuente: ¡HISTÓRICO!

Además de su talento, Gustavo sabía compartir sus secretos –estaba entrenado en eso– sin estridencias ni tono de infidencia. Gracias a él podemos reconstruir el trazo detrás de su trama compositiva. Esa que alguna otra vez, nos detalló al pasar, garabateaba desde la juventud en su “Cuaderno Gustavo”: Un dispositivo móvil, portátil y analógico en el que anotaba sus ideas; un borrador de hits, un cadáver exquisito de retazos, palabras, frases.

Sus letras dejan ver de manera explícita el modo en que abandona las obsesiones iniciales de la estrella juvenil, sus fantasías de bestia pop, tan ochenteras, tan de época, tan esdrújulas (anoten en orden, sus primeras canciones: El jet set, lo dietético, la sobredosis catódica) para empeñarse en su desarticulada teoría del tiempo, en la cirugía del instante (recurrente en “Persiana americana”, “Corazón delator”, “Crimen”). De alguna manera, entabló un diálogo con la obra de Luis Alberto Spinetta y hasta corrigió con “Siempre es hoy” la idea de “mañana es mejor”, del clásico Artaud. Y si ese fue su mantra final, “Ahora es nada” (compuesto con Cecilia Amenábar para Amor amarillo) es el nirvana del afecto. La búsqueda de perpetuidad, finalmente, expresada de un nuevo modo por el artista del tiempo presente, sin tiempo, sin edad.

Sus últimos días

Por Juan Morris

“Ven, ¿quieres ver el cuarto de Gustavo?”, me preguntó Lillian Clarke –madre de Gustavo– la segunda vez que fui a visitarla a su casa de Villa Ortúzar. Habíamos tomado el té en la sala y ya se tenía que ir a la clínica a reemplazar a la señora que cuidaba a Cerati y a encontrarse con sus dos hijas, Laura y Estela, que mantenían una rutina diaria de visitas. Pero después de llevar las tazas a la cocina, ya con el abrigo en la mano, su orgullo de madre pudo más y me invitó a seguirla por el pasillo.

Todavía hoy, el cuarto de la infancia de Gustavo Cerati sigue estando igual a cuando era un adolescente fascinado con el rock progresivo: Un ambiente angosto pegado a la cocina, con una cama, un escritorio con estantes repletos de libros y una ventanita con vidrio esmerilado con algunas calcomanías pegadas. Hay una de la Universidad Del Salvador, que Cerati pegó cuando empezó a estudiar la carrera de Publicidad a los 19 años y planeaba con Zeta Bosio cómo armar un grupo. Hay otra de la etapa Say No More de Charly García, cuando Gustavo ya se había ido de su casa hacía rato para convertirse en la gran estrella de rock de América Latina y estaba por separar Soda, pero volvía a ese cuarto como si se tratara de un altar donde podía preservar el espíritu de chico de Villa Ortúzar fascinado por los ídolos del rock. “Mira, ésta es de cuando tocaron con Soda Stereo y nos pidieron a todos los familiares que les prestáramos los televisores”, me dijo Lillian, agarrando una foto que había apoyada en un estante y en la que estaba su hijo durante la histórica presentación del primer álbum del grupo en el Teatro Astros el 17 de agosto de 1984.

Era una tarde de agosto de 2012 y, mientras tanto, a unas 30 cuadras, Cerati estaba en una habitación del primer piso de la clínica ALCLA, atendido por un ejército de profesionales que regulaban los valores químicos de su organismo y lo sentaban todas las tardes en un sillón especial, vistiéndolo con ropa deportiva, para hacerlo ejercitar y que sus músculos se mantuvieran tonificados, que le enseñaban a su boca y su garganta a volver a tragar, e intentaban estimular su consciencia y sus respuestas cerebrales a través de la música, buscando alguna conexión.

Pero ni siquiera en el lenguaje había una forma de llegar hasta donde estaba, un tiempo verbal preciso para capturar su estado. Al principio, cuando acababan de trasladarlo desde Venezuela en junio de 2010, en esos primeros meses de internación, entre sus familiares y amigos, el presente era la forma natural de hablar de Cerati. Él estaba ahí y, alrededor de su cama, había una mezcla de shock y efervescencia, angustia por el coma y esperanza de que en cualquier momento abriera los ojos, una certeza obstinada en que era cuestión de días, horas, tal vez semanas para que todo volviera a ser como antes. “Con Benito le grabamos unos iPods con música para que escuche”, me dijo entonces Adrián Taverna, ingeniero de sonido desde los primeros shows de Soda hasta el último en Venezuela y uno de sus mejores amigos. “Él le puso bandas más modernas y yo los grupos clásicos de rock nacional que sé que le gustan”.

Después, a medida que esas semanas fueron pasando, convirtiéndose en meses, años, la forma de referirse a él en presente fue una manera de retenerlo, una batalla semántica que implicaba que Gustavo estaba ahí, seguía siendo él, de una forma que estaban intentando comprender. A comienzos de 2012, entre las hermanas y sus amigos empezaron a pasarse el libro Ataque de lucidez, escrito de Jill B. Taylor, una doctora en neuroanatomía que sufrió un ACV, estuvo en coma y, al despertar, escribió una crónica de su excursión a ese lugar donde, supuestamente, ahora estaba él. “Mientras los centros del lenguaje de mi hemisferio izquierdo se iban silenciando y me iba desligando de los recuerdos de mi vida, me sentía reconfortada por una creciente sensación de gracia”, escribió Taylor con precisión científica sobre el momento en el que sufrió el ACV. “Mi consciencia ascendió a un estado de ‘saberlo todo’ (…) Lo sentía como un buen camino a casa y me gustó”.

Era una de las maneras de intentar acercarse al estado de Gustavo, de asimilar qué podía estar experimentando. Con el tiempo, sin embargo, el desgaste de la espera, del estado invariable de Gustavo, empezó a moldear el ánimo de su círculo íntimo. “Lo fui a ver hace una semana y, aunque nosotros veamos señales, en los reportes clínicos no hay ninguna evolución”, me contó el año pasado Óscar Fernández, íntimo amigo suyo y dueño de la peluquería Roho. Y en mayo, cuando se cumplieron cuatro años del ACV, Taverna me dijo algo parecido. “Sigue todo igual. Va pasando el tiempo y no pasa nada”.

Aunque desde mayo de 2010 estaba hundido en un baldío existencial entre la vida y la muerte, todos seguimos escuchándolo. Este año, la canción más escuchada en Spotify en Argentina fue “De música ligera”.

Disfruta el concierto de la gira Fuerza natural, en vivo desde Monterrey (2009):

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