octubre 23, 2020

¡Feliz cumpleaños, Charly García!

“Música y terapia”. Así define Charly su presente. “Como decía Perón, de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Lúcido y contento, en su primera entrevista tras un largo año de estancias en el hospital.

EXTRAÍDO DEL ESPECIAL DE RS ROCK LATINO 1956-1970, DICIEMBRE 2013

La sala hierve. Literalmente. Van cuatro horas de ensayo y los últimos acordes de “No toquen” derivan en una escalada incendiaria, que detona en el grito final de “¡No!”: Hilda tira la pandereta; el Negro García López –siempre tentado de convertirse en Hendrix en cada tema– se suelta y acaricia la guitarra; el Zorrito se para en la tarima frente a su teclado y lo golpea con las dos manos; los chilenos –así se conoce al trío que forman el violero Kiuge, el baterista Toño y el bajista Carlos– suben al máximo el ya bastante alto nivel de descarga energética. Charly mira atento, con cierta precisa mueca de satisfacción, pero sin perder la concentración en sus teclas. Hay intensidad, alegría. Minutos antes, el propio Charly había preguntado qué hora era y ordenó seguir: Faltaban 10 mins. para las ocho, la hora pautada para el cierre de la jornada de ensayo.

Estamos en una cómoda sala en pleno Villa Ortúzar. El repaso de más de 30 temas fue exhaustivo, metódico, y con lugar para detalles y repeticiones. Charly –oficiando de director de esta orquesta rockera– habla poco pero, ya durante el fin de esta primera semana, sus músicos lo entienden de inmediato. Cada seña, gesto, mirada, situación en la que levanta sus ojos del Roland RD-700 es fácilmente perceptible. Alguien no está obedeciendo el libreto, algún volumen debe ajustarse. “Seguimos la letra. Esa es la consigna”, me explica Charly, amable y sonriente, un rato después. “Cuando no estamos seguros de algo, si meter un solo o no, seguimos la letra, como decía John Lennon”, detalla.

Tres, cinco, diez segundos de silencio. Charly mira fijo, piensa, conecta. Y responde: “Sí, estoy muy contento. Realmente. Lo estoy disfrutando. Estoy conectado, enfocado”. Su piel lleva las marcas de la edad, de la vida áspera que eligió darse pero, sobre todo, de la enfermedad epidérmica que condiciona desde que lo conocemos el color de sus bigotes y la pigmentación de su rostro. Hay algo de textura escamada, pero no es eso lo que impresiona: Estando a centímetros de él, julio de 2009, a poco de cumplir sus 58 años, lo que conmueve y sorprende son sus facciones, acaso porque hace tiempo no reparamos en ellas, tan disimuladas estaban tras el rictus repelente de sus últimos años, ocultas tras esa coraza que él denominó “constant concept” y lo llevó a desempeñarse como un rockero 24 x 7. Ahora volvemos a ver su rostro y caemos en la cuenta de su nariz huesuda y prominente, de sus labios secos, su frente expansiva, de su mirada sincera y vidriosa, escondida detrás de los lentes y un par de cejas oscuras. Sus dientes, coloreados por el vicio. “Hoy estoy muy contento: todo lo que me rodea está muy focalizado en que todo salga bien. Y va a dar frutos: creo que la gente va a flashear.”

Muchas cosas pueden sorprender: Cómo estás cantando, la banda, pero sobre todo verte bien.

Y sí… todo. Va a ser como un concierto, no te digo de pose, pero se va a escuchar así. Ya tenemos 28 temas sabidísimos. Y también es, digamos, muy raro estar tocando sin drogas…

¿En qué momento o parte tuya lo sientes?

No sé… Es la diferencia entre subir a un escenario borracho, tocar cualquiera y decir cualquiera y la de una cosa hecha más matemáticamente. Todos los grandes han pasado por eso. Y muchos han vuelto y les ha ido bárbaro. Ahora está todo hecho para que yo me siente, toque y cante estas canciones.

Esta vez, la entrevista tiene un valor extraordinario: El cigarrillo. La última vez que había visto a Charly fue en su casa de Coronel Díaz, en uno de los encuentros que formaron parte de la última entrevista de García con ROLLING STONE, para la edición del décimo aniversario de la versión argentina. La puerta principal de su departamento estaba trabada y no se podía abrir; la de servicio estaba también rota: no se podía cerrar. Abril de 2008: La periodista y escritora Mariana Enriquez registró con precisión el momento. Charly disparaba bronca con su decálogo, que incluía órdenes del tipo “Mi capricho es ley”, “’Say No More’ no escucha, emite” y “De todo genio nace un cretino (Adolf Hitler)”, pero a la vez pedía, desesperadamente, ayuda: “Yo soy un genio y no tengo por qué vivir en una cama. Quiero que el país me arregle esto, que alguien me lo arregle. Yo no puedo”.

Esto era un desbarajuste discográfico, económico, emocional, familiar, horario, físico y químico que estalló apenas dos meses después con un episodio violento en Mendoza como detonador. Comenzó un periplo de largos meses, que dura hasta hoy, en el que su vida pasó a ser regida por órdenes judiciales y un curador patrimonial, que monitorea sus movimientos al detalle. Las estadías en los hospitales Argerich y Güemes, dos veces en la clínica Dharma y otra en la clínica Avril, su lugar de vivienda (la quinta de Palito Ortega en Luján, el actual departamento en Palermo Chico), sus gastos, los contratos y sus futuros ingresos. Un control que hizo eje, claro, en una desintoxicación compulsiva de su adicción a la cocaína, pero también en su delicada situación patrimonial. Charly hoy no deja de ser una persona con sus facultades y sus acciones en estado de observación permanente.

“Yo ya veía lo que iba a pasar y pasó. Yo me veía muy lejos de todo, estaba muy metido en mi cosa. La grabadora no me tenía respeto, ni a mí ni a Andrew [Oldham], que había producido Kill Gil; no lo podíamos lanzar y después el disco se filtró en internet, y ésa fue la gota que derramó el vaso. Y además quizá no estaba con las personas adecuadas.”

Pero era muy obvio tu llamado de atención…

En un momento se pensaba que las drogas no hacían nada, que no había efectos secundarios. Y no era así. Como me dijo Oldham, que me vio tomar todo sin decirme nada: “The future is clean”, el futuro es limpio. Él lo vio antes. Y ahora, hoy, estoy disfrutando esto. Porque nunca me pasó… Estar limpio… En algún momento me tomaré un tequila antes de subir al escenario, voy a brindar con champagne en Navidad. Pero ya no quiero depender de nada. Ser una persona más común.

Charly: ¿qué tan difícil es para ti ser una persona común?

Adentro de mi casa no me siento Charly García. Soy yo. Mi cuerpo. Y está bueno eso. Estoy como en un túnel más personal. Cuando salgo, la gente me saluda y qué sé yo. Pero estoy metido en esto: terapia y música. Yo leía que Eric Clapton estaba hasta el tope de heroína y vino Pete Townshend y lo ayudó. Elton John también. Mi visión de mi futuro, no es ser un monje ni mucho menos. Por ahora no puedo hacer nada que esté enemistado con la medicación que estoy tomando. De acá a un año voy a poder estar tomando un vino tranquilo, como una persona normal. Me aguanto las tentaciones. Ya tiré un misil que es volver a tocar en septiembre, cuando empiece la gira en Perú. Y va a pasar algo mucho más grande de lo que era. Voy a tener una de las más grandes satisfacciones.

Me da curiosidad: ¿en cuáles piensas primero cuando evocas hoy grandes satisfacciones?

 [Piensa. Mide bien la respuesta.] Clics modernos; yo estaba en Nueva York, no conocía a nadie. El baterista de Jan Hammer no funcionaba; lo cambiamos, metimos la máquina de ritmos con Pedro [Aznar] y creamos algo que nadie había hecho. También cuando hicimos Yendo de la cama al living, en el que toqué todos los instrumentos. Fue tremendo. En contraposición, la etapa Kill Gil fue espantosa: ver cómo eso se me iba escapando de las manos fue jodido.

Aquella de Clics y Yendoera una etapa en la que conquistabas a la gente, en la otra parecía que la rechazabas…

La música sola, el show, la letra de las canciones. Con eso alcanza. Me voy a ganar a la gente con eso, no rompiendo guitarras.

El cigarrillo, decíamos, y su valor en la crónica. Aquella vez, en su casa, denunciaba que la antena sobre el centro comercial Alto Palermo emitía ondas de maldad que entraban por su ventana y la ceniza era una consecuencia natural, apenas una extensión graciosa de sus dedos dispuesta a dejarse caer sobre las sábanas de su cama, la alfombra, los CDs con grabaciones recientes. Hoy, en una tarde gris, de confesiones de invierno, se acomoda en el asiento con soltura, arranca el filtro de los Camel con los dientes con precisión mecánica, prende un cigarrillo tras otro y, amablemente, dice: “¿Me traes un cenicero?”. Un cenicero. Así está Charly.

Dinosaurios, planetas, mitos griegos. Esas son las tres referencias que elige cada vez que habla sobre sus genuinos intereses de niño, además del piano. Inquietudes literarias, mundos pasados, lejanos, fantásticos, que hoy vuelven a la rutina doméstica de Charly. “Estoy en casa y veo la tele: a mí me gustan los canales History Channel, toda esa parte. Hago esa vida: lo disfruto, me tomo un té… Tengo mi rutina: me pasa un coche a buscar a las 10 de la mañana y voy al instituto Ineco: ahí hago diferentes técnicas, musicoterapia, cosas que me ayudan mucho a soltarme un poquito más, me dan más confianza. Hago también kinesiología y otras terapias. Pero está todo muy concentrado en el cerebro, en lo neurológico, es muy avanzado: eso me ayuda; no es una autoridad que te dice: ‘¡No te vas a drogar nunca más!’. Ahí no importa eso. No es una clínica que te mete adentro, en la que eres un drogadicto, encerrado y ya. Hago distintas actividades cada día. Después como algo y me voy a la sala a ensayar”.

¿Qué hay de distinto en esta etapa?

La música en sí. Y estoy absorbiendo todas las cosas que me pueden ayudar a estar todavía mejor. Me interesa mucho la relación entre mi cerebro y lo que me rodea. Siempre me interesó: todo está en la cabeza. Y estoy disfrutando eso y los ensayos; como decía Perón: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Hago el tratamiento, todo bien. Además, en cualquier momento se viene la maroma. El ritmo de la gira, los shows

Al comando del manager Fernando Szereszevsky, un entorno lo rodea y parece empeñado en protegerlo para lograr su misión. La productora Fénix apuesta a darle el marco triunfal al regreso del artista más importante del rock argentino. Su círculo íntimo cotidiano se cierra, apenas, con Mecha Iñigo, la bella VJ de MTV de 20 años que hace unos meses posó para RS y lo acompaña hasta la entrevista. Llega y se va con él. 

¿Cuándo sentiste que había esperanza de volver?

En realidad esto es algo muy progresivo. Porque en Luján, en diciembre, grabé “Deberías saber por qué”, que va a ser el tema nuevo y todavía no estaba limpio de todas las cosas, de todos los medicamentos fuertes que me venían dando. Pero lo hice casi solo, con máquinas, aunque no parezca, porque el tema es bastante dulce. Pedro [Aznar] toca el bajo y la guitarra, porque yo en ese momento no podía tocar. Lo canté así en ese momento y aunque después regrabé algunas cosas, quedan muchas de esa grabación. Escucho eso hoy y me pongo contento. Me doy cuenta de la claridad que tengo en el estudio, la sapiencia de cómo grabar cosas… Me vino el Phil Spector. Yo realmente le estoy poniendo toda la energía a esto. Cuando salí de la última clínica y fui a lo de Palito –gracias a Dios y a Palito, gracias totales como dice Soda Stereo–, casi no podía tocar nada por los medicamentos que te dan. Y eso no me impidió seguir. Estando en un lugar como ése, con un estudio, me ayudó muchísimo: aunque yo no tocaba, venían músicos y yo los dirigía, yo estaba ahí. Empecé a cantar, a cantar, a cantar. En ese momento pensaba que no iba a poder tocar más.

¿Llegaste a pensar eso?

Sí. Cuando veía que no podía tocar el piano. Eso recién cambió el primer día de ensayo en la sala: con el Zorrito e Hilda y una máquina de ritmos TR 808. Musicalmente, fue como empezar por la parte de arriba, no por la base, deliberadamente: las voces y el teclado. Pero yo tenía la idea de que eso iba a funcionar cuando se junte con la base y las guitarras, ahí fue que se sumaron los chilenos que venían tocando conmigo. Aunque muchos creían que no encajaría perfectamente, suena impresionante. Yo estoy muy contento. Pasé por muchos doctores y clínicas y cada uno tiene su fórmula. Algunas cosas me hicieron muy mal. Tuve que poner muchas ganas para salir adelante y hacer todo lo que tenía que hacer, en Luján, con los médicos allá. Pero ahora voy de motu proprio a ineco. Todos los días. Y entre la fuerza de voluntad y Dios que me ayuda un poco, se produjo el milagro. Creo que estoy cantando como nunca, concentrado en cada nota y escucho esa música que produce la banda… Es como estar arropado por terciopelo.

La gente que estuvo cerca durante las estadías en el hospital, en la quinta, son músicos y de todas tus etapas… Empezando por Nito Mestre…

Nito estuvo cuando tenía que estar. Es un amigo de fierro. El pasó por cosas espantosas y ahora está bárbaro. Yo quiero agradecerle a él, a Pedro [Aznar], a León [Gieco]… A Szereszevsky: Pusieron más que cosas afectivas. Garantías, guías. Mucha gente que antes ya no se me acercaba, se me acerca: porque yo estaba en mi mambo. No aceptaba nada de afuera. Todos ellos vinieron a verme. En la quinta festejamos mi cumpleaños, cuando salí de la clínica. ¡Y estaba Palito haciendo el asado! Eso era algo impensable.

Él tuvo un rol fundamental, su familia, de contención afectiva…

No sólo afectivamente, tuvo que ir a discutir con la juez millones de veces. Hizo un sacrificio enorme. Y yo no era tan amigo de él. Creo que la vida… Si tienes algún mérito, cuando estés mal puede ser que aparezca algo que te ayude. Si no hubiera aparecido él, su quinta, me hubieran mandado a otra clínica, hubiera sido mucho peor, hubiera sido muy difícil recuperarme. Salir de la clínica y entrar en un lugar donde te quieren, te entienden… Además hablé muchísimo con Palito: todas las noches, casi. Hablamos mucho de Gardel, de Leguizamo. Él es como un hijo de Leguizamo y tiene una memorabilia de fotos impresionante. Nos quedábamos viendo fotos, charlando. Él me dijo: “Gardel, Leguizamo, Charly”, es muy caballero. Y el haya hecho lo que hizo, demuestra una mente muy amplia. Dejé de estar encerrado a pasar a un lugar con estudio de grabación, una alberca, era verano… ¡Qué más!

Todos coinciden que tener estudio te sirvió para conectarte con la música…

En ese momento sufría por no poder tocar como yo quería. Pero estaba feliz, porque venían mis amigos a tocar, a visitarme.

Supongo que esa sensación de no poder tocar el piano para ti, en ese momento, debe haber sido dolorosa, traumática…

Lo único que podía hacer eran basecitas o, después, colchones en un teclado de teclas blandas. Pero no tocar el piano. Ahora en la sala estoy tocando con un Roland de teclas duras, peso de piano, sensibilidad de piano.

La satisfacción de mucha gente es volver a verte tocar y cantar. Verte mejor…

La gente me tiene cariño. Los que no eran fans míos, o fans de verdad, se dan cuenta del esfuerzo que hice yo para estar bien de nuevo, creo que valoran eso. A mis shows siempre vinieron imbéciles. Yo no fui de esos artistas que van creciendo y no tienen público nuevo. Creo que ahora en el show se van a juntar las generaciones: ahora voy a cantarle a la hija, a la madre, a la abuela. Tengo un espectro muy grande.

En definitiva eso es Charly García hoy. Un enigma de salud para propios y extraños, una criatura moldeada por la cultura del rock & roll, un genial intérprete de piano sacudido en la adolescencia por The Beatles del filme Hard Day’s Night, alguien que no termina de acostumbrarse a las adicciones de la fama y el aplauso, luchando con afán por recuperarse de otras adicciones; un héroe transgeneracional que tiene manos de marfil y teclados de Taiwán. Fue un chico conectado con la ciencia y hoy, es este caballero respetuoso que libra una batalla cotidiana. Una rutina que él mismo define como peronista parece aventurar su destino: volverá y será millones. Suenan los acordes de “No voy en tren” y, sin quererlo, la banda parece sonar como pretendería el productor de nuevo soul Mark Ronson. Siguen con “Adela en el carrusel”. La batería electrónica anticipa “No soy un extraño” y frases como “desprejuiciados son los que vendrán y los que están ya no me importan más. Los carceleros de la humanidad no me atraparán dos veces con la misma red”. El canta con los ojos cerrados, tras el humo de su propio cigarrillo. El groove contagia. La sala hierve. Literalmente. La terapia lo ayuda a conectarse, la música lo cura.

Escucha el álbum Unplugged, de Charly García:

En este articulo: Charly García
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