El 2019 marcó una huella intachable en la historia moderna de México. l 2019 marcó una huella intachable en la historia moderna de México. De acuerdo con el Sistema Nacional de Seguridad pública, este fue registrado como el año más violento de la historia del país, con una suma total de 35 mil 588 víctimas dolosas (registradas), entre los que destacan poco más de mil feminicidios. Pero no nos detengamos ahí, ya que el 2020 también se perfila para ser, como diría el periodista Jorge Ramos, “otro año, más violento”.

Tan sólo en la primera mitad de enero se registraron 245 homicidios en Guanajuato, el estado con “mayor crecimiento” de la República, en 72 horas se registraron 16 asesinados en Oaxaca, 10 músicos indígenas fueron ejecutados y calcinados cuando regresaban de una presentación hacia su comunidad en Chilapa de Álvarez en Guerrero a lo que las autodefensas presentaron a menores de edad armados con rifles como sus nuevos integrantes y tres hombres fueron baleados

en un edificio de la colonia Polanco –una de las zonas más prósperas de la Ciudad de México. Esta incidencia es directa y tiene afectaciones en la percepción de la seguridad en todas sus dimensiones, sin embargo, una de los que suelen pasar de largo, es la económica.

Supongamos que, en el plano económico, la violencia es como una enfermedad crónica degenerativa, que va desgastando el sistema poco a poco, sin embargo, está distraído con un sinfín de eventos que lo despistan de su malestar y su deplorable condición. Entre estos eventos encontramos la flagrante rifa de un avión presidencial incosteable, la creación del Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado o la puesta en marcha de un sistema de salud pública, por lejos eficiente. Ahora bien, si tu doctor te dice que te tienes que tratar, pues te tienes que tratar, así es como funciona, pero eso no va a suceder si estamos convencidos de que “vamos requetebien”.

Bajo esta falsa pretensión, justificada con un crecimiento en el desarrollo, más que en la economía (igualmente cuestionable), encontramos una alerta que no puede ser ignorada. La violencia nos está costando más caro de lo que ya, de por sí, nos cuesta; y esto puede tener consecuencias desastrosas en los tres niveles que a continuación se proponen, uno en consecuencia de otro.