octubre 2, 2020

A 52 años del 68

En el 52 aniversario del 2 de octubre, la fecha es sometida a reflexión por distintas voces, agudas, sensibles, críticas, inteligentes, en sus propios ámbitos.

EXTRAÍDO DEL ESPECIAL DE RS, ‘ROCK LATINO VOL. 1’. DICIEMBRE 2013

Si la matanza de Tlatelolco hubiera ocurrido en 1969 en vez del 68, lo cabalístico del número se habría prestado para que las conmemoraciones anuales no fueran ni crispadas ni encriptadas. Lo peor que puede ocurrirle a una fecha es que encuentre su mausoleo. Y no es culpa del hecho mismo, que es sin duda de una trascendencia brutal, indignante y asombrosa al mismo tiempo, y cuyas consecuencias cambiaron al país de manera vertiginosa y accidentada. En el 52 aniversario del 2 de octubre, la fecha es sometida a reflexión por distintas voces, agudas, sensibles, críticas, inteligentes, en sus propios ámbitos.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Literato, periodista, profesional de la reflexión, sus posiciones animan polémicas o convocan rudas escaramuzas que nunca pasan inadvertidas.

Cada vez la conmemoración del 2 de octubre parece más y más abandonada a los criterios de una suerte de taxidermia histórica. ¿El 68 está fatigado?

Sí, en muchos sentidos. Se ha vuelto un lugar común que petrifica la memoria. Ojalá pudiéramos tocar aquellos hechos con una varita y que saliera agua. Normalmente, sólo salen consignas retrospectivas. Urge un libro que vuelva a contar aquellas cosas con la frescura que tuvieron en la realidad, más que con la sequedad marmórea que empiezan a tener en nuestra memoria.

A varios años de distancia, ¿qué significa el 68 para los habitantes del nuevo siglo?

En 1968, yo tenía 22 años. ¿Qué significaba para mí la muerte de Álvaro Obregón, ocurrida 40 años antes? Me parecía un pasado remoto. Algo así les debe parecer el 68 a los jóvenes de hoy. Es su prehistoria, les dice poco o nada. Les habla de otro país. Sucedió, de hecho, en otro país, del mismo modo que el asesinato de Obregón había ocurrido en un México que apenas tenía algo que ver con el del 68.

¿Incide aún en la conciencia pública, en la toma de decisiones, en las formas de lucha social?

Es parte de la tradición democrática del país. Es una tradición viva en muchos sentidos. Por ejemplo, el 68 terminó con la represión como forma de conducta política del Estado. Tanto, que hoy casi está prohibido en nuestra vida pública el uso legal de la fuerza. El 68 es un afluente central de la sensibilidad democrática que rige nuestra vida pública. La protesta y la crítica al gobierno, que entonces eran excepción, son hoy vida cotidiana.

¿Qué debemos valorar del 68, más allá de la represión y la censura?

Debemos valorar la fiesta, un aspecto que ha subrayado Luis González de Alba. El movimiento del 68 está marcado por la matanza de Tlatelolco, un hecho sombrío que nada tiene que ver con el espíritu de aquel movimiento. El movimiento estudiantil fue una fiesta: sus días fueron los días de la euforia. La conducta del gobierno fue una barbaridad: la noche de Tlatelolco. De modo que hubo la noche del poder y los días de la euforia. Creo que hay que revalorar la fiesta, dejar de sobreponerle la noche. No para olvidar esa noche, sino para ver mejor aquellos días.

¿Tiene futuro el 68?

Ojalá lo tenga como continua reposición de la fiesta antiautoritaria: las continuas ganas de mover el agua estancada de nuestra vida pública. Parte del agua estancada de hoy, hay que decirlo, son los que actualmente se ostentan como herederos del 68.

EPIGMENIO IBARRA

Periodista-guerrillero, se convirtió en productor televisivo para contar otras historias, refrescar narrativas y ejercitar la provocación desde las entrañas del monstruo.

Los medios de comunicación y el 68…

Pues, mira, depende de qué medio hablemos; de la televisión, yo creo que ha nacido de espaldas al país. En el 68, mientras todos veíamos desfilar a decenas de miles por las calles, eso no existía en la televisión. Simplemente no existía. Quizá la nota de la corbata negra de Jacobo Zabludovski. Y eso fue todo. Y se ha producido al mismo tiempo que el país avanza a una suerte de autolegitimación que, más que una vocación democrática verdadera o un intento de contar de veras lo que sucede, me parece una suerte de coartada mercadotécnica. Tenemos una televisión que sigue hoy, a pesar de que ya miremos al país en la pantalla, dándole la espalda a lo que sucede.

Si han pasado tantos años, ¿por qué ni en las telenovelas ni el cine, ni en buena parte la literatura se ha recogido la experiencia del 68?

Hay algo chueco en eso que no acabo de entender. Fíjate que nosotros nunca hemos tenido sobre la mesa un proyecto ni de tv ni de cine; solamente una vez tuvimos un proyecto sobre el 68. No sé qué nos pasa a los realizadores mexicanos, creo que Carlos Cuarón también tenía uno pero, si no es por Rojo amanecer, el 68 sería inédito. El grito, de Leobardo López, Rojo amanecer, y el esfuerzo de Enrique Escalona, son los cortos y las películas de las que tengo memoria, pero de ahí en fuera no nos hemos nutrido de esa experiencia. No hay una buena película mexicana que cuente el 2 de octubre, teniendo personajes tan poderosos como Oriana Falacci en Tlatelolco.

Una telenovela, una historia de amor envuelta en ese ambiente, podría ser muy emocionante e interesante.

Creo que es un proceso importante porque, al explorar en el cine o en la tv esos fenómenos, también uno se libera de ellos. Nosotros no hemos aireado esa herida, es una obligación pendiente. Estás poniendo el dedo en una llaga que no hemos sabido enfrentar ni sanar ni reconocer. Como que no hubiera pasado. Fíjate que esta entrevista a mí me plantea un compromiso: vamos a explorar en la pantalla lo sucedido en el 68. Es un compromiso.

LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

De líder estudiantil a crítico severo de la realidad mexicana. Iconoclasta irredento, apasionado de la ciencia, escribió un libro fundamental para comprender el 68, Los días y los años, que, se renovó con un título que no pasará impune: Otros días, otros años.

¿Qué significa para ti esta fecha?

Bueno, significa un montón de llamadas que rechazo. Porque la gente no lee. Los libros están ahí, a disposición de quien guste. Yo publiqué Los días y los años, que es un relato del 68 y de la cárcel, y me vuelven a preguntar: “¿Qué pasó, cómo estuvo, que por qué?”. Entonces digo: “¿Por qué no compran Los días y los años y otros libros al respecto, y luego me interrogan acerca de algunas dudas o lagunas que hayan quedado?”. Entonces, esta entrevista tuya la acepto, pues, para decir esto, una vez más.

¿Es atosigante el tema?

Así es, porque, además de que tengo publicado ese relato que escribí cuando lo tenía fresco, lo escribí en la cárcel, en Lecumberri, salió a fines de enero o a principios de febrero de 1971. Luego recolecté esos textos en un capítulo de un libro mío que se llama Las mentiras de mis maestros: ahí explico cómo no me creo que tanta gente haya salido a manifestarse porque quería sacar a dos viejitos de la cárcel, que nadie sabía sus nombres, nadie sabía por qué, en fin. Luego publiqué un relato paralelo a Los días… Se llama Otros días, otros años, que es de nuevo Lecumberri, la misma celda, qué está sucediendo, bla, bla, bla y la reflexión sobre qué ocurrió.

¿Hubo algo divertido en ese momento, algo más allá de la cuestión ideológica y política?

“La fiesta y la tragedia”, se llama mi artículo. Ahí queda claro que aquello fue una fiesta. Por eso salía gente que nunca había ido a una manifestación ni había tenido jamás intención alguna, como eran los de ingeniería, los de químicas, etc. Fue algo muy criticado. Se me acusó por entonces de frívolo. “Ah, así que todo nada más fue un gran desmadre y bla, bla, bla”.

Como si eso fuera poco…

Sí, bueno, es que ni siquiera podíamos echar desmadre. Estaba prohibido todo, estaba prohibido el rock. Nada menos que un hijo del presidente de la República entonces, Gustavo Díaz Ordaz, como maldición familiar le salió rocanrolero. Ahí en particular fue feroz un personaje, no sé si aún viva, Carlos Monsiváis. Él, que se suponía que era el ejemplo de humorista y no sé qué tanto, fue quien encabezó toda esta corriente que decía que yo había trivializado el 68. Ahí está mi artículo éste, extenso. Bueno, todo esto de que yo había trivializado lo paró Octavio Paz con un artículo en Proceso, creo que aún existe también esta revista, he oído. Decía ahí que era muy extraño que, de todos los analistas del 68, solamente yo hubiera observado la parte que hubo de gozo y de carnaval, etcétera.

¿Y el futuro?

No, yo creo que nos iremos muriendo, porque también ya nos toca, entonces, pues, así es como se va a acabar. No va a haber a quién entrevistar [risas].

LORENZO MEYER

Historiador, investigador, analista político, es referencia obligada si se quiere desentrañar el intrincado devenir nacional, bajo la idea de que, si no conocemos el pasado, estaremos condenados a repetirlo.

“Yo pondría al 68 y 71 igual. A mí el 68 me tocó en la universidad de Chicago y el 71 ya me tocó aquí. En el 71 afortunadamente llegué tarde a San Cosme. Y lo único que recuerdo es que ya, recién llegadito, me tocó echarme al suelo y estar oyendo cómo pasaban los balazos por encima de nosotros y no podía dar crédito a que se volviera a repetir la misma brutalidad. La respuesta armada a un movimiento de protesta estudiantil es de una desproporción increíble. Solamente se vuelve a ver en China, en Tiananmen”.

“Pero los movimientos sociales que han ido surgiendo después de los años setenta, sobre todo ya en los ochenta, han enfrentado durezas, pero ninguno ha tenido ya que tener la represión enfrente de la manera tan obvia, abierta y brutal que sucedió en el 68 y el 71, entonces, diferencia sí veo. Se mantiene probablemente la misma raíz autoritaria en el gobierno, pero ya no se animan a la misma respuesta. Salinas ya tuvo que hacer asesinatos selectivos. Puede ser hasta un poco absurdo, pero digamos que la inocencia de la brutalidad del gobierno, al mandar al ejército abiertamente al 68, se transforma, por ejemplo, en lo de Aguas Blancas, en Guerrero. Dos cosas me hacen ver la novedad, que Andrés Manuel se haya propuesto pasarse años en esta tarea de agitación y propaganda, y que el régimen no pueda deshacerse de él es algo novedosísimo. Solamente pasó un poco con Madero cuando creó los clubes maderistas y él y su esposa y su secretario iban por ferrocarril hasta donde el ferrocarril llegaba, en plazas, y haciendo directamente la agitación social dentro de la campaña electoral, pero creando un movimiento que iba más allá de la elección de 1910”.

Pareciera que el 2 de octubre de 1968 ya es una fecha que tiende al olvido.

Bueno, al olvido parcial, porque nunca se podrá olvidar. En la historia política hay ejemplos; cuando a los mineros de Cananea los reprimen y les pasa lo que les pasa al principiar el siglo xx, vienen luego muchos años en nadie hace un recuerdo de Cananea, pero tampoco se olvida. En cualquier momento se vuelve a hablar de Cananea y de Río Blanco. Entonces queda como una parte de la construcción en nuestra cultura cívica, de nuestro reclamo; cada vez que tengamos que hacer un reclamo ciudadano, podremos de manera abierta, o nada más indirecta, señalar: “Ahí está el 68, que no se vuelva a repetir”, para que se acuerde el poder de que a la larga perdió.

CARLOS MARÍN

Fue director del periódico Milenio, es personaje ineludible del periodismo mexicano, sus trabajos, textos y reportajes siempre generan reacciones.

¿Cómo se documentó el 68 en los medios de comunicación?

El 68 se lee en tres publicaciones de la época en este orden: el periódico El Día, la revista Siempre, y en algún momento Excélsior. ¿Por qué en algún momento? Porque Excélsior era un periódico muy reaccionario. Y fue sólo a mediados de agosto cuando Julio Scherer toma la dirección y empieza el cambio que se conoce; pero un cambio que fue paulatino. Es decir, se lo comía de calle el periódico El Día en la cobertura del movimiento estudiantil.

Entonces, ¿cómo era la prensa en ese tiempo?

Bueno, circulaba también la revista Política, de Marcué Pardiñas, que era extrema doctrinaria, con un enfoque marxista, y era sumamente incisiva con Díaz Ordaz; buena parte de lo que hacía no era tanto información periodística como crítica incisiva, con enfoques muy estereotipados, algunos, pero tenía su chiste. Era una revista de alguna manera, digamos, estalinista, y El Día, pues eran los años gloriosos de ese periódico que quería ser como correspondiente a la izquierda atinada, el director, Enrique Ramírez y Ramírez, venía del Partido Comunista, luego del Partido Popular. El resto de la prensa era oficialista, o era oficiosa; por supuesto, había inteligencias, no estoy diciendo que era un muladar, en casi todos los periódicos hay destellos. Bueno, y en el 68 yo estaba estudiando en la Septién García. Quizá en el 67, creo, nació El Heraldo de México; era un periódico abiertamente reaccionario en sus editoriales, desde donde se hicieron virtuales llamados al golpe de estado. Había que poner orden en el país. Sin embargo, la mejor crónica del 10 de junio del 71 que yo recuerdo se leyó en el Heraldo, por un reportero que tuvo, primero, la mala suerte de que le dieran de chingadazos, ahí frente a la Normal de Maestros y, luego, la buena suerte de que lo refugiaran en una patrulla donde se comunicaban los halcones con los policías. Entonces, imagínate, hasta en la peor prensa te enterabas de cosas maravillosas.

¿Y la celebración hacia el futuro?

No creo en los monumentos. A mí me parece una gran pendejada, se lo dije a varios líderes del 68, esa estela donde se honran hasta desconocidos –a unos en el apellido sólo le ponen N–, en la Plaza de las tres culturas. Los monumentos petrifican el sentido de los movimientos. En todo caso, el recordatorio sirve para evocar una buena gesta social, sin muertes gloriosas, lamentables sí, pero no es para tanto. Y es para mucho. Gracias al 68 podemos escribir lo que escribimos sin tener problemas. Sí fue catalizador, sí fue decisorio. Fue un movimiento no sólo estudiantil sino popular por las libertades democráticas. Desde luego, fue un parteaguas que abrió brecha para lo que hoy es una autopista democrática.

JORGE CASTAÑEDA

Politólogo, escritor, ex canciller; pocos personajes de la vida pública tan llamativos, denostados y admirados.

“Desde que yo comencé a hablar con gente directamente involucrada en el 68, Marcelino Perelló y Mario Núñez, siempre tuve un poco la duda que reconozco que cuando la manifestó Díaz Ordaz en 1967 me pareció absurda, pero, con el paso del tiempo y estando en la Comisión de la verdad y colaborado en la instalación de la Fiscalía de Carrillo Prieto: siempre me pareció que los hechos del 2 de octubre fueron un magnífico negocio para el Estado mexicano. A saber: mató a poca gente (ya tenemos los datos de Carrillo Prieto y Eduardo Valle El Búho, donde fueron en total 85 muertos entre junio y el 2 de octubre); y tuvo el beneficio de que la sociedad mexicana, el estudiantado, la izquierda, le tuviera pavor al Estado mexicano porque pensó, a la luz del 2 de octubre, que estaba dispuesto a cualquier masacre multitudinaria para lograr sus objetivos. Pero no tuvo en realidad los costos de haber matado a mucha gente; porque no hay el número de padres, madres, novios, novias, hermanos, hermanas, hijos e hijas que armarían una protesta y un escándalo –con toda razón– si hubieran sido 600 muertos. Para mí, el 68 mexicano nunca se pudo disociar de esta paradoja que me parece le ha hecho un enorme daño a la izquierda; le trajo un gran beneficio al gobierno, pero tuvo un enorme costo a la larga para el Estado: la imposibilidad de volver a usar la fuerza”.

¿Esto le quitaría al 68 esta idea de parteaguas histórico?

En la parte represiva; no en la parte cultural. Para mí, lo que fue fundamental del 68 fue la parte cultural: el estallido de las clases medias jóvenes mexicanas, como del resto del mundo, que introdujeron una serie de cambios en la manera en que la gente vive; las relaciones entre parejas, entre géneros, entre padres e hijos, profesores y estudiantes; las relaciones entre jerarquías y autoridad en general. Para mí, fue un movimiento político que surtió efectos culturales, no surtió efectos políticos.

En esta idea de que el 68 no surtió efectos políticos, ¿en qué estarías pensando?

Bueno, no pasó nada, pues. No hubo revolución, no hubo democracia, elecciones, nada. Su efecto político fue tan retardado que cuesta trabajo atribuirle al 68 la democratización del 94 o del 2000. 

¿La sociedad mexicana se olvida del 2 de octubre?

A mí me cuesta mucho disociar al 68 de este enigma, de este dilema que expliqué al principio sobre el negocio del Estado mexicano. Si seguimos cada vez repitiendo los 600 muertos, que el malo de la película fue Díaz Ordaz y el bueno fue Echeverría; si seguimos repitiendo que ahí está el origen de la democracia mexicana, el origen de la lucha revolucionaria… si todo eso se sigue repitiendo, el 2 de octubre se irá haciendo cada vez más marginal. Y, si al contrario, se reivindica el carácter más cultural, más existencial, de ruptura de formas de vida, de prácticas sociales, etcétera, quizá podremos ir encontrando ahí los orígenes de una libertad que sí tuvimos los jóvenes de clase media de los años setenta. He insistido en que el movimiento fue de clase media; ahora no vayamos a inventar que los obreros y los campesinos le entraron. Para inventar, podemos inventar cualquier cosa. 

Con la colaboración de Jairo Calixto Albarrán.

En este articulo: IG
Sushi Roll

Te puede interesar

Video